La elección de mamá: Cuando la familia se rompe en Navidad

—¿Por qué siempre es lo mismo, mamá? —le pregunté con la voz quebrada, mientras veía a mis hijos mirar con ojos tristes los regalos que minutos antes habían sido suyos y ahora estaban en manos de sus primos.

Era Nochebuena en la casa de mi madre, en Iztapalapa. Afuera, los cohetes estallaban y el olor a ponche llenaba el aire. Pero adentro, el ambiente era tan frío como el viento que se colaba por las ventanas mal selladas. Mi hermana menor, Mariana, reía con sus hijos mientras abrían los regalos que yo había envuelto con tanto cariño para los míos. Mi madre, Teresa, evitaba mi mirada y fingía estar ocupada sirviendo ensalada de manzana.

No era la primera vez. Desde que éramos niñas, Mariana siempre fue la consentida. Cuando rompía algo, yo recibía el regaño. Cuando sacaba malas calificaciones, yo tenía que ayudarla a estudiar. Y ahora, de adultas, la historia se repetía, pero el dolor era más profundo porque ya no solo me afectaba a mí: ahora eran mis hijos quienes sentían ese desprecio disfrazado de diplomacia familiar.

—No hagas un escándalo, Lucía —susurró mi madre cuando me acerqué a la cocina—. Entiende que Mariana está pasando por un mal momento y sus hijos necesitan más apoyo.

—¿Y los míos no? ¿Acaso no ves cómo me miran? ¿Cómo les explico que su abuela prefirió a otros niños?

Mi madre suspiró y bajó la mirada. Sentí una rabia sorda crecer en mi pecho. Recordé todas las veces que me callé para no romper la armonía familiar, todos los sacrificios que hice para que mis hijos tuvieran una Navidad digna, aunque el dinero apenas alcanzara para los regalos más sencillos.

—Mamá, yo compré esos juguetes con lo poco que tenía. No es justo —le dije, con lágrimas en los ojos.

Ella solo murmuró: —Ya pasó, Lucía. No hagas más grande el problema.

Salí al patio para respirar. Mis hijos, Emiliano y Sofía, se acercaron cabizbajos.

—¿Por qué la abuela le dio nuestros regalos a los primos? —preguntó Emiliano, apretando mi mano.

No supe qué responder. ¿Cómo explicarles el favoritismo? ¿Cómo decirles que a veces el amor de una madre no es suficiente para todos?

Recordé cuando tenía la edad de Sofía y vi a mi madre regalarle mi muñeca favorita a Mariana porque «ella lloraba más bonito». Pensé que crecer cambiaría las cosas, pero solo las hizo más dolorosas.

Mi esposo, Raúl, me miró desde lejos. Él nunca entendió del todo esta dinámica. Su familia era diferente: todos iguales, todos juntos. Me abrazó y susurró:

—Vámonos a casa. No tienes por qué aguantar esto.

Pero yo no podía irme. Era Navidad. ¿Cómo dejar sola a mi madre? ¿Cómo romper del todo con la única familia que conocía?

La cena fue un suplicio. Mariana hablaba de sus problemas económicos y mi madre asentía con preocupación. Yo solo quería desaparecer. Cuando llegó el momento de partir la piñata, mis hijos ya no quisieron participar.

Al regresar a casa, me senté en la cama y lloré en silencio mientras Raúl acomodaba a los niños. Sentí una soledad inmensa, como si estuviera atrapada en un ciclo sin fin de desprecios y silencios obligados.

Los días siguientes fueron igual de grises. Mi madre no llamó para disculparse. Mariana subió fotos a Facebook de sus hijos con los juguetes nuevos y agradeció «a la mejor abuela del mundo». Mis hijos preguntaban cada noche si volveríamos a ver a la abuela.

Una tarde, decidí enfrentar a mi madre. Tomé el metro hasta su casa y toqué la puerta con el corazón latiendo fuerte.

—¿Qué haces aquí? —preguntó sorprendida.

—Necesito hablar contigo —le dije firme—. No puedo seguir fingiendo que todo está bien.

Nos sentamos en la sala pequeña donde tantas veces jugamos de niñas. Le conté cómo me sentía desde hace años, cómo sus decisiones me habían marcado y ahora lastimaban a mis hijos.

Ella lloró en silencio al principio, pero luego se defendió:

—No entiendes lo difícil que es para mí verlas pelear. Solo quiero evitar problemas.

—Pero al evitar problemas conmigo los creas con mis hijos —respondí—. Ellos también merecen amor y respeto.

No llegamos a ningún acuerdo esa tarde. Salí sintiéndome vacía pero aliviada por haber dicho lo que llevaba años guardando.

Con el tiempo, decidí poner distancia. Las visitas a casa de mi madre se volvieron esporádicas y solo en ocasiones especiales. Mis hijos aprendieron a no esperar nada de ella y yo aprendí a sanar poco a poco ese hueco que dejó su preferencia por Mariana.

A veces me pregunto si hice bien en alejarme o si debí luchar más por mantenernos unidas. Pero también sé que merezco paz y mis hijos merecen crecer sin sentir que valen menos.

Hoy, cada Navidad es diferente: celebramos en casa, solo nosotros cuatro. No hay grandes regalos ni cenas lujosas, pero hay risas sinceras y abrazos cálidos.

A veces miro al cielo y me pregunto: ¿Cuántas familias viven lo mismo en silencio? ¿Cuántos hijos cargan con el peso de no ser suficientes para sus madres? ¿Vale la pena seguir intentando cuando el amor duele más que la distancia?