Cuando mi suegra llegó, sólo su mal genio seguía intacto
—¿Así es como tienes la casa? —escupió Doña Rosa apenas cruzó el umbral, su voz retumbando en las paredes de mi pequeño departamento en el centro de Puebla. Sentí el calor subirme al rostro, pero apreté los labios. No era la primera vez que me juzgaba, ni sería la última.
Mi esposo, Julián, se limitó a mirar el piso. Siempre hacía lo mismo cuando su madre venía: se volvía invisible. Yo, en cambio, tenía que enfrentar sola el huracán de críticas y miradas de desprecio. Desde que me casé con Julián hace seis años, Doña Rosa nunca perdió oportunidad para recordarme que no era suficiente para su hijo.
—¿Y ese olor? ¿No sabes ventilar? —insistió, arrugando la nariz.
—Acabo de cocinar frijoles, Doña Rosa —respondí con voz suave, tratando de mantener la paz.
Ella bufó y dejó caer su bolso sobre el sillón como si fuera basura. Se sentó y comenzó a mirar alrededor con ojos de inspectora. Yo sentí cómo mi estómago se retorcía. Recordé la primera vez que la conocí: fue en una fiesta patronal en San Martín Texmelucan. Me miró de arriba abajo y preguntó si mis padres eran «gente decente». Desde entonces, supe que nunca me aceptaría.
Pero esta vez había algo distinto en ella. Caminaba más despacio, sus manos temblaban levemente cuando sacó un pañuelo del bolso. Sin embargo, su lengua seguía tan afilada como siempre.
—¿Y los niños? ¿No piensas tener hijos? Ya llevas años casada y nada… —dijo, lanzando la pregunta como un dardo venenoso.
Sentí que el aire se me iba. Julián y yo habíamos intentado tener hijos durante años, pero no lo habíamos logrado. Era una herida abierta que Doña Rosa no dudaba en hurgar cada vez que podía.
—Estamos en eso, Doña Rosa —respondió Julián por fin, con voz apagada.
Ella chasqueó la lengua y murmuró algo sobre «mujeres flojas» y «matrimonios estériles». Me mordí el labio para no llorar. No iba a darle ese gusto.
La tarde transcurrió entre comentarios pasivo-agresivos y silencios incómodos. Cuando llegó la hora de la cena, preparé mole poblano con arroz, su platillo favorito. Esperaba que eso suavizara su humor.
—¿Esto es mole? Mi hermana lo hace mejor —dijo tras probar una cucharada.
Julián me miró con ojos suplicantes: «Aguanta», parecían decirme. Pero yo ya estaba al límite.
Después de cenar, mientras lavaba los platos, escuché a Doña Rosa hablando por teléfono en voz baja:
—No sé cuánto tiempo más voy a aguantar aquí… Esta mujer no sirve para nada… Julián merece algo mejor…
Las palabras me atravesaron como cuchillos. Me apoyé en el fregadero y respiré hondo. ¿Por qué tenía que soportar esto? ¿Por qué Julián nunca me defendía?
Esa noche, mientras Julián dormía, salí al balcón y miré las luces de la ciudad. Recordé a mi madre diciéndome: «El matrimonio es cosa de dos, pero la familia política siempre mete su cuchara». ¿Hasta cuándo iba a dejar que Doña Rosa dictara mi vida?
Al día siguiente, noté que Doña Rosa se levantó tarde. La encontré sentada en la mesa del comedor, mirando una foto vieja de Julián cuando era niño.
—¿Le pasa algo? —pregunté con cautela.
Ella no respondió al principio. Luego suspiró profundamente.
—Me siento cansada… —admitió en voz baja—. A veces pienso que ya no tengo fuerzas para nada.
Por un momento vi a una mujer vulnerable, no a la bruja que siempre conocí. Pero enseguida volvió su máscara:
—Pero eso no significa que puedas relajarte. Hay mucho por hacer aquí.
Esa tarde recibimos una llamada del hospital: Don Ernesto, el esposo de Doña Rosa, había sufrido un infarto. Ella se desmoronó. Por primera vez vi lágrimas en sus ojos.
—¡Ayúdame! —me rogó—. No puedo sola…
La llevamos al hospital y pasamos horas en la sala de espera. Mientras Julián hablaba con los médicos, Doña Rosa me tomó la mano con fuerza.
—Perdóname… —susurró—. No sé cómo ser diferente… Así me criaron… Siempre tuve miedo de perder a mi hijo…
Sentí un nudo en la garganta. Por primera vez entendí que su crueldad venía del miedo y la soledad.
Don Ernesto sobrevivió, pero quedó muy débil. Doña Rosa tuvo que quedarse con nosotros varias semanas mientras él se recuperaba. Poco a poco, fui notando pequeños cambios: me pedía ayuda para cocinar, me preguntaba por mi trabajo, incluso me regaló una bufanda tejida por ella.
Pero su mal genio nunca desapareció del todo. A veces volvía a lanzar comentarios hirientes sin darse cuenta. Sin embargo, ahora yo podía ver más allá: veía a una mujer rota por las pérdidas y los miedos de una vida dura en el campo mexicano.
Una noche, mientras tomábamos café juntas en la cocina, Doña Rosa me miró fijamente:
—¿Tú crees que algún día puedas perdonarme?
No supe qué responderle. El resentimiento seguía ahí, pero también una nueva compasión.
Hoy Don Ernesto está mejor y Doña Rosa volvió a su casa en San Martín Texmelucan. La relación sigue siendo difícil, pero ahora sé que detrás de cada palabra dura hay una historia que no conozco del todo.
A veces me pregunto: ¿Cuántas familias viven atrapadas en círculos de resentimiento y miedo? ¿Cuándo aprenderemos a romperlos antes de que sea demasiado tarde?