Durante años estuvo disponible para todos, hasta que un día entendió que nadie sabía ya cómo estaba él

El día que dejé de llevar a mi hermana al hospital, no hubo discusión ni portazos. Fue un martes por la mañana y estaba lloviendo de lado, de esa forma tan desagradable que tiene la lluvia en Valladolid cuando además hace frío.

Yo tenía el coche en el garaje, como siempre. Había echado gasolina el domingo porque sabía que aquella semana tocaba llevar a Mercedes a una revisión de cardiología. Ella no conduce desde que murió su marido, hace ya nueve años. Sus hijos viven fuera: uno en Burgos, la otra en Madrid, aunque lo de Madrid es relativo porque cada dos por tres está por trabajo en otra ciudad.

A las ocho y cuarto me escribió: “Julián, al final voy en taxi. No te preocupes”.

Me quedé mirando la pantalla un buen rato. No porque me pareciera mal. Al contrario, debería haberme dado igual. Pero había organizado la mañana en torno a eso. Había rechazado un café con dos compañeros de la antigua fábrica, con los que quedo de vez en cuando desde que me jubilé. Incluso me había levantado antes.

Le contesté “Vale, como quieras”.

Luego añadí: “¿Ha pasado algo?”

Tardó casi tres horas en responder. “Nada. Es que siempre estás pendiente y tampoco quiero cargarte con todo”.

Eso era exactamente lo que yo había dicho una semana antes, en una comida familiar, y ahora me lo devolvía escrito, más limpio y más frío de lo que yo recordaba haberlo dicho.

Tengo sesenta y siete años. Estoy divorciado desde hace doce, vivo solo en un piso que ya está pagado y no tengo hijos. Nunca quise tenerlos, o eso decía antes. Ahora no sé muy bien si no quise o si fui dejando pasar las cosas, como se dejan pasar otras muchas. Mi exmujer, Clara, rehízo su vida en Asturias y nos felicitamos por Navidad, si nos acordamos.

Durante años, ser el hermano disponible me salió sin pensar. Somos tres: Mercedes, la mayor; yo en medio; y Álvaro, el pequeño. Mi madre estuvo enferma bastante tiempo y, cuando empezó a necesitar ayuda de verdad, Mercedes llevaba la parte de las medicinas, las citas y hablar con los médicos. Álvaro ponía dinero cuando podía. Yo hacía el resto: comprar, llevarla, arreglar persianas, ir a por recetas, quedarme alguna noche.

No me estoy poniendo una medalla. También me venía bien tener algo que hacer. Cuando trabajaba en mantenimiento, llegaba a casa molido y no le daba muchas vueltas a mi vida. Al jubilarme, de golpe, las tardes se hicieron larguísimas. La gente dice que la jubilación es una maravilla, pero nadie te explica que a veces abres la nevera tres veces sin hambre, solo por hacer algo.

Cuando mi madre murió, seguimos con la costumbre de llamarnos para todo. Bueno, ellos me llamaban a mí. La lavadora de Mercedes perdía agua. Álvaro necesitaba que alguien recogiera a su nieta del colegio porque su hija llegaba tarde. Había que subir unas cajas al trastero. Había que esperar al técnico del gas. Cosas normales.

Y yo iba.

Al principio me gustaba. Me hacía sentir necesario. Si un sábado no tenía plan, por lo menos tenía una excusa para salir de casa y luego igual me invitaban a comer. Mercedes hace un cocido bastante bueno, aunque siempre se le pasa un poco el repollo.

El problema es que empecé a notar que, cuando no había nada que resolver, no existía mucho sitio para mí.

En enero me dio una gripe fuerte. Nada grave, pero estuve cuatro días con fiebre y un dolor de pecho que me asustó más de la cuenta. Le mandé un mensaje a mis hermanos al grupo que tenemos. Puse: “Estoy pachucho, por si estos días no contesto rápido”.

Mercedes me mandó un corazón y dijo que tomara caldo. Álvaro respondió al día siguiente con un audio mientras iba en el coche. Se oía el intermitente y a su mujer hablando de fondo. Me preguntó si necesitaba algo, pero con ese tono de quien pregunta porque sabe que le vas a decir que no.

