Dejó que sus suegros entraran en la casa que heredó… y acabó sintiéndose una extraña entre sus propias paredes
La casa era de mi abuela Carmen. Una casa baja, en un pueblo a media hora de Valladolid, con un patio pequeño y una parra que no daba gran cosa, pero que ella cuidaba como si fuera un viñedo. Cuando murió, me la dejó a mí. No porque fuera su favorita, supongo, sino porque fui quien más tiempo pasó con ella los últimos años.
Mi marido, Sergio, y yo vivíamos de alquiler en Valladolid. Pagábamos 780 euros por un piso normalito, con humedades en la habitación y un casero que tardaba semanas en contestar. Así que cuando arreglé la casa de mi abuela y nos mudamos, lo vivimos como una suerte enorme. Yo puse casi todos los ahorros que tenía en cambiar la caldera, pintar y arreglar una ventana del salón que no cerraba bien. Sergio ayudó mucho con cosas prácticas. Se le dan bien esas cosas y yo, en ese momento, sentía que estábamos construyendo algo juntos.
Sus padres se quedaron sin piso nueve meses después.
No fue exactamente de un día para otro. El dueño del alquiler donde vivían quería vender y les dio el plazo legal. Mi suegro, Julián, estaba jubilado. Mi suegra, Marisa, había trabajado por horas casi toda su vida y tenía una pensión pequeña. Buscaron alquiler, pero todo les parecía caro, lejano o demasiado pequeño. Sergio empezó a decir que podían venir “unas semanas”, mientras encontraban algo.
Yo acepté. Me daba pena decir que no. Además, Marisa siempre había sido amable conmigo, de esa amabilidad un poco intensa de llamar cada dos días y llevar tuppers aunque tú no se los hubieras pedido. Pensé que, en una mala racha, una familia se ayuda.
Las primeras semanas fueron incluso llevaderas. Les dejamos nuestra habitación y nosotros nos fuimos al cuarto que antes usaba mi abuela para guardar mantas y fotos. Era agosto, comíamos en el patio y Julián se entretenía arreglando un grifo que goteaba. Marisa decía constantemente que no quería molestar.
Pero molestaba. Y no por ocupar espacio, eso lo entendía. Molestaba porque todo empezó a cambiar de dueño sin que nadie lo dijera.
Marisa reorganizó la cocina. Un día llegué de trabajar y los vasos ya no estaban donde los tenía. Había tirado unas tazas desportilladas de mi abuela porque “eso daba pena verlo”. También quitó las cortinas del salón para lavarlas y las sustituyó por otras beige que tenía guardadas. No eran horribles, pero la casa dejó de parecerse a la que yo recordaba.
No dije nada. Me repetía que eran detalles y que estaban pasando un mal momento.
Luego llegó la rutina. Yo trabajaba en una gestoría, salía a las seis y cuarto y tardaba casi cuarenta minutos en volver. Al principio Marisa hacía la comida. Después empezó a dejarlo a medias porque decía que le dolía la espalda. No me parecía mal. Lo que me cansaba era entrar por la puerta, dejar el bolso y oír desde el salón:
—Lucía, ¿vas a hacer algo rápido? Tu suegro tiene el azúcar un poco bajo.
O:
—Mira a ver si puedes poner una lavadora, que ya sabes que las sábanas de Julián hay que lavarlas aparte.
Sergio llegaba más tarde que yo, porque trabajaba en una empresa de instalaciones y muchas veces tenía avisos fuera. Cuando aparecía, se sentaba con su padre a ver el fútbol o se duchaba. Si yo le decía que estaba agotada, contestaba que su madre no estaba para mucho y que no le costaba tanto echar una mano.
La frase era siempre esa: “echar una mano”. Como si yo estuviera haciendo un favor puntual y no manteniendo una casa de cuatro personas con mi sueldo, mi tiempo y mi cabeza.
Porque la compra también acabó siendo cosa mía. Y las citas del médico de Marisa, porque ella no manejaba bien la aplicación de Sacyl. Y llamar al fontanero cuando se estropeó el termo. Y acompañar a Julián una mañana a renovar no sé qué tarjeta del banco porque Sergio no podía faltar al trabajo.
Yo tampoco podía, pero pedí dos horas y fui.
Había días en los que me veía poniendo platos, recogiendo migas de la mesa y pensando que ni siquiera me sentaba ya en mi sillón. Julián lo ocupaba siempre, con una manta sobre las rodillas, aunque fuera octubre y todavía hiciera calor. Si yo ponía una serie, Marisa decía que no entendía nada o que había demasiados gritos. Si quería invitar a una amiga, tenía que avisar con varios días de antelación porque “a tu suegro no le gusta gente entrando y saliendo”.
