Mi suegro entraba cada día en casa sin avisar… y mi marido insistía en que yo estaba exagerando
Mi suegro tiene llaves de casa desde que nació nuestro segundo hijo. Se las dimos porque yo tuve un parto complicado y Marcos, mi marido, se pasó aquellos días corriendo entre el hospital, el colegio de nuestro mayor y la farmacia. Su padre venía a echar una mano: nos subía pan, recogía a Dani alguna tarde, se quedaba con el bebé mientras yo me duchaba.
Entonces me parecía casi un alivio.
Ahora, cuatro años después, me arrepiento de no haber pedido las llaves de vuelta cuando aquello dejó de ser necesario. No porque crea que Rafael vaya a robarnos o hacer nada malo. Es peor de explicar: entra como si viviera aquí, pero sin asumir ni una mínima parte de lo que implica vivir con otras personas.
No llama al telefonillo. Abre directamente.
A veces oigo la cerradura mientras estoy en una reunión de trabajo, porque desde hace dos años teletrabajo tres días por semana para una asesoría. Otras veces aparece a las doce y media, justo cuando tengo media cocina desmontada y estoy intentando hacer lentejas para que nos duren dos comidas.
—Ya estás con las lentejas —dice, sin saludar apenas—. A los niños hay que darles más carne, que están creciendo.
Y después se sirve un plato. Generoso.
Rafael tiene setenta y cuatro años, está viudo desde hace seis. Vive a quince minutos andando, en el piso donde vivió con mi suegra. Tiene una pensión correcta, sus amigos del dominó, un bar debajo de casa y una hermana en Alcalá a la que llama todos los días. No está solo en el sentido literal. Pero desde que murió Carmen, mi suegra, se ha agarrado a Marcos de una manera que a mí me da pena y me agota a la vez.
Al principio venía dos o tres veces por semana. Luego empezó a pasar “un momentito” cada día. Ese momento casi nunca baja de dos horas.
La nevera se convirtió en un asunto absurdo, pero muy real. Yo hago compra grande los sábados, con lista. Miro ofertas, calculo cenas, dejo tuppers preparados porque entre el trabajo, el fútbol de Dani y las extraescolares de Lucía no me da la vida. Y el martes ya faltan los yogures, el queso, el fiambre que era para bocadillos y, si ha habido suerte, media bandeja de pollo asado.
Una vez abrí la nevera para hacer la cena y no había huevos. Había comprado doce el día anterior.
Llamé a Marcos, que estaba aún en la oficina.
—Tu padre se ha llevado seis huevos para hacerse tortilla, dice que los suyos estaban caducados.
—Pues compra más mañana, Bea.
Lo dijo cansado, como si estuviera pidiéndole que arreglara una gotera a las once de la noche.
—No es por los huevos.
—Ya, pero tampoco pasa nada.
Esa frase se me ha quedado atravesada. “No pasa nada”.
Porque sí pasaba. Pasaba que yo no podía sentarme en el sofá con un pantalón viejo sin estar pendiente de que Rafael apareciera. Pasaba que Lucía, con ocho años, empezó a preguntarme si el abuelo iba a cenar antes de que yo supiera qué íbamos a cenar nosotros. Pasaba que Dani, que tiene once y está en esa edad en que cualquier cosa le da vergüenza, dejó de invitar a amigos porque el abuelo se metía en su habitación a preguntarles por sus notas.
Y pasaba que Rafael opinaba de todo.
Que si Lucía no debería llevar el pelo tan largo porque luego se le meten piojos. Que si Dani necesitaba “menos pantallitas y más mano dura”. Que si yo tenía demasiadas plantas en el balcón. Que si Marcos llegaba cansado porque yo no organizaba bien las cosas en casa. Esto último lo dijo mientras yo estaba recogiendo los platos de una comida que él había decidido hacer en nuestra casa un domingo.
No grité. Creo que por eso tardó tanto en explotar todo. Yo iba tragando y luego se lo soltaba a Marcos por la noche, bajito para que no nos oyeran los niños.
Marcos siempre tenía una explicación. Que su padre era de otra generación. Que estaba triste. Que no sabía medir. Que desde que enviudó no tenía ilusión por nada. Que él era su único hijo y no podía dejarlo tirado.
