“No puedo seguir criando sola a nuestro hijo mientras tú te escondes en el trabajo”

No recuerdo exactamente cuándo empecé a sentir que estaba criando sola a Mateo. No fue un día concreto ni una discusión enorme. Fue más bien una suma de cosas pequeñas: él preguntándome dónde estaban los bodis limpios cuando el cajón estaba abierto delante de sus narices, yo saliendo de casa con el bebé, la mochila, el carro y una carpeta con los papeles del pediatra mientras Dani decía desde el pasillo que llegaba tarde a una reunión.

Mateo nació en noviembre, y al principio todo era un poco caótico pero también bonito. Dani lloró cuando lo tuvo encima por primera vez. Llamaba a sus padres por vídeo para que vieran cómo bostezaba. Decía que no se podía creer que aquel niño fuera nuestro.

Yo me agarré mucho a esa imagen los primeros meses. Porque luego llegaron las noches, los cólicos, las tomas, la lactancia que no acababa de ir bien, mis puntos, el miedo absurdo a quedarme dormida con el niño encima. Y Dani empezó a trabajar más.

Él trabajaba ya muchas horas antes, en una empresa de logística en Coslada. Nunca ha sido de desconectar, eso es verdad. Pero después de que naciera Mateo, las horas extra se volvieron casi diarias. A veces decía que tenía que cerrar una incidencia. Otras, que había una videollamada con no sé qué proveedor. Al principio yo le decía que no pasaba nada, porque pensaba que si yo le pedía ayuda parecía que estaba admitiendo que no podía con mi propio hijo.

Qué tontería, ahora lo veo clarísimo. Pero en ese momento tenía la cabeza hecha polvo.

Mi madre vive en Guadalajara y venía algunos viernes, cuando podía. La madre de Dani tiene problemas de espalda y tampoco era cuestión de cargarle el niño. Así que estábamos nosotros dos. O, mejor dicho, yo y Mateo, porque Dani aparecía para bañarlo algunos días, darle un beso y decir que qué rápido se le había pasado la tarde.

Las citas con la pediatra las pedía yo. Las vacunas, yo. Lavar biberones, comprar pañales, comprobar si le quedaba Apiretal, llamar al centro de salud cuando tenía mocos y yo no sabía si era normal o no… todo iba pasando por mí.

Y Dani no es mala persona. Me cuesta decir esto porque parece que si cuento lo otro tengo que convertirle en un monstruo. No lo es. Es cariñoso, es responsable con el dinero, y cuando mi padre estuvo ingresado hace años, él fue quien me llevaba y me recogía del hospital sin que yo se lo pidiera. Pero con Mateo se bloqueaba. Y cuanto más se bloqueaba, más trabajo buscaba.

Una noche se lo dije bastante mal. Mateo tendría unos cuatro meses. Llevaba casi dos horas llorando y yo también estaba llorando, sentada en el suelo de la cocina. Dani entró, dejó el portátil y me preguntó qué pasaba, como si acabara de llegar a una casa ajena.

Le solté que pasaba que él no sabía ni qué talla de pañal usaba su hijo.

Él se quedó blanco. Luego dijo que no hacía falta hablarle así.

Y tenía razón, supongo. Pero yo ya no sabía hablar de otra manera. Llevaba demasiado tiempo intentando decir las cosas con calma. “¿Puedes cogerlo un rato?” “¿Podrías salir antes mañana?” “Necesito dormir una siesta.” Todo sonaba a favor que me hacía, no a una responsabilidad compartida.

La noche de urgencias fue a finales de marzo. Mateo llevaba un par de días con tos y algo de fiebre, pero la pediatra nos había dicho que vigiláramos. A las dos de la madrugada se despertó llorando raro, muy quejoso. Le noté caliente incluso antes de ponerle el termómetro. Tenía 39,7.