Una tarde, al volver antes de lo habitual porque se me canceló una cita, escuché voces en la cocina. No entré enseguida. Estaban Marisa y su hermana por teléfono, con el manos libres puesto mientras pelaba patatas.
—Pues menos mal que Lucía es apañada —decía su hermana—. Os ha venido bien.
Marisa se rio, pero de esa forma baja que tenía cuando iba a decir algo que creía evidente.
—Sí, hija. Ella para estas cosas vale. Sergio es buen chico, pero no sirve para andar pendiente. Lucía es como… bueno, la herramienta de la casa. Le dices lo que hace falta y lo hace.
No recuerdo cuánto tiempo me quedé en el pasillo. No fue una frase espectacular. Ni siquiera sé si Marisa quiso decirlo con maldad. Pero se me quedó clavada.
La herramienta de la casa.
Entré, dejé las llaves sobre la encimera y la conversación se cortó. Marisa se giró y puso esa cara de normalidad que me puso más nerviosa todavía.
—Ah, ya estás aquí. ¿Te ha ido bien?
Le dije que sí y subí al cuarto. Ni lloré. Me senté en la cama, miré una caja que todavía tenía cosas de mi abuela y pensé que la casa se había llenado de personas, pero yo era la única que parecía no tener derecho a estar cansada.
Esa noche hablé con Sergio. O lo intenté.
Le repetí exactamente lo que había oído. Él se quedó callado unos segundos y después dijo que su madre se expresaba fatal, que no le diera tanta importancia. Me dijo que llevaba meses con ansiedad por la situación de sus padres, que yo sabía cómo eran, que no convenía montar un drama por una frase.
—¿Y tú sabes cómo estoy yo? —le pregunté.
Se frotó la cara. Estaba cansado, sí. Pero yo también.
—Claro que lo sé, Lu. Pero no podemos echarlos así. Son mis padres.
—No he dicho echarlos mañana. He dicho que esto no puede seguir así.
—Pues habrá que tener paciencia.
Aquello fue lo que me rompió. No porque quisiera que eligiera entre ellos y yo. Nunca se lo pedí. Pero su paciencia siempre era algo que yo tenía que poner.
Durante una semana apenas hablé. Fui a trabajar, hice lo mínimo en casa y empecé a mirar anuncios de alquiler para ellos. Encontré opciones modestas en el pueblo y en una zona de Valladolid bien comunicada. Algunas se les iban de precio, otras no les gustaban. Sergio decía que ya mirarían con calma.
Un domingo por la mañana puse los anuncios impresos en la mesa. Marisa los miró como si le hubiera dejado una factura.
—¿Nos estás diciendo que nos vayamos?
Le contesté que les estaba diciendo que necesitábamos una fecha. Que aquella casa era mía, que los quería ayudar, pero que llevaba meses sintiéndome utilizada. Julián no levantó la vista del café. Sergio se puso pálido y me pidió que no hiciera aquello delante de ellos.
—¿Delante de ellos? —dije—. Si llevo meses viviendo delante de ellos.
No grité. O quizá sí un poco al final. Marisa lloró y dijo que ella nunca había querido ser una carga. Me dio pena, mucha, y eso fue lo peor. Porque una parte de mí quería retirar todo para que dejara de llorar y volviéramos a fingir.
Pero no lo hice.
Les di dos meses. Sergio se fue a dormir al salón aquella noche. A la semana siguiente se llevó algunas cosas a casa de un amigo. Decía que necesitaba pensar. Yo seguía yendo a la gestoría, seguía pagando facturas y, cuando llegaba, había un silencio raro en cada habitación.
Sus padres encontraron un piso pequeño cerca de la estación de autobuses. Sergio se fue con ellos al principio “para ayudarlos a instalarse”. Después me dijo que no podía volver conmigo mientras yo no entendiera el daño que les había hecho.
Han pasado cinco meses. Estamos en trámites de separación. Él quiere que vendamos algunas cosas que compramos juntos para la casa, y en eso tiene razón, aunque discutir por una mesa de comedor me parece tristísimo.
La semana pasada recuperé mi sillón. Le quité una funda marrón que había puesto Marisa y encontré debajo una mancha antigua que seguramente hizo mi abuela con café. No la he tapado.
A veces sigo sintiéndome culpable. Sobre todo cuando Sergio no contesta a los mensajes o cuando pienso en ellos en ese piso pequeño. Pero luego llego a casa, cierro la puerta sin pedir permiso a nadie y me hago una tortilla para cenar sin calcular si alcanza para cuatro. Y, por lo menos durante un rato, respiro.