“Solo quería saber que estaba bien”: el día en que un padre cruzó una línea sin darse cuenta
No me di cuenta de que Clara había dejado de compartir su ubicación conmigo hasta un martes por la noche.
Estaba en el sofá, después de cenar un bocadillo de tortilla que me había sobrado del día anterior. Mi mujer, Nuria, estaba en el dormitorio viendo una serie con los cascos puestos. Yo tenía el móvil en la mano, sin hacer nada importante, de esos ratos en que uno mira el tiempo, las noticias y luego acaba entrando en cualquier sitio.
Abrí la aplicación de mapas. La costumbre, supongo.
Durante casi dos años, Clara aparecía ahí con un puntito azul. A veces en su piso de Lavapiés, otras en la facultad, en casa de alguna amiga o por la zona de Atocha. Ella fue quien me añadió, o al menos eso creía yo. Se fue a Madrid a hacer un máster después de terminar Enfermería en Valencia, y al principio le preocupaba volver sola por la noche. Un par de veces cogió VTC porque salía tarde de prácticas y yo le dije que, si quería, podía compartir la ubicación conmigo. Por si pasaba algo.
Me contestó: “Vale, papá, pero no te obsesiones”.
Y yo le puse una carita riéndose. En ese momento no me pareció que hubiera nada que vigilar. Era simplemente una cosa más del móvil, como tener guardado el número del casero o saber si ha llegado un paquete.
Pero aquel martes su nombre ya no estaba.
Pensé que se habría quedado sin batería. Luego que habría cambiado de móvil. Le escribí: “¿Todo bien?”. No contestó.
A la media hora le volví a escribir: “¿Has quitado lo de la ubicación?”.
Ahí tardó menos. “Sí.”
Solo eso.
Me quedé mirando la pantalla como un tonto. No sé explicar por qué me sentó tan mal. No porque necesitara saber dónde estaba cada minuto, eso me lo repetí varias veces. Pero sí porque me pareció que me estaba dejando fuera de algo sin decirme nada.
Le llamé. No me lo cogió.
Al día siguiente, a las ocho y pico, me llamó ella mientras yo esperaba el café en el bar de abajo de la oficina. Trabajo en una gestoría pequeña en Mislata. Llevo allí más de veinte años y, aunque últimamente todo va por certificado digital y correos, sigo imprimiendo demasiadas cosas. Me salí a la calle para hablar con ella.
—Papá, no quiero discutir antes de entrar a clase.
—Pues no discutamos. Solo quiero saber por qué has hecho eso.
Hubo un silencio. Oí coches, y luego alguien hablando cerca de ella.
—Porque me preguntaste tres veces el sábado dónde estaba.
—Porque eran las cuatro de la mañana, Clara.
—Eran las cuatro de la mañana y estaba cenando con mis compañeros después de una guardia. Te dije que estaba bien.
—Pero no me dijiste que te habías ido a Alcalá.
—¿Te das cuenta de cómo suena eso?
En ese momento me puse a la defensiva. Le dije que no tenía que ponerse así, que yo no la había espiado, que ella me había dado acceso. Incluso le solté algo bastante feo: que si no tenía nada que ocultar, no entendía el problema.
Nada más decirlo supe que había metido la pata. Pero cuando uno está enfadado parece que necesita rematarlo.
—Claro que tengo cosas que no tengo que ocultarte —me respondió—. Tengo una vida que no tengo que justificarte.
Y colgó.
Todo el día estuve de mal humor. Con los clientes, con mi compañero Sergio, hasta con Nuria cuando llegué a casa. Ella me preguntó qué me pasaba y le conté la conversación como si Clara fuera una desagradecida.
Nuria no dijo nada al principio. Estaba cortando calabacín para hacer una crema. Luego dejó el cuchillo en la encimera.
—¿Cuántas veces miras dónde está?
—No sé. Cuando me acuerdo.
—Eso no es una respuesta.
No le contesté.
La verdad es que lo miraba bastante. No cada hora, ni con una alarma ni nada así. Pero si Clara tardaba en responder, miraba. Si decía que iba a casa de una amiga, miraba. Si veía en redes que había salido y luego no contestaba, miraba. A veces no hacía nada con esa información. Me tranquilizaba verla quieta en su piso. O me inquietaba verla en un sitio que no conocía.
Una vez, en noviembre, vi que estaba por una zona de polígonos a las afueras y le llamé dos veces. Resultó que había ido a buscar a un compañero que se había dejado las llaves dentro del coche. Me dijo riéndose que parecía la CIA. Yo también me reí, aunque me molestó un poco.
Otra noche vi que el punto se movía por la M-30. Le mandé: “¿Vas en coche? Ten cuidado”. Ella respondió al día siguiente: “Papá, iba en un taxi”.
Yo veía esos mensajes como preocupación. Ella, seguramente, como una presencia pegada a su hombro.
No dormí bien esa noche. Me vino a la cabeza cuando tenía ocho años y se perdió cinco minutos en un Carrefour. Fueron cinco minutos reales, no más. Se había ido a mirar unas mochilas con dibujos y yo la encontré al lado de los cuadernos, llorando porque no me veía. Aquello se me quedó dentro de una manera ridícula. Sé que no tiene sentido comparar a una niña de ocho años con una mujer de veinticinco, pero el miedo no siempre entiende de sentido.
Al día siguiente le escribí un mensaje largo. Lo borré. Escribí otro más corto: “Tienes razón en una cosa: no debería usar lo que me compartiste para pedirte explicaciones. Me cuesta más de lo que pensaba no saber si estás bien, pero no es justo cargártelo a ti. Perdona”.
No respondió hasta por la tarde.
“Gracias por decirlo. Necesito que no me llames porque has visto algo. Si pasa algo, te llamaré yo. Y si no contesto durante unas horas, no significa que me haya pasado nada.”
Me dolió leerlo, porque una parte de mí quería decirle que no podía prometer eso. Que el mundo está lleno de cosas que pasan en un segundo. Que yo solo quería anticiparme a la desgracia antes de que existiera.
Pero otra parte, más pequeña y bastante más incómoda, entendió que eso era precisamente el problema. Yo quería protegerla de peligros que ni siquiera conocía, y para conseguirlo estaba convirtiendo su vida en algo que debía explicarme.
Le contesté: “De acuerdo. Lo voy a intentar”.
No puse que me parecía difícil. No porque quisiera hacerme el fuerte, sino porque ya sabía que mi dificultad no podía convertirse otra vez en su responsabilidad.
Han pasado cuatro meses. Hablamos casi todos los días, aunque algunos son solo audios cortos. “Salgo de prácticas”, “he suspendido una entrega”, “¿me mandas la receta de las lentejas?”. Cosas normales.
A veces tarda en contestar hasta el día siguiente y noto que se me sube la angustia al pecho. Miro el móvil, lo dejo boca abajo, vuelvo a cogerlo. No voy a fingir que se me ha quitado.
Hace dos semanas me mandó una foto desde una terraza. Salía con tres amigas, todas con abrigos enormes y las caras coloradas de frío. No me dijo dónde estaba. Ni se lo pregunté.
Le puse: “Pásalo bien, hija”.
Ella respondió con un corazón y, al cabo de un rato, añadió: “Mañana te llamo”.
Esa noche no abrí ninguna aplicación de mapas. Me costó, pero no la abrí.