Su pareja le pidió que cediera “solo por ese fin de semana”, pero ella sintió que estaba desapareciendo poco a poco
La primera vez que Óscar me dijo que me quitara el aro de la nariz para ir a comer con sus padres, me reí.
No por hacerme la graciosa. Me hizo gracia de verdad, porque pensé que estaba exagerando. Llevaba el aro desde los veintisiete años y, en ese momento, tenía treinta y ocho. No era una adolescente intentando provocar a nadie. Era un aro pequeño, plateado, casi no se veía.
—No te lo digo por mí —me aclaró—. Es que mi padre es muy de fijarse en esas cosas.
Le pregunté qué cosas.
—Ya sabes. Que si la imagen, que si luego en el pueblo hablan… No quiero que empiece con sus historias.
Vivíamos en Valencia, en un piso de alquiler cerca de Benimaclet que cada año nos subían un poco más. Yo trabajaba desde casa para una editorial pequeña, corrigiendo manuales y haciendo cosas que nadie imagina cuando dice que trabaja “en libros”. Óscar era fisioterapeuta. Llevábamos casi cuatro años juntos y, hasta entonces, su familia me había parecido simplemente tradicional. De misa algunos domingos, comidas familiares obligatorias, fotos de Navidad con ropa medio coordinada. Nada que yo no pudiera manejar dos o tres veces al año.
El problema fue que su abuela enfermó y Óscar empezó a ir mucho más al pueblo, a una hora de Toledo. Al principio iba él solo. Después me pidió que lo acompañara un fin de semana. Luego otro. Y, sin que nadie lo dijera claramente, acabé formando parte de los planes.
La abuela murió en febrero. Fue triste, claro. A mí me caía bien, aunque nunca terminó de entender en qué trabajaba. Me preguntaba cada vez que me veía si ya había aprobado “las oposiciones de los libros”. Pero tenía una manera tranquila de cogerme la mano cuando hablaba y no me hacía sentir examinada.
Tras el entierro, los padres de Óscar decidieron que querían vender el piso de Madrid que había sido de la abuela. Su hermana, Patricia, propuso aprovechar el verano para hacer una comida grande en el pueblo, reunir a todo el mundo y despedirse un poco de la casa antes de vaciarla.
Óscar me lo contó como si fuera una cita inevitable en el calendario.
—Vamos el viernes y volvemos el domingo. Por favor, intenta que no haya movidas.
Eso fue lo que me molestó. Ni siquiera lo del aro. La frase.
Le dije que yo nunca montaba movidas.
—Ya, Marta. No he dicho eso. Pero conoces a mi padre. Si le respondes a todo, se puede poner pesado.
—¿Y qué hago? ¿Sonrío y asiento?
Óscar estaba guardando ropa en una mochila. Siguió doblando camisetas.
—Pues a veces, sí.
No fuimos al final de semana. Fui con ese nudo tonto en el pecho que una intenta ignorar porque, desde fuera, parece una tontería. Un aro. Una comida. Un señor mayor con ideas antiguas. Hay problemas mucho peores, pensaba. Y probablemente es verdad.
El viernes por la tarde, antes de salir, me cambié tres veces. Me puse un vestido negro de lino, largo, que me gusta mucho y que suelo llevar con zapatillas. Luego pensé que quizá era demasiado negro. Después que quizá parecía que iba de artista rara. Al final me puse unos vaqueros claros, una camisa blanca y unas sandalias planas. Me quité el aro.
Óscar no se dio cuenta hasta que íbamos en el coche.
—Gracias —dijo.
Y me dolió más que si hubiera dicho otra cosa.
La comida fue el sábado. Éramos dieciséis o diecisiete, no sé. Primos, tíos, dos vecinas de la abuela que se quedaron hasta los postres como si fueran familia. Hacía un calor pegajoso. La madre de Óscar había preparado gazpacho, tortilla, ensaladilla, carne al horno. Yo ayudé a poner los platos y a recoger, porque no sabía qué hacer con las manos.
Su padre, Julián, empezó bastante correcto. Me preguntó por Valencia, por el alquiler, por si la editorial daba para vivir. Luego soltó que antes la gente tenía empleos “de verdad”, pero lo dijo sonriendo, como si fuera una broma.
Yo sonreí también. No dije nada.
