Hambre según el reloj: por qué huyo de la casa de mi suegra
—¡Ya son las seis y cuarto, Mariana! ¿Por qué no has puesto la mesa? Aquí no estamos en tu casa, aquí hay reglas—. La voz de doña Rosa retumbó en la cocina, cortando el aire como un machete en caña dulce. Yo, con la cuchara aún en la mano y el estómago gruñendo, sentí cómo la vergüenza me subía por las mejillas. Mi esposo, Andrés, ni siquiera levantó la vista del celular.
Nunca pensé que terminaría viviendo bajo el mismo techo que mi suegra. Cuando Andrés perdió el trabajo en la fábrica de autopartes en San Luis Potosí, no tuvimos otra opción. «Es temporal, amor», me prometió él, pero ya llevamos ocho meses aquí y cada día siento que me ahogo un poco más.
En casa de doña Rosa todo tiene horario: el desayuno a las siete, la comida a las dos, la cena a las ocho. Si llegas tarde, te quedas sin comer. Así lo aprendí el primer domingo, cuando me entretuve lavando ropa y bajé a la cocina a las dos y media. «Aquí nadie es sirvienta de nadie», me dijo ella, mientras guardaba el arroz y el guisado en el refrigerador. Me quedé mirando los platos limpios y sentí un hueco en el estómago que no era solo hambre, era humillación.
Mi hija Sofía, de seis años, también lo resiente. «Mami, ¿por qué la abuela no me deja comer galletas?», me pregunta bajito, como si tuviera miedo de que la escuchen. Yo le acaricio el cabello y le invento una excusa: «Es para que tengas hambre para la comida». Pero sé que no es solo eso; es control, es marcar territorio.
Las noches son peores. Andrés y yo dormimos en el cuarto donde él creció, con las paredes llenas de pósters viejos de fútbol y el colchón hundido en el centro. A veces discutimos en susurros para que nadie escuche. «¿Por qué no le dices algo a tu mamá?», le reclamo. Él suspira y me responde lo mismo de siempre: «No quiero problemas, Mariana. Es su casa».
Pero yo ya no aguanto más. Siento que cada día pierdo un pedazo de mí misma. Antes tenía mi trabajo en la papelería del centro, mis amigas, mi rutina. Ahora todo gira alrededor del reloj de doña Rosa: si quiero salir a comprar algo, tengo que avisar; si quiero cocinar algo diferente, tengo que pedir permiso; si quiero llorar, tengo que hacerlo en silencio.
Una tarde, mientras lavaba los trastes, escuché a doña Rosa hablando por teléfono con su hermana:
—Esta muchacha no sabe ni llevar una casa. Si no fuera por mí, esos niños estarían desnutridos—.
Sentí rabia y tristeza al mismo tiempo. ¿Cómo puede decir eso? Yo hago lo que puedo con lo poco que tenemos. Pero aquí nada es suficiente.
El colmo llegó un viernes por la noche. Sofía tenía fiebre y yo quería prepararle un té de manzanilla. Busqué en la alacena y encontré una caja casi vacía. Cuando le pedí a doña Rosa si podía usarla, me miró con desdén:
—Eso es para cuando yo me siento mal. Si quieres darle algo a tu hija, dale agua caliente—.
Esa noche lloré abrazada a Sofía mientras Andrés dormía profundamente. Sentí una soledad tan grande que pensé en salir corriendo en plena madrugada.
Al día siguiente, llamé a mi mamá en Veracruz. Le conté todo entre sollozos. Ella me escuchó en silencio y luego me dijo:
—Hija, nadie merece vivir así. Si no puedes volver acá, busca aunque sea un cuartito para ustedes tres. La dignidad vale más que cualquier techo prestado—.
Esa frase me quedó retumbando en la cabeza todo el día. Empecé a buscar trabajo otra vez, aunque fuera vendiendo dulces afuera de la escuela o limpiando casas. Cualquier cosa para salir de aquí.
Un domingo por la tarde, mientras todos veían la telenovela en la sala, me acerqué a Andrés:
—Necesito hablar contigo—le dije seria—. No puedo seguir viviendo así. No soy feliz aquí y Sofía tampoco.
Él me miró sorprendido:
—¿Y qué quieres que haga? No tengo trabajo todavía.
—No sé… pero prefiero vivir en un cuarto pequeño contigo y con Sofía antes que seguir aquí sintiéndome una extraña—.
Andrés se quedó callado mucho rato. Al final solo dijo:
—Déjame pensarlo—.
Esa noche apenas dormí. Al día siguiente salí temprano a buscar trabajo y encontré un anuncio pegado en una tienda: «Se busca ayudante general». Entré sin pensarlo dos veces y hablé con la dueña, doña Carmen.
—¿Sabes limpiar y atender clientes?—me preguntó.
—Sí, señora. Aprendo rápido—le respondí con voz temblorosa.
Me dio una oportunidad para empezar al día siguiente. Cuando llegué a casa esa tarde y le conté a Andrés, él solo asintió:
—Haz lo que tengas que hacer—me dijo sin mirarme.
Esa noche sentí una mezcla de miedo y esperanza. Por primera vez en meses sentí que tenía un poco de control sobre mi vida.
Los días siguientes fueron duros pero diferentes. Salía temprano con Sofía y regresaba cansada pero satisfecha. Doña Rosa empezó a hacer comentarios sarcásticos:
—Ahora sí tienes tiempo para trabajar pero no para ayudar aquí—me decía cada vez que podía.
Yo solo apretaba los dientes y seguía adelante.
Un viernes por la tarde, después de cobrar mi primera semana de trabajo, pasé por una vecindad donde vi un letrero: «Se renta cuarto con baño propio». Llamé al número y hablé con don Ernesto, el dueño.
—¿Tienes hijos?—me preguntó.
—Sí, uno pequeño—le respondí nerviosa.
—Bueno, si eres responsable y pagas puntual no hay problema—me dijo amablemente.
Sentí una alegría inmensa al saber que por fin había una salida.
Esa noche hablé con Andrés otra vez:
—Encontré un cuarto donde podemos vivir los tres. No es grande pero es nuestro espacio… ¿Vienes conmigo?
Él se quedó callado mucho tiempo. Al final solo dijo:
—Dame unos días para pensarlo—.
No sé qué va a decidir Andrés. Pero yo ya tomé mi decisión: no voy a dejar que nadie decida por mí ni por mi hija nunca más.
A veces me pregunto: ¿Cuántas mujeres como yo viven atrapadas entre paredes ajenas por miedo o necesidad? ¿Cuándo aprenderemos a elegirnos primero? ¿Ustedes qué harían en mi lugar?