Entre la Tierra y el Silencio: El Jardín de Mamá

—¡No lo arranques, Camila! —gritó mi mamá desde la puerta, empapada por la lluvia que caía como si el cielo estuviera llorando con nosotras.

Yo tenía la mano aferrada a la raíz de la mata de yuca, sintiendo la tierra fría y húmeda entre los dedos. El trueno retumbó tan fuerte que por un segundo pensé que el universo me estaba advirtiendo. Pero ya era tarde: la planta salió con un tirón seco, dejando un hueco oscuro en el suelo. Mi madre corrió hacia mí, su bata azul pegada al cuerpo, los ojos llenos de rabia y miedo.

—¿Por qué tienes que cambiar todo? —me reclamó, su voz temblando más que sus manos—. Este jardín es lo único que nos queda de tu abuela.

No supe qué responderle. Sentí el peso de la raíz en mi mano, como si fuera una culpa antigua. Desde que papá se fue a Venezuela buscando trabajo y nunca volvió, mamá y yo nos habíamos quedado solas en esta casa vieja, rodeadas de cafetales y recuerdos. Ella se aferraba a la tierra como si pudiera evitar que todo cambiara. Yo solo quería un poco de paz, un espacio verde donde pudiera tenderme a leer o mirar las estrellas sin sentirme obligada a sembrar y cosechar cada centímetro.

—Mamá, nadie siembra ya como antes —le dije bajito—. Mira a los vecinos: todos tienen césped, hamacas, hasta una piscina inflable. ¿Por qué tenemos que matarnos trabajando en este pedazo de tierra?

Ella me miró como si le hubiera escupido en la cara. Se arrodilló junto al hueco y empezó a cubrirlo con las manos, llorando en silencio. La lluvia seguía cayendo, lavando la tierra y nuestras heridas abiertas.

Esa noche no cenamos juntas. Yo me encerré en mi cuarto, escuchando cómo el agua golpeaba el techo de zinc y pensando en lo injusto que era todo. ¿Por qué tenía que cargar con la nostalgia de una generación que no era la mía? ¿Por qué no podía tener un jardín simple, bonito, sin tanto esfuerzo?

Al día siguiente, encontré a mamá sentada en el quicio de la puerta, mirando el jardín como si fuera un campo de batalla. Tenía las manos llenas de tierra seca y los ojos hinchados.

—¿Sabes por qué tu abuela sembraba yuca aquí? —me preguntó sin mirarme—. Porque cuando llegaron los paramilitares y quemaron todo el pueblo, lo único que nos quedó fue lo que podíamos sacar de esta tierra.

Me senté a su lado, sintiendo una punzada de vergüenza. Nunca había pensado en el jardín como algo más que un trabajo pesado. Para ella era un refugio, una memoria viva.

—Pero mamá… ahora las cosas son diferentes —intenté argumentar—. Ya no tenemos miedo de pasar hambre. Yo puedo trabajar desde el computador, tú puedes descansar…

Ella negó con la cabeza.

—No es solo por la comida, Camila. Es por no olvidar quiénes somos. Si arrancas todo esto, ¿qué nos queda?

Me quedé callada. El silencio entre nosotras era tan denso como la niebla que bajaba por las montañas al amanecer.

Pasaron los días y el jardín se volvió un campo minado: yo quería plantar flores sencillas y césped; ella seguía sembrando frijolitos y cebollas donde podía. Cada vez que intentaba cambiar algo, discutíamos. Mi tía Lucía vino desde Bello a visitarnos y nos encontró peleando por una mata de cilantro.

—¡Ay, niñas! —exclamó—. ¿Van a dejar que un pedazo de tierra las separe?

Pero no era solo la tierra. Era todo lo que habíamos perdido: papá, la seguridad, los sueños de una vida mejor. Yo quería avanzar; mamá necesitaba aferrarse al pasado para no desmoronarse.

Una tarde, mientras barría las hojas secas del patio, escuché a mamá hablando sola entre las matas:

—Si Camila supiera lo que cuesta empezar de cero…

Me acerqué despacio y me senté junto a ella.

—Mamá —dije suavemente—. ¿Y si hacemos un trato? Dejamos una parte del jardín para tus matas y otra para mi césped. Así tú tienes tus recuerdos y yo mi espacio para descansar.

Ella me miró largo rato antes de asentir con una sonrisa triste.

—Tal vez así podamos aprender a vivir juntas sin arrancarnos las raíces.

Empezamos a trabajar juntas: yo planté pasto en una esquina soleada y puse una hamaca entre dos guayabos; ella cuidó sus hortalizas en el lado más fértil del terreno. Algunas tardes nos sentábamos juntas bajo la sombra, compartiendo historias y silencios menos dolorosos.

El jardín nunca fue perfecto: a veces el pasto se llenaba de maleza o los frijoles no crecían como antes. Pero aprendimos a convivir con nuestras diferencias, a regar tanto las plantas como los recuerdos sin ahogarnos en ellos.

Ahora, cuando cae la tarde y el aire huele a tierra mojada, me tiendo en la hamaca y miro a mamá recogiendo cilantro para la cena. Pienso en todo lo que hemos perdido y ganado entre estas matas tercas y este césped imperfecto.

¿Será posible encontrar paz sin olvidar nuestras raíces? ¿O estamos condenadas a vivir siempre entre la nostalgia y el deseo de algo más simple?