El precio del perdón: La historia de Tadeo y Marta en Monterrey
—¡No tienes vergüenza, Marta! —grité, con la voz quebrada y el corazón hecho trizas, mientras el eco de mis palabras rebotaba en las paredes frías de nuestra casa en San Pedro Garza García. Ella, temblando, apenas podía sostener la mirada. La lluvia golpeaba los ventanales como si quisiera limpiar la suciedad de esa noche.
—Tadeo, por favor… déjame explicarte —suplicó, con lágrimas corriéndole por las mejillas.
—¿Explicarme qué? ¿Cómo fue que decidiste traicionar veinte años de matrimonio por un capricho? —le respondí, sintiendo cómo el orgullo me ahogaba más que la rabia.
Nunca imaginé que mi vida, construida con tanto esfuerzo desde que llegué de Saltillo a Monterrey, se desmoronaría así. Yo, Tadeo Zúñiga, empresario exitoso, dueño de una constructora que levantó medio Valle Oriente, humillado en mi propia casa. El dinero nunca me faltó, pero esa noche entendí que hay cosas que ni todo el oro del mundo puede comprar.
Marta y yo nos conocimos en la universidad. Ella era la chica más alegre del salón de Derecho; yo, el forastero callado que soñaba con cambiar su destino. Nos casamos jóvenes, con la bendición de nuestras familias y la promesa de nunca fallarnos. Pero los años trajeron rutina, silencios incómodos y una distancia que ninguno quiso ver.
—¡No fue por amor! ¡Fue un error! —insistía Marta, aferrándose a mi brazo.
—¿Un error? ¿Y yo qué soy entonces? ¿Un trámite más en tu vida? —le solté, apartándome bruscamente.
Esa noche no dormí. Caminé por la casa vacía, viendo las fotos familiares: nuestros hijos, Sofía y Emiliano, sonriendo en la playa de Mazatlán; los cumpleaños llenos de primos y abuelos; los viajes a Guanajuato cuando apenas podíamos pagar un hotel modesto. Todo parecía tan lejano ahora.
Al amanecer, tomé una decisión. Llamé a mi abogado y le pedí que preparara todo para asegurarle a Marta una vida cómoda: un departamento en Cumbres Elite, una cuenta bancaria generosa y el coche que tanto quería. Pero también le dejé claro: no habría más contacto. Ni llamadas, ni mensajes, ni encuentros. Nada.
Cuando se lo comuniqué a Marta, su rostro palideció aún más.
—Tadeo… no me hagas esto. Por favor. Piensa en los niños…
—Ya están grandes. Saben cuidarse solos. Y tú… tú ya no eres parte de mi vida —le respondí con frialdad, aunque por dentro sentía que me desgarraba.
Sofía tenía 22 años y Emiliano 19. Ambos estudiaban en la universidad y vivían conmigo. Al principio no entendieron nada. Sofía me enfrentó una tarde:
—Papá, ¿de verdad vas a dejar de hablarle para siempre? Es nuestra mamá…
—Ella tomó sus decisiones. Ahora tiene que vivir con las consecuencias —le dije sin mirarla a los ojos.
Emiliano fue más duro:
—¿Y tú? ¿Nunca cometiste errores? ¿Por qué eres tan orgulloso?
No supe qué responderle. Me encerré en mi despacho y lloré como no lo hacía desde niño. El silencio se volvió mi único compañero.
Los meses pasaron. La casa se sentía cada vez más vacía. Sofía empezó a visitar a su mamá en el departamento nuevo; Emiliano se distanció de ambos. Yo me refugié en el trabajo: reuniones interminables, proyectos nuevos, cenas de negocios donde fingía ser el hombre fuerte e imperturbable que todos admiraban.
Pero las noches eran otra cosa. Me sentaba en el balcón con un tequila y veía las luces de Monterrey titilar a lo lejos. Recordaba los domingos familiares en el parque Fundidora, las peleas tontas por quién lavaba los platos, las risas compartidas viendo novelas mexicanas… ¿En qué momento dejamos de hablarnos? ¿Cuándo fue que Marta dejó de ser mi confidente para convertirse en una extraña?
Un día recibí una carta de Marta. No la abrí al principio; la dejé semanas sobre mi escritorio. Finalmente, una madrugada de insomnio, rompí el sobre:
“Tadeo,
Sé que no merezco tu perdón ni tu compasión. Solo quiero decirte que nunca dejé de amarte, aunque mis actos digan lo contrario. Me equivoqué porque me sentía sola, porque necesitaba sentirme viva otra vez. No busco excusas; solo quiero que sepas que siempre fuiste mi hogar.
Cuida a nuestros hijos y cuídate tú también.
Marta.”
Leí esas palabras una y otra vez. Sentí rabia, tristeza y una punzada de culpa. ¿Acaso yo también tuve parte de culpa? ¿La había dejado sola sin darme cuenta?
Las fiestas decembrinas llegaron y con ellas el peso de la soledad se hizo insoportable. Mis hermanos me invitaban a sus casas en Guadalupe o Apodaca; yo siempre encontraba pretextos para no ir. Sofía insistió en pasar Navidad juntos los cuatro, pero me negué rotundamente.
—No puedo, hija. No estoy listo —le dije.
—¿Y cuándo lo estarás? —me preguntó ella con los ojos llenos de lágrimas.
No supe qué contestar.
Una noche cualquiera, mientras veía llover sobre las montañas de la Sierra Madre, Emiliano llegó a casa borracho y furioso.
—¡Eres igual que tu papá! —me gritó antes de encerrarse en su cuarto.
Me quedé helado. ¿Era eso lo que estaba enseñando a mis hijos? ¿A cortar lazos cuando algo duele demasiado?
Pasaron los años y la herida nunca cerró del todo. Marta rehizo su vida; supe por Sofía que tenía un nuevo compañero, un profesor universitario llamado Julián. Al principio sentí celos y desprecio; después solo resignación.
Yo seguí solo. El dinero nunca faltó; los amigos tampoco. Pero nada llenó el hueco que dejó Marta ni el distanciamiento con mis hijos.
Hoy, sentado frente al ventanal mientras cae otra tormenta sobre Monterrey, me pregunto si hice lo correcto o si solo fui un cobarde disfrazado de hombre fuerte.
¿De verdad es posible vivir sin perdonar? ¿Vale más el orgullo que el amor compartido durante toda una vida?
¿Ustedes qué harían si estuvieran en mi lugar?