Más tarde, Patricia comentó que estaban mirando colegios para su hija pequeña. Julián dijo que en Madrid había demasiadas cosas raras en los colegios y que menos mal que ellas se quedaban en el pueblo. Una de las primas dijo que la niña ya había preguntado por qué algunas mujeres llevaban el pelo tan corto “como los chicos”. Miró hacia mí. Yo llevaba el pelo por debajo de las orejas, pero bastante corto.
—Porque les gusta —dije.
Fue una frase normal. Ni siquiera levanté la voz.
Julián se encogió de hombros.
—Bueno, sí, si cada uno puede hacer lo que quiera. Pero luego que no se quejen de que la gente mire.
Y ahí noté a Óscar tocarme la rodilla debajo de la mesa. No fue una caricia. Fue una señal.
Me quedé callada otra vez.
No sé explicar bien lo que pasó dentro de mí. No era rabia pura. Era una sensación muy fea de estar sentada allí, con treinta y ocho años, esperando que el hombre con el que compartía mi casa me diera permiso para responder una frase sobre mi propio pelo.
Después de comer, varias mujeres fueron a ver la casa de la abuela. Yo me quedé abajo con Óscar, recogiendo vasos. Le pregunté por qué me había tocado la rodilla.
—Porque te estaba poniendo esa cara.
—¿Qué cara?
—La de que ibas a soltar algo y se iba a liar.
Le dije que quizá se liaría porque su padre decía cosas bastante desagradables, no porque yo contestara.
Óscar suspiró de esa forma que tiene cuando cree que estoy complicando algo sencillo.
—Marta, es un hombre de setenta años. No le vas a cambiar.
—No quiero cambiarle. Quiero no tener que empequeñecerme cada vez que él abre la boca.
Él dejó un vaso en el fregadero con más fuerza de la necesaria.
—También podrías entender que para mí no es tan fácil. Es mi familia. Voy a seguir viniendo. No puedo estar peleado con todos porque tú necesites demostrar quién eres cada cinco minutos.
Eso me dejó helada. Porque una parte de mí entendía su cansancio. Desde que murió su abuela, estaba especialmente sensible con su padre. Además, yo sé que soy rápida respondiendo, que me cuesta dejar pasar las cosas. No soy una santa ni una víctima perfecta.
Pero otra parte pensó: ¿demostrar quién soy? Si me he quitado el aro, he cambiado de ropa, he sonreído a chistes que me parecían rancios y he estado dos horas lavando platos para que nadie diga que soy una seca. ¿Cuánto más tenía que demostrar?
Esa noche dormimos en la habitación de Óscar de cuando era adolescente. Había trofeos de fútbol, un póster descolorido de Estopa y una cama de noventa donde apenas cabíamos. No hablamos casi nada. Él miró el móvil hasta tarde. Yo fingí dormir.
El domingo, antes de irnos, su madre me apartó en la cocina. Pensé que iba a decirme algo por lo de la comida, pero solo me dio un táper de croquetas.
—Julián es muy bruto —me dijo bajito—. Pero no le hagas caso, hija.
Le di las gracias, aunque no supe qué responder. Me pareció triste que esa fuera la solución que llevaban tantos años usando con él: no hacerle caso, rodearlo, dejarle pasar.
En el coche de vuelta, Óscar me preguntó si estaba enfadada.
Le dije que no lo sabía. Que estaba cansada de ir a sitios donde tenía que calcular antes cada palabra, cada pendiente, cada prenda. Él no contestó durante un buen rato.
Hace tres semanas de aquello. El aro sigue en una cajita del baño. No porque Óscar me haya prohibido ponérmelo ni porque yo haya decidido nada definitivo. Simplemente una mañana me lo miré, iba con prisa a por pan, y no me apeteció discutir ni siquiera conmigo misma.
El próximo mes es el cumpleaños de su padre. Óscar ha dicho que irá él solo si yo no quiero ir. Lo ha dicho con buena intención, creo. Pero desde entonces tampoco hemos hablado de vivir juntos en otro sitio, ni de casarnos, ni de si algún día querríamos tener hijos. Son conversaciones que antes salían sin esfuerzo y ahora se quedan como a medio hacer.
Ayer, mientras ordenaba el baño, encontré la cajita abierta junto al bote de crema solar. La cerré y la dejé donde estaba. Todavía no sé si me la volveré a poner para ir al cumpleaños o si esa decisión, por pequeña que parezca, ya significa demasiado.