Yo nunca le pedí que lo dejara tirado.
Le pedí que llamara antes de venir. Que no se llevara comida sin preguntar. Que no corrigiera a los niños delante de nosotros. Que no entrara en el despacho cuando yo estaba trabajando.
—Es que, si le dices todo eso junto, se lo va a tomar fatal.
—¿Y yo cómo me lo estoy tomando, Marcos?
Aquella conversación fue en el pasillo, una noche de marzo. Él se quedó mirando el suelo. Luego dijo que hablaba con él el fin de semana. No habló. O si lo hizo, desde luego no sirvió de nada.
El día que cambié el bombín no fue una escena de película. Fue un jueves por la mañana. Rafael había entrado mientras yo estaba conectada con una clienta y se puso a pasar la aspiradora en el salón porque, según él, había migas debajo de la mesa. La clienta lo oyó. Yo tuve que apagar la cámara y pedir disculpas.
Cuando terminó la reunión, fui al baño y me puse a llorar sin hacer ruido. Después llamé a un cerrajero que encontré por internet. Me gasté ciento treinta euros que no tenía previstos. Mientras el hombre trabajaba, yo sentía una culpa horrible, como si estuviera expulsando a un anciano de la calle.
Pero no era eso. Rafael tenía su casa. Nosotros también teníamos derecho a tener la nuestra.
Le mandé un mensaje a Marcos antes de que volviera: “He cambiado la cerradura. Tenemos que hablar esta noche. No quiero discutir por WhatsApp”.
Llegó serio. Ni siquiera se quitó el abrigo durante un rato.
—Mi padre me ha llamado. Estaba abajo.
—Lo sé.
—Bea, esto no se hace así.
—Yo llevo meses diciéndotelo así, de muchas maneras.
No recuerdo todo lo que dijimos. Recuerdo que él me llamó egoísta y luego se arrepintió casi al instante. Recuerdo que yo le dije que si él quería que su padre estuviera todos los días en casa, podía buscar otro sitio donde vivir los tres juntos, porque yo no podía más. Y recuerdo a Dani en el rellano, callado, aunque creíamos que estaba en su cuarto.
Eso fue lo peor.
Esa noche hablamos con los niños. No les contamos nuestras cosas, claro, pero les dijimos que el abuelo seguiría viniendo, solo que tendría que avisar y que habría días concretos para comer o merendar. Dani dijo: “Menos mal”. Lucía se echó a llorar porque pensó que ya no vería a su abuelo. Me sentí una persona horrible.
Al final acordamos que Rafael vendría los miércoles a comer y los domingos por la tarde, salvo que llamara antes y nosotros dijéramos que sí. Marcos fue a decírselo. Yo no estuve delante.
Durante dos semanas, Rafael no vino ni llamó. Marcos estaba enfadado conmigo, aunque intentaba disimularlo. Llegaba, cenaba y se ponía el móvil en la mano. Yo también me refugiaba en cualquier tontería: lavadoras, correos, los deberes de Lucía.
El tercer domingo Rafael apareció a la hora acordada. Llamó al telefonillo.
Fue una cosa pequeña, pero me quedé mirando el telefonillo como una tonta antes de abrir. Entró con una bolsa de rosquillas y no dijo nada sobre las llaves. Se sentó en el sofá. A los veinte minutos, cuando Dani cogió la tablet, Rafael empezó a decir algo sobre los niños de ahora y se frenó. Miró a Marcos. Marcos no dijo nada, pero tampoco le siguió la corriente.
No sé si esto se ha arreglado. La semana pasada Rafael llamó un martes porque “pasaba por allí” y quería subir. Le dije que no, que estaba trabajando. Hubo un silencio raro y después contestó: “Ah, bueno. Otro día”.
Colgué y me temblaban las manos igual que si hubiera hecho algo terrible.
Luego preparé la cena, revisé la mochila de Lucía y apunté huevos en la lista de la compra. Marcos llegó tarde. Me besó en la frente mientras yo cortaba calabacín, pero seguimos sin hablar de verdad de todo lo que ha pasado.
Supongo que tampoco se cambia una familia entera con una cerradura nueva.