¿Por qué siempre hay más para ella? – Mi lucha por justicia en la familia de mi esposo

—¿Otra vez le diste dinero a Mariana? —la pregunta salió de mi boca antes de poder detenerme, mientras veía a mi suegra guardar discretamente un sobre en el bolso de su hija.

El aire en la cocina se volvió denso. Mauricio, mi esposo, bajó la mirada y fingió estar ocupado con los jitomates. Don Ernesto, mi suegro, ni siquiera levantó la vista del periódico. Mariana, con su sonrisa de siempre, se limitó a encogerse de hombros y a mirar su celular.

Yo estaba ahí, con las manos aún húmedas de lavar los trastes después de la comida familiar del domingo. Habíamos llegado desde temprano para ayudar en el jardín y preparar todo. Como cada fin de semana, Mauricio y yo nos esforzamos por ser útiles: limpiamos la casa, arreglamos el gallinero, cosechamos limones y hasta pintamos la cerca. Pero al final del día, la recompensa siempre era la misma: un par de frascos de mermelada o salsas caseras para llevarnos a Guadalajara. Mientras tanto, Mariana recibía dinero, ropa nueva y hasta promesas de ayuda para pagar la renta.

—Ay, hija —dijo mi suegra, Doña Rosa—, tú sabes que Mariana está pasando por un momento difícil. No tiene quien la ayude más que nosotros.

—¿Y nosotros? —pregunté sin poder evitar que mi voz temblara—. ¿Acaso no venimos cada semana? ¿No dejamos nuestra vida en la ciudad para ayudar aquí?

Mauricio me miró con súplica en los ojos. Sabía que no debía seguir, pero ya era tarde. El resentimiento se había acumulado durante años y ahora salía como agua desbordada.

—No es lo mismo —intervino Mariana con voz dulce pero firme—. Yo soy madre soltera y apenas me alcanza para vivir. Ustedes tienen trabajo estable y una casa bonita.

Sentí una punzada en el pecho. No era mentira que Mariana tenía dificultades, pero tampoco era justo que todo el esfuerzo que hacíamos Mauricio y yo fuera invisible.

Esa noche, mientras regresábamos por la carretera oscura rumbo a la ciudad, el silencio entre nosotros era tan pesado como el aire antes de una tormenta. Mauricio apretaba el volante con fuerza.

—No debiste decir eso delante de todos —murmuró finalmente—. Mi mamá se sintió mal.

—¿Y yo? ¿Acaso alguien piensa en cómo me siento yo? —respondí con lágrimas contenidas—. Siempre somos los que damos y nunca recibimos nada más que reproches o indiferencia.

Mauricio no respondió. Sabía que tenía razón, pero también sabía que él estaba atrapado entre su familia y yo.

Las semanas siguientes fueron aún más difíciles. Cada vez que íbamos al pueblo, sentía las miradas incómodas de Doña Rosa y Don Ernesto. Mariana apenas me dirigía la palabra. Yo seguía ayudando en todo lo posible, pero ya no lo hacía con gusto; lo hacía por costumbre y por amor a Mauricio.

Un domingo cualquiera, mientras recogía huevos del gallinero con Don Ernesto, él rompió el silencio:

—No creas que no veo lo que haces por esta familia, Lucía —dijo sin mirarme directamente—. Pero aquí las cosas siempre han sido así. Mariana es la menor y Rosa siente que debe protegerla.

—¿Y quién me protege a mí? —pregunté casi en un susurro.

Don Ernesto suspiró y se encogió de hombros. «Así es la vida», parecía decirme con ese gesto resignado tan típico de los hombres mayores del campo.

Esa noche, después de cenar, Doña Rosa me llamó a la cocina mientras los demás veían la televisión.

—Lucía —empezó con voz suave—, sé que piensas que no te valoramos. Pero tienes que entender… Mariana siempre fue frágil. Tú eres fuerte, independiente. Por eso confiamos en que puedes salir adelante sin nuestra ayuda.

Me quedé callada. ¿Era eso un cumplido o una excusa para justificar el favoritismo?

—No quiero pelear más —le dije finalmente—. Pero tampoco quiero sentirme una extraña en esta familia.

Doña Rosa me miró con ojos cansados y asintió lentamente. No dijo nada más.

Al regresar a casa esa noche, Mauricio me abrazó fuerte.

—Perdón —susurró—. No sé cómo cambiar esto.

Yo tampoco lo sabía. Pero sí sabía que no podía seguir viviendo con esa herida abierta cada fin de semana.

Con el tiempo, empecé a poner límites: dejé de ir todos los domingos al pueblo; empecé a decir «no» cuando sentía que me pedían demasiado; busqué refugio en mis amigas y en mi propio hogar. Mauricio me apoyó, aunque le costó trabajo aceptar que su familia no era perfecta.

A veces todavía siento rabia cuando veo cómo tratan a Mariana como si fuera de cristal y a mí como si fuera invisible. Pero también he aprendido a valorar lo que tengo: un esposo que me ama y una vida construida con esfuerzo propio.

Me pregunto si alguna vez Doña Rosa entenderá cuánto duele sentirse siempre «la otra» en una familia que debería ser mía también. ¿Cuántas mujeres más viven esto en silencio? ¿Hasta cuándo vamos a aceptar que ser fuertes significa merecer menos cariño?