Cuatro años de silencio: La herida invisible entre mi madre y yo
—¿De verdad vas a dejarme sola por ese muchacho, Mariana? —La voz de mi madre retumbó en la cocina, mientras yo metía mis últimas cosas en una maleta vieja.
No respondí. Tenía veintidós años y el corazón repleto de sueños, pero también de miedo. Mi mamá, Rosa Elena, siempre fue dura, de esas mujeres que aprendieron a sobrevivir en la Ciudad de México a fuerza de carácter y sacrificio. Yo era su única hija, y desde que mi papá se fue cuando tenía diez años, ella me crió sola, entre jornadas dobles y regaños que dolían más que los golpes.
—No es por él, mamá. Es por mí —alcancé a decir, con la voz quebrada.
Ella bufó. —¿Por ti? ¿Y quién te crees para andar decidiendo sola? Aquí nadie se va sin mi permiso.
Pero yo ya había decidido. Me casé con Daniel, mi novio de la universidad. Apenas terminamos la carrera de psicología en la UNAM, nos lanzamos a rentar un departamentito en Iztapalapa. Era pequeño, con paredes descascaradas y una estufa que apenas servía, pero era nuestro refugio. Los dos trabajábamos en lo que salía: él en una librería del centro, yo dando clases particulares a niños del barrio.
El dinero no alcanzaba para lujos, pero nos bastaba con un café compartido y las risas en la azotea viendo el atardecer sobre los cerros. Sin embargo, cada vez que sonaba el teléfono y veía el nombre de mi mamá, sentía un nudo en el estómago. Sus llamadas eran reproches disfrazados de preocupación:
—¿Ya comiste? ¿O tu marido tampoco te da para eso?
—¿Cuándo vas a dejar esa vida de pobres y regresar a casa?
Al principio respondía con paciencia, pero poco a poco empecé a evitarla. Daniel me abrazaba cuando colgaba llorando.
—No tienes que cargar con todo eso sola —me decía.
Pero sí tenía que hacerlo. Porque en mi familia las mujeres no se van, no se casan jóvenes, no buscan su propio destino. Mi abuela murió amargada por un marido infiel; mi tía nunca se atrevió a irse de casa. Yo era la primera en romper el ciclo y eso dolía más de lo que imaginé.
El día que le dije a mi mamá que estaba embarazada, el silencio fue tan largo que pensé que se había cortado la llamada.
—¿Y ahora qué vas a hacer? —preguntó al fin, con voz fría.
—Ser feliz —respondí, aunque ni yo me lo creía.
No vino al nacimiento de mi hijo Emiliano. No preguntó si necesitaba algo. Solo mandó un mensaje seco: «Que Dios te ayude».
Pasaron los meses y el silencio se volvió costumbre. A veces me sorprendía mirando su foto en la sala y preguntándome si algún día volveríamos a hablar. Daniel insistía en que le llamara, pero yo sentía que cada intento era como abrir una herida vieja.
Un domingo cualquiera, mientras preparaba sopa para Emiliano, tocaron la puerta con fuerza. Era mi tía Lucía, la hermana menor de mi mamá.
—¿Qué haces aquí sola? —me preguntó sin rodeos—. Rosa Elena está enferma y ni siquiera te has dignado a preguntar.
Me quedé helada. Nadie me había dicho nada. La culpa me mordió el pecho, pero también la rabia: ¿por qué siempre tenía yo que dar el primer paso?
Esa noche no pude dormir. Recordé todas las veces que mi mamá me abrazó cuando era niña; cómo me defendió de los gritos de mi papá; cómo vendió su anillo para pagarme los libros de la prepa. Pero también recordé sus palabras duras, sus críticas constantes, su incapacidad para decir «te quiero» sin añadir un reproche.
Pasaron semanas antes de decidirme a ir al hospital donde estaba internada. Caminé por los pasillos fríos con Emiliano dormido en mis brazos. Cuando entré al cuarto, vi a mi mamá más pequeña y frágil de lo que recordaba.
—¿Qué haces aquí? —preguntó sin mirarme.
—Vine a verte —contesté bajito.
No hubo abrazo ni lágrimas. Solo un silencio espeso mientras Emiliano despertaba y la miraba curioso.
—¿Ese es tu hijo? —preguntó ella al fin.
Asentí. Se acercó despacio y le tocó la mejilla con torpeza.
—Se parece a ti cuando eras bebé —murmuró.
Quise decirle tantas cosas: que la extrañaba, que necesitaba su apoyo, que ser madre era más difícil de lo que imaginé. Pero las palabras se atoraron en mi garganta.
Me fui sin despedirme. Desde entonces han pasado cuatro años. No volví a buscarla ni ella a mí. A veces escucho su voz en mis sueños, regañándome o cantando una canción vieja mientras lavaba los trastes. Otras veces siento alivio por no tener que enfrentar sus juicios cada día.
La gente me pregunta si no me da vergüenza haberme distanciado así de mi madre. Pero yo sé lo que viví: sé lo duro que es romper cadenas invisibles; sé lo mucho que cuesta elegir tu propio camino cuando todo el mundo espera otra cosa de ti.
Hoy Emiliano tiene cinco años y pregunta por su abuela. Le digo que está lejos, pero que algún día quizás la vea. Daniel me abraza fuerte cuando me ve triste y me recuerda que no estoy sola.
A veces me pregunto si hice bien o mal; si algún día podré perdonar y ser perdonada; si es posible sanar una herida tan profunda sin volver a abrirla primero.
¿Ustedes qué harían? ¿Buscarían a alguien que solo sabe lastimar o seguirían adelante aunque duela? ¿Es posible ser feliz sin reconciliarse con el pasado?