Nunca fui suficiente: la hija invisible de la familia Ramírez

—¿Por qué siempre tienes que ser tan torpe, Lucía? —La voz de mi madre retumbó en la cocina, mientras el vaso de vidrio se hacía añicos a mis pies. Tenía nueve años y ya sabía que cualquier error mío era un crimen imperdonable. Mi hermana mayor, Mariana, me miró con esa mezcla de lástima y superioridad que tanto odiaba. Mi hermano Javier ni siquiera levantó la vista del celular. Nadie vino a ayudarme a recoger los pedazos.

Así fue toda mi infancia en la casa de los Ramírez, en un barrio popular de Guadalajara. Yo era la menor de cinco hermanos, la que llegó por accidente cuando mis padres ya sentían que su vida estaba completa. Mi madre nunca perdió oportunidad para recordármelo: “Tú no estabas en los planes, Lucía. Pero ni modo, así es la vida”. Mi padre, don Ernesto, era un hombre seco y ausente, más preocupado por el taller mecánico que por sus hijos. Cuando llegaba a casa, sólo tenía palabras para Javier y para regañar a Mariana si salía con algún novio. A mí apenas me dirigía la palabra.

En la escuela tampoco era fácil. Siempre llegaba con el uniforme arrugado y los zapatos viejos que heredaba de mis hermanas. Mis compañeros se burlaban de mí por ser callada y por no tener las cosas de moda. Recuerdo una vez que le pedí a mi mamá que me comprara una mochila nueva porque la mía tenía un agujero enorme. Ella sólo suspiró y dijo: “¿Para qué? Si ni estudias tanto”.

Crecí aprendiendo a no pedir nada, a no esperar nada. Me refugié en los libros prestados de la biblioteca municipal y en las tardes solitarias en el parque. A veces soñaba con irme lejos, empezar de cero en otra ciudad donde nadie supiera quién era yo.

Pero la vida no me dejó escapar tan fácil. Cuando cumplí diecisiete años, mi padre murió de un infarto fulminante. La casa se llenó de parientes y vecinos trayendo comida y pésames. Yo fui la única que no lloró. Sentí alivio, aunque me dio vergüenza admitirlo incluso ante mí misma.

Después de eso, todo empeoró. Mariana se casó rápido para huir del ambiente opresivo; Javier se fue a Monterrey a trabajar; mis otros dos hermanos apenas venían a casa. Yo me quedé con mi madre, que cada vez estaba más amargada y enferma. Empezó con dolores en las piernas, luego vino la diabetes y finalmente una insuficiencia renal que la dejó postrada.

Un día, mientras le cambiaba las sábanas empapadas de sudor, ella murmuró: “Nunca pensé que acabaría así… dependiendo de ti”. No supe si lo decía con tristeza o con desprecio.

Mis hermanos sólo llamaban para preguntar cómo seguía mamá o para pedirme que les avisara si algo grave pasaba. Nadie ofreció ayuda real. Un domingo, Mariana vino con su esposo y sus hijos. Apenas cruzó la puerta, me lanzó esa mirada dura:

—Lucía, tienes que entender que todos tenemos nuestras vidas. No podemos estar aquí todo el tiempo.

—¿Y yo no tengo vida? —le respondí sin poder contenerme—. ¿Por qué siempre soy yo la que tiene que quedarse?

Mariana se encogió de hombros:

—Eres la más chica… y además vives aquí.

No era justo. Nunca fue justo.

Las semanas pasaban lentas entre medicamentos, pañales y reproches silenciosos. Mi madre se volvió más dependiente y menos agradecida. A veces me gritaba porque el caldo estaba frío o porque olvidé comprarle sus galletas favoritas.

Una noche, mientras le cambiaba el suero, me miró fijamente:

—¿Sabes? A veces pienso que hubiera sido mejor no tenerte… pero ahora eres la única que me queda.

Sentí un nudo en la garganta. ¿Cómo se supone que debía responder a eso? ¿Cómo se perdona una vida entera de desprecio?

Empecé a soñar despierta con irme lejos, pero cada vez que lo pensaba sentía culpa. ¿Quién cuidaría a mamá si yo me iba? ¿Qué dirían los vecinos? En México, abandonar a una madre enferma es casi un pecado mortal.

Un día cualquiera, mientras lavaba los platos, escuché a mis hermanos discutiendo en el patio:

—No podemos dejar todo en manos de Lucía —decía Javier—. Ya bastante ha hecho.

—¿Y quién lo va a hacer si no es ella? —respondió Mariana—. Yo tengo tres hijos y trabajo todo el día.

—Pues contraten a alguien —sugirió el otro hermano—. Entre todos podemos pagarle a una señora.

Pero al final nadie hizo nada. Todo siguió igual.

Una tarde lluviosa, mi madre tuvo una crisis fuerte. Llamé a todos mis hermanos; sólo Mariana contestó:

—Haz lo que puedas… si ves que empeora llévate a mamá al hospital.

Esa noche sentí una rabia profunda. ¿Por qué siempre era yo? ¿Por qué nadie veía mi dolor?

Me senté junto a la cama de mi madre y le hablé en voz baja:

—Mamá… ¿alguna vez pensaste en lo que yo quería? ¿Alguna vez te importó cómo me sentía?

Ella me miró con los ojos llenos de lágrimas —por primera vez en años— y susurró:

—Perdóname, Lucía… nunca supe cómo quererte.

No sé si fue suficiente. No sé si ese perdón tardío puede curar todas las heridas.

Hoy mi madre sigue enferma y yo sigo aquí, cuidándola porque nadie más lo hará. A veces pienso en irme, pero algo me detiene: tal vez sea el miedo, tal vez sea el amor retorcido que aprendí a sentir por ella.

Me pregunto: ¿cuántos hijos como yo hay allá afuera? ¿Cuántos cargan con culpas y heridas ajenas sólo por ser los últimos o los menos queridos? ¿Hasta cuándo vamos a callar nuestro dolor para no romper con lo que se espera de nosotros?