Dejé entrar a mi hermano embarazado de problemas… y tuve que pedirle que se fuera de mi casa
—No me mires así, Javier. No te estamos pidiendo que nos mantengas para siempre.
Mi hermano Sergio lo dijo desde la puerta de mi salón, con una bolsa de deporte a sus pies y la cara sin afeitar. Detrás de él estaba Lucía, su mujer, de siete meses. Se abrazaba la barriga con una mano y con la otra sujetaba una maleta vieja, de esas que tienen las ruedas torcidas.
Yo acababa de llegar del trabajo. Llevaba aún el uniforme de repartidor, la espalda cargada y el móvil lleno de avisos del banco. El alquiler me subía en dos meses. Apenas me daba para vivir solo en aquel piso pequeño de Móstoles.
Pero Sergio era mi hermano.
Y Lucía estaba embarazada.
—Entrad —dije al final, apartándome.
No sabía que, al dejarles pasar, también estaba dejando entrar otra vez el peor recuerdo de mi vida.
Dos años antes, yo vivía con Marta. Llevábamos casi seis años juntos. Hablábamos de ahorrar para casarnos, de irnos unos días a Cádiz en verano, de tener hijos cuando pudiéramos. Cosas normales. Cosas que uno cree seguras hasta que dejan de serlo.
Una tarde volví antes de una ruta porque se me había estropeado la furgoneta. Entré en casa sin hacer ruido. Escuché voces en el dormitorio. Primero pensé que Marta hablaba por teléfono.
Luego reconocí la risa de Sergio.
No voy a contar lo que vi. No hace falta. Hay imágenes que se quedan pegadas a la cabeza aunque pasen los años. Lo que más me dolió ni siquiera fue Marta. Fue que Sergio me mirara, blanco como una pared, y dijera:
—Javier, no ha sido como parece.
Como si existiera otra forma de que un hermano estuviera en tu cama con la mujer con la que pensabas compartir la vida.
Corté con Marta esa misma noche. Con Sergio estuve casi un año sin hablar. Cuando volvió a buscarme, decía que había cambiado, que había conocido a Lucía, que quería hacer las cosas bien. Yo no le perdoné del todo, pero intenté dejar de odiarlo. Mi madre insistía mucho.
—Es tu único hermano, hijo. La sangre tira.
Pues sí, la sangre tira. A veces tira de ti hasta arrastrarte.
Los primeros días en casa fueron incómodos, pero soportables. Lucía me daba las gracias por todo. Se ofrecía a cocinar, aunque yo le decía que descansara. Sergio prometía que aquello sería temporal.
—En cuanto encuentre algo, nos vamos. Te lo juro.
Su empresa de reformas había cerrado y los habían desahuciado del alquiler después de varios meses sin pagar. Me dio pena, de verdad. Nadie merece verse en la calle, y menos esperando un bebé.
Pero pasó una semana. Luego dos. Luego un mes.
Yo salía de casa a las siete de la mañana y volvía casi a las ocho de la tarde. Sergio se levantaba a mediodía. Dejaba vasos en la mesa, ceniceros en el balcón, ropa tirada en el sofá. Decía que estaba buscando trabajo desde el móvil, pero cada vez que entraba en el salón lo veía con vídeos, apuestas deportivas o jugando a la consola que se había traído.
Una noche llegué y encontré la calefacción a tope, las luces encendidas y la nevera prácticamente vacía. Habían pedido comida a domicilio.
—¿Habéis pedido hamburguesas? —pregunté, mirando la bolsa sobre la encimera.
Sergio ni levantó la vista.
—Lucía tenía antojo.
—Yo también tengo antojos, Sergio. El de llegar a fin de mes.
Lucía se quedó callada. Le vi la vergüenza en la cara y me arrepentí de que estuviera delante, pero él se encogió de hombros.
—No te pongas dramático por unas hamburguesas.
Aquella frase me calentó la sangre.
—No son las hamburguesas. Es que no pones un euro, no haces nada en casa y encima parece que te debo explicaciones.
—Estoy pasando una mala racha.
—Todos pasamos malas rachas. Yo llevo meses cogiendo turnos extras para pagar este piso. ¿Has ido siquiera a una entrevista?