Le dimos el antitérmico, aunque digo “le dimos” porque lo hice yo mientras Dani buscaba en Google cuánto tiempo había que esperar. Mateo vomitó parte y empezó a respirar como con esfuerzo, no sé explicarlo mejor. Se le hundía un poco la zona de las costillas.

Yo dije que nos íbamos a urgencias.

Dani estaba de pie en el salón, con el móvil en la mano. Me preguntó si no era exagerado, si no podíamos llamar antes al 061. Y sí, seguramente era razonable preguntar, pero yo veía a mi hijo respirar así y no podía quedarme sentada escuchando una locución.

Le dije que cogiera las llaves y el bolso del carro.

—No sé dónde está el bolso.

Eso fue lo que me rompió.

No gritamos mucho, de hecho. Creo que por el miedo. Le dije que estaba en el perchero, que llevaba ahí desde que nació Mateo, que tenía dentro pañales, una muda, la tarjeta sanitaria y prácticamente nuestra vida entera. Le dije que no podía ser que, con cuatro meses, no supiera dónde estaba un maldito bolso.

En urgencias nos tuvieron varias horas. Al final era una bronquiolitis leve, nos mandaron a casa con pautas y revisión. Mateo no necesitó ingreso, por suerte. Dani estuvo sentado a mi lado, muy callado. De vez en cuando acariciaba el pie del niño a través de la manta.

Al volver, ya de día, acosté a Mateo en su cuna. Dani se fue directo a ducharse. Yo me quedé en el pasillo, con el abrigo puesto todavía. No sé por qué, pero pensé: si ahora se va a dormir como si nada, yo no puedo seguir así.

Cuando salió, le dije que tenía que escucharme sin discutir.

Le dije que yo no quería separarme. No quería usar al niño para amenazarle ni convertir aquella madrugada en una especie de juicio. Pero que no iba a continuar siendo madre sola y pareja cuando a él le viniera bien. Que si su trabajo era tan importante que no podía aprender ni dónde guardábamos las cosas del bebé, entonces tendría que organizar mi vida de otra forma.

Le dije, literalmente, que o empezaba a implicarse de verdad o yo me plantearía irme a casa de mi madre una temporada. No para castigarle. Porque estaba empezando a tener miedo de mí misma, de la rabia que sentía cada vez que oía la llave en la puerta a las nueve de la noche.

Dani no dijo nada durante un rato. Se sentó en el borde de la cama y se tapó la cara. Después me dijo algo que no esperaba: que cada vez que Mateo lloraba y él no conseguía calmarlo, sentía que sobraba. Que conmigo el niño parecía saber qué hacer y con él no. Y que en vez de aprender, se iba al trabajo, donde al menos sabía resolver cosas.

No lo justifiqué. Tampoco me alivió tanto como habría pensado. Porque yo tampoco sabía qué hacer al principio. Nadie nace sabiendo, y a mí nadie me dejó escapar.

Al lunes siguiente pidió salir dos tardes a su hora. No cambió de golpe. Todavía tiene días en que se ofrece a “ayudar” y a mí me sale decirle que no me ayuda, que es su hijo. Luego me siento culpable por el tono. Estamos aprendiendo los dos, aunque yo haya empezado antes y esté cansadísima de ser la que explica.

Ahora Dani se encarga del baño casi siempre y lleva él a Mateo a la revisión de los seis meses, porque yo tenía una cita médica. La víspera me preguntó tres veces dónde estaba la tarjeta sanitaria. A la cuarta le señalé el bolsillo del bolso sin hablar.

Luego la encontró él solo.

No sé si aquello basta. No sé si dentro de unos meses volverá a refugiarse en las horas extra cuando algo se complique. De momento, ayer llegó a las seis y media, cogió a Mateo antes de quitarse los zapatos y me dijo que me fuera a dar una vuelta si quería.

Me quedé diez minutos sentada en un banco de la plaza, sin carrito, sin mochila y sin mirar la hora. Me sentí rara. Pero respiré un poco mejor.