Dije que no.

No sé por qué esperaba que alguien apareciera con una bolsa de naranjas o que llamara a mi puerta. Ni siquiera necesitaba eso. Creo que quería comprobar que a alguien se le ocurría hacerlo.

A los cinco días Mercedes me llamó para decirme que se le había encendido un piloto rojo en el coche.

Fui. Claro que fui.

Mientras miraba el manual, ella me contó que su hija, Lucía, estaba agobiada por el trabajo. Yo asentía, con la cabeza todavía pesada. Mercedes ni se dio cuenta de que yo seguía medio enfermo hasta que tosí dos veces seguidas.

—¿Pero tú estás bien? —me preguntó.

Le dije que sí, que ya estaba pasando.

Podría haberle dicho la verdad: que me sentía como un mueble con carnet de conducir. Pero me habría dado vergüenza. Porque Mercedes no es mala persona. Es generosa con sus amigas, cuida a sus nietos, ha pasado años muy sola desde que enviudó. Y Álvaro trabaja una barbaridad repartiendo para una empresa de alimentación, con horarios que cambian cada semana. Sé todo eso.

Precisamente por saberlo, me enfada más no saber dónde poner lo mío.

La comida donde solté aquello fue por el cumpleaños de Álvaro. Estábamos en un restaurante de menú, cerca de la estación. Éramos nueve contando parejas, hijos y dos nietos que no pararon quietos ni un minuto. En un momento Mercedes dijo que tenía otra cita en el hospital y me miró directamente.

—Es el martes a las nueve y media. ¿Podrás?

Yo estaba intentando cortar un filete que parecía una suela.

—No sé, Merche. Tendré que mirar mis cosas.

Ella se rio un poco, como si fuera una broma.

—¿Tus cosas? Si tú no tienes nada apuntado nunca.

Hubo un silencio raro. Álvaro siguió dando de comer al pequeño, pero levantó los ojos. Su mujer se quedó con la copa en la mano.

Y yo, en vez de callarme, dije:

—Pues igual ese es el problema. Que para vosotros, como no tengo hijos ni trabajo, parece que no puedo tener nada.

Mercedes se puso colorada. Me dijo que no había querido decir eso. Yo sé que probablemente era verdad. Pero ya estaba lanzado.

—Solo os acordáis de mí cuando hace falta alguien. No cuando hace falta estar.

No grité. Casi habría preferido gritar. Lo dije bajo, y eso hizo que todos lo oyeran.

Álvaro me pidió que no montara “un drama” en medio de la comida. Esa frase fue lo que peor me sentó. Pagué mi parte, aunque él había dicho que invitaba, y me fui antes del café.

Después, Mercedes dejó de llamarme unos días. Luego me escribió lo del taxi. Desde entonces hablamos con más cuidado, como si cada mensaje tuviera que pasar una revisión antes de enviarlo.

El viernes pasado fui a comprar pan y me encontré a Álvaro en la frutería. Estuvimos hablando del tiempo, de lo cara que está la fruta, de que su nieta ha empezado a leer sola. Ninguno mencionó la comida. Al despedirnos me dio una palmada en el hombro y me dijo:

—A ver si quedamos un día, pero para tomar algo, sin encargos.

Le dije que sí.

No sé si lo haremos. Tampoco sé si, si quedamos, voy a ser capaz de no estar pendiente de si mira el móvil o de cuánto tarda en preguntarme por mí. Estoy intentando no convertir cada gesto en una prueba de algo.

Esta mañana Mercedes me ha mandado una foto de su informe. Solo ha puesto: “Todo bien, revisión en seis meses”. Le he contestado: “Me alegro mucho”.

He estado a punto de llamarla. Al final no lo he hecho todavía. He puesto una lavadora, he bajado a por el pan y esta tarde he quedado con los de la fábrica.

No es una gran decisión, ni mucho menos. Pero he apuntado el café en la agenda, aunque no tenga que llevar a nadie a ningún sitio.