Sergio apagó la televisión con un golpe seco del mando.
—¿Ahora vas a darme lecciones? Tú siempre has sido el perfecto.
No contesté. Porque cuando él se sentía acorralado, siempre encontraba la forma de hacerte daño. Era su talento.
A partir de ahí, la casa se convirtió en un sitio donde yo no quería estar. Me quedaba dando vueltas con la furgoneta después del trabajo para retrasar el momento de volver. Me daba rabia reconocerlo: estaba huyendo de mi propia casa.
Lucía intentaba mediar.
—Javier, habla con él cuando esté tranquilo. Está preocupado por el bebé.
—Yo también estoy preocupado, Lucía. Por el bebé, por ti… y por mí.
Ella bajaba los ojos. No era mala persona. A veces la escuchaba llorar por la noche, muy bajito, detrás de la puerta de la habitación que les había dejado. Una madrugada incluso oí a Sergio decirle:
—No empieces otra vez, que me pones de los nervios.
Me quedé sentado en el pasillo, con un vaso de agua en la mano, sin atreverme a intervenir. Qué cobarde me sentí. Pero también pensé: no puedo arreglarles la vida. Ni siquiera sé arreglar la mía.
El colmo llegó un viernes. Volví antes porque me encontraba mal. Al entrar, encontré a Sergio sentado en mi sofá con dos amigos. Habían abierto unas cervezas. Había ceniza sobre la mesa, aunque yo había dicho mil veces que no se fumaba dentro.
—¿Pero qué coño es esto? —solté.
Sus amigos se miraron entre ellos. Sergio sonrió, como si yo fuera un pesado.
—Relájate, estamos echando la tarde.
—Esta no es tu casa.
—Ya lo sé. No hace falta que me lo recuerdes todos los días.
—Pues compórtate como si lo supieras.
Sus amigos se fueron deprisa. Cuando la puerta se cerró, Sergio se levantó y se quedó frente a mí. Éramos casi de la misma altura. Durante un segundo volvió el chico que me había traicionado, el que nunca asumía nada, el que siempre esperaba que alguien limpiara el desastre.
—Te crees mejor que yo porque tienes un piso de alquiler y un trabajo de mierda —me dijo.
Me temblaban las manos, pero no grité.
—No soy mejor que tú. Solo estoy cansado de que me rompas las cosas y después me pidas que te abrace.
Lucía salió del cuarto al oírnos. Tenía los ojos hinchados. Sergio la miró y después me señaló con el dedo.
—¿Vas a echarnos? ¿Con ella así?
Tragué saliva. Esa era la pregunta que llevaba semanas evitando.
—No os voy a dejar en la calle esta noche. Pero tenéis un mes para buscar otra solución. Voy a hablar con mi madre, con servicios sociales si hace falta. Te ayudaré a buscar trabajo, Sergio. Pero no voy a seguir viviendo así.
Lucía empezó a llorar. Me partió el alma. Sergio, en cambio, soltó una risa seca.
—Claro. Al final sacas lo que llevas dentro. Nunca me perdonaste lo de Marta.
Lo miré sin apartar la vista.
—No. No te perdoné. Y aun así os abrí la puerta. No confundas mi ayuda con que tengas derecho a destrozarme otra vez.
Durante ese mes hubo silencios, discusiones y llamadas a mi madre. Ella me dijo que era cruel. Sergio dijo que yo disfrutaba haciéndole pagar por el pasado. Lucía encontró una habitación temporal con una prima en Fuenlabrada, y Sergio, después de mucha presión, aceptó un empleo en un almacén.
El día que se fueron, Lucía me abrazó fuerte. Me dio las gracias llorando. Sergio apenas me miró.
Yo cerré la puerta y me quedé apoyado en ella mucho rato. Sentí alivio. Y culpa. Las dos cosas a la vez, que es una sensación horrible.
A veces me pregunto si ser familia obliga a aguantar cualquier cosa. Yo creo que no. Ayudar no debería significar desaparecer de tu propia vida.
¿Vosotros habríais hecho lo mismo, o habría tenido que aguantar un poco más por el bebé?