¿Debo decirle la verdad?

—¿De verdad vas a dejar que esto siga así, mamá? —me preguntó Lucía, mi hija menor, con los ojos llenos de rabia y decepción.

Sentí el peso de su mirada como si fuera una piedra en el pecho. Afuera, el viento levantaba polvo en la calle de terracería y el sol caía a plomo sobre los tejados de lámina. En la cocina, el aroma del café se mezclaba con el sudor frío que me recorría la espalda. No podía contestarle. ¿Qué podía decirle? ¿Que prefería callar antes que romperle el corazón a alguien?

Me llamo Carmen Rodríguez y tengo 54 años. Vivo en un pueblo pequeño, de esos donde todos se conocen y los secretos no duran mucho. Mi hijo mayor, Diego, está comprometido con Mariana, una muchacha dulce, trabajadora, hija de Don Ernesto, el panadero del pueblo. Todos dicen que hacen una pareja hermosa, pero yo sé la verdad: Diego no la ama. Lo sé porque soy su madre y porque una madre siempre sabe cuándo su hijo sonríe de verdad y cuándo finge.

Todo comenzó hace seis meses, cuando Diego llegó a casa con Mariana tomada de la mano. Ella tenía esa sonrisa tímida y los ojos brillantes de quien cree haber encontrado el amor de su vida. Diego apenas la miraba. Yo lo noté desde el principio, pero me callé. Pensé que quizá era cosa de tiempo, que el cariño crecería. Pero no fue así.

Una noche, mientras lavaba los trastes, escuché a Diego hablando por teléfono en el patio:

—No sé qué hacer, hermano… Siento que me estoy ahogando. Mariana es buena, pero yo… yo no la amo.

Me quedé helada. Sentí que el agua caliente me quemaba las manos. Quise salir corriendo y abrazarlo, decirle que no tenía que casarse si no quería, pero me quedé quieta. Al día siguiente, Mariana vino a ayudarme a preparar tamales para la fiesta patronal. Me contó cómo Diego le había pedido matrimonio junto al río y cómo soñaba con tener hijos y una casa llena de risas.

—¿Usted cree que Diego me quiera de verdad, doña Carmen? —me preguntó de pronto, con esa voz suave que casi se rompe.

No supe qué contestar. Le sonreí y le dije que claro que sí, que Diego era un buen hombre y que la haría feliz. Pero por dentro sentí que traicionaba a las dos: a Mariana por mentirle y a Diego por no defenderlo.

Las semanas pasaron y la boda se fue acercando. Mi esposo, Don Manuel, estaba feliz. Decía que por fin veríamos nietos correteando por el patio. Lucía, en cambio, veía todo con desconfianza. Una tarde me encontró llorando en la recámara.

—Mamá, tienes que decirle la verdad a Mariana —me dijo—. No es justo para ella ni para Diego.

—¿Y si se lo digo y todo se viene abajo? ¿Y si Diego me odia? —le respondí entre sollozos.

—¿Y si no se lo dices y los dos terminan siendo infelices? —me replicó.

Esa noche no dormí. Pensé en mi propia boda, hace más de treinta años. Yo sí amaba a Manuel, pero él tardó años en corresponderme de verdad. ¿Quería eso para mi hijo? ¿Quería eso para Mariana?

Al día siguiente fui a la iglesia a rezar. Me senté frente al altar vacío y le pedí a la Virgen que me diera fuerzas para hacer lo correcto. Cuando salí, me encontré con Don Ernesto.

—Doña Carmen, ¿cómo ve todo esto? Mi Mariana está tan ilusionada…

Sentí un nudo en la garganta. No pude decirle nada. Solo asentí y me fui caminando despacio a casa.

Esa tarde Diego llegó temprano del trabajo. Se sentó conmigo en la cocina y me miró como cuando era niño y tenía miedo de confesarme algo.

—Mamá… no sé si estoy haciendo lo correcto —me dijo en voz baja—. No quiero lastimar a Mariana ni decepcionar a papá… pero siento que estoy viviendo una mentira.

Le tomé la mano y sentí su temblor.

—Hijo, nadie puede obligarte a amar —le susurré—. Pero tienes que ser honesto contigo mismo y con ella.

Diego bajó la cabeza y se quedó callado mucho rato. Después se levantó y salió sin decir palabra.

Esa noche Mariana vino a buscarlo. La vi desde la ventana: estaba parada bajo el farol, esperando con paciencia. Cuando Diego salió, ella le sonrió y le tomó la mano. No escuché lo que hablaron, pero vi cómo Mariana empezó a llorar y luego abrazó a Diego con fuerza antes de irse corriendo calle abajo.

Diego entró a la casa pálido como un fantasma.

—Le dije la verdad —me dijo apenas—. Le dije que no podía casarme con ella porque no la amaba.

Lo abracé fuerte mientras él lloraba como cuando era niño. Sentí alivio y tristeza al mismo tiempo.

Al día siguiente todo el pueblo hablaba del tema. Algunos me miraban con lástima; otros con enojo. Don Ernesto vino a buscarme:

—¿Por qué no me dijo nada, doña Carmen? —me reclamó—. Yo confiaba en usted…

No supe qué contestarle. Solo pude pedirle perdón.

Han pasado dos semanas desde entonces. Mariana ya no viene por el pan ni pasa frente a mi casa. Diego está triste pero dice sentirse más libre. Lucía me abraza cada vez que puede y Manuel apenas me habla; dice que arruiné todo por meterme donde no debía.

A veces me pregunto si hice bien o mal al guardar silencio tanto tiempo. ¿Es mejor una verdad dolorosa o una mentira piadosa? ¿Cuántas madres han callado por miedo a destruir lo que aman?

¿Ustedes qué habrían hecho en mi lugar? ¿Vale más proteger a un hijo o ser honesta con quien confía en ti?