Abrí una colecta para ayudar a una vecina que decía no tener ni para cenar… y desde entonces ya no sé dónde termina la compasión

La primera vez que leí el mensaje de Sonia fue un domingo por la tarde, mientras esperaba a que acabara una lavadora. Era en el grupo de Facebook de mi barrio, uno de esos donde normalmente la gente pregunta por fontaneros, avisa de un gato perdido o se queja de que han vuelto a dejar los cartones junto al contenedor.

Ella escribió que le daba mucha vergüenza pedirlo, que acababa de separarse, que tenía dos niños pequeños y que ese mes se le había juntado el alquiler, la luz y una avería del coche. Decía que no quería dinero, solo comida para aguantar hasta que le ingresaran una ayuda.

Yo tengo 46 años, trabajo en una gestoría y vivo sola desde que murió mi padre. No me sobra nada, precisamente. Pago una hipoteca pequeña, tengo un coche viejo y a finales de mes también miro la cuenta más de lo que me gustaría reconocer. Pero mi madre pasó una época mala cuando yo era adolescente y recuerdo perfectamente a una vecina dejándonos bolsas con lentejas, leche y galletas sin hacer preguntas. A mí aquello se me quedó dentro.

Le mandé un mensaje privado. Le dije que al día siguiente iba al Mercadona y que podía comprarle algunas cosas.

Me respondió enseguida, con muchos corazones, audios llorando y agradeciéndomelo. Me pidió leche sin lactosa para el pequeño, pañales de la talla 5, pasta, tomate, fruta y pollo si podía ser. Me pareció una lista larga, pero también pensé: tiene dos hijos, es normal.

Me gasté 58 euros. Me acuerdo porque guardé el ticket por costumbre. Quedamos en la puerta de su bloque, a diez minutos andando de mi casa. Bajó con chándal, el pelo recogido y una niña de unos cinco años agarrada a su pierna. La niña no levantó la cabeza en ningún momento.

Sonia parecía agotada. Me dio dos besos, me llamó cielo y me dijo que no sabía cómo devolverme aquello. Yo le dije que no hacía falta, que bastante tenía ya.

Durante dos semanas no supe nada de ella. Y, sinceramente, me alegré. Pensé que quizá había cobrado algo, que estaría más tranquila. Incluso comenté con una compañera del trabajo que el grupo del barrio, para las tonterías que tenía, a veces servía para algo bueno.

Luego me escribió un jueves a las once y media de la noche.

“Perdona que te moleste. Me da cosa recurrir a ti otra vez, pero se me ha puesto malo el niño y no tengo para el jarabe ni para el autobús mañana.”

El mensaje venía con una foto de un termómetro marcando 38,7. Le hice un Bizum de 25 euros. Me pareció que discutir por esa cantidad, si había un niño con fiebre, era de ser miserable.

A la semana siguiente fueron 15 euros para recargar la tarjeta de transporte. Después, que si el casero le iba a cortar el agua, que si una amiga que le debía dinero la había dejado tirada, que si necesitaba una bombona de butano. Siempre eran cantidades pequeñas. Nunca me pidió 500 euros ni me contó una historia extravagante. Era precisamente eso lo que me desarmaba: todo sonaba posible.

Y cada vez terminaba igual: “Te lo devuelvo en cuanto cobre, te lo juro.”

Yo nunca se lo pedía. Al principio porque no quería humillarla. Luego porque me daba apuro admitir que ya llevaba casi 190 euros entre compras y Bizums.

Mi hermana Laura fue la primera que me dijo que parara. Se enteró porque un día, comiendo en su casa, me saltó una notificación en el móvil.

—Marta, no puedes convertirte en el cajero de una persona que conoces de Facebook.

Me sentó fatal. Le dije que Sonia tenía hijos y que no todo el mundo era una aprovechada. Laura me respondió que ella no había dicho eso, que precisamente por tener hijos debía acudir a los recursos que correspondieran, a servicios sociales, a Cáritas, a quien fuera, pero no depender de mí cada cuatro días.

No le contesté. Me fui antes de recoger la mesa. Luego me arrepentí, porque Laura no me lo dijo con mala intención. Pero yo ya estaba a la defensiva. Sentía que si dejaba de ayudar a Sonia, me convertía en alguien frío, en una de esas personas que dicen “algo habrá hecho” cuando ven a alguien pedir comida.

El punto raro llegó por casualidad. Una tarde vi una publicación suya, pública, porque Facebook me la sugirió. Era de dos días antes. Salía en una terraza con dos amigas, copas encima de la mesa y una cachimba al fondo. No sé si eran las fiestas del barrio o qué. El texto decía: “Por fin una noche para respirar”.

La foto no demostraba gran cosa. Una copa puede invitarla alguien. Todo el mundo tiene derecho a salir una noche, incluso estando mal. Me repetí eso varias veces. Aun así, se me quedó un nudo desagradable en el estómago.

Esa misma noche me pidió 30 euros para leche y pañales.

No le envié el dinero. Le pregunté si había hablado con la trabajadora social de su centro de salud o del ayuntamiento. Tardó casi una hora en contestar. Me puso que yo no entendía lo difícil que era pedir ayuda “de verdad”, que allí te hacen sentir una basura y que esperaba más empatía de mí después de todo lo que me había contado.

Leí el mensaje unas diez veces. Estuve a punto de pedirle perdón. Es ridículo, pero estaba a punto de disculparme por no mandarle dinero.

Al final le escribí que podía acompañarla a pedir cita, si quería, o acercarle otra compra básica cuando pudiera, pero que no iba a seguir haciendo Bizums. Intenté decirlo con cuidado. Demasiado cuidado, probablemente.

Su respuesta fue un audio de tres minutos. Primero lloraba. Después me dijo que qué fácil era hablar cuando una tenía casa y trabajo. Al final soltó que esperaba que nunca me viera en su situación.

No contesté.

A los pocos días publicó en el grupo que había gente que ofrecía ayuda “para luego echarte en cara hasta un paquete de pañales”. No dijo mi nombre. Varias personas le escribieron que tuviera cuidado con quien la juzgaba sin saber. Yo cerré Facebook y estuve dos días sin entrar al grupo.

Después descubrí que otra vecina, a la que no conozco mucho, también le había hecho varios Bizums. Ella fue quien me mandó un mensaje. No sabía que Sonia me había pedido a mí también. Entre las dos calculamos que, solo en ese mes, le habíamos dado más de 300 euros.

No sé si Sonia nos mintió en todo. No sé si sus hijos pasaban necesidad, si de verdad estaba desbordada o si aprendió a usar la pena de los demás porque no encontraba otra manera de salir adelante. Puede que haya un poco de todo. Eso es lo que más me incomoda: que no puedo convertirla fácilmente en una estafadora y quedarme tranquila.

Hace tres semanas volvió a escribirme. Solo puso: “Hola, ¿cómo estás?”. Vi el mensaje desde la pantalla bloqueada y no lo abrí hasta el día siguiente. Le contesté algo corto, que esperaba que estuvieran bien.

No ha vuelto a pedirme nada.

Yo sigo ayudando alguna vez en las recogidas de alimentos del barrio, pero ya no doy mi número tan deprisa ni hago Bizums de madrugada. Y me da pena que esa sea la parte que he aprendido. No por el dinero. Por la desconfianza que se me ha quedado pegada, como cuando una mancha no sale del todo aunque laves la camiseta varias veces.