Odio sin fronteras: La tormenta que llevamos dentro

—¡No vuelvas a cruzar esa puerta, Tomás! —gritó mi madre, con la voz quebrada por la rabia y el dolor.

Aún siento el eco de esas palabras cada vez que cierro los ojos. Hoy, mientras caminaba bajo el cielo encapotado de Medellín, con el aire cargado de humedad y la ciudad preparándose para la tormenta, pensé en todo lo que nos llevó a ese punto. Mi auto estaba en el taller, así que no tuve más remedio que enfrentarme a mis pensamientos y a la ciudad a pie. Cada paso era un recordatorio de lo lejos que estaba de casa, aunque solo fueran unas cuadras.

El primer trueno retumbó cuando pasaba frente a la panadería de doña Rosa. Me detuve un segundo, viendo cómo los clientes se apuraban a comprar pan antes de la lluvia. Recordé entonces la última vez que mi hermano Julián y yo compartimos una comida en familia. Fue hace casi dos años, en la Navidad en la que todo se rompió.

—¿Por qué siempre tienes que estar en contra de todo? —le dije esa noche, mientras mi madre intentaba mediar entre nosotros.

—Porque tú siempre crees que tienes la razón —me respondió Julián, con esa mirada desafiante que heredó de papá.

La discusión subió de tono. Los gritos taparon los villancicos y los abrazos se convirtieron en puños cerrados sobre la mesa. Mi madre lloraba en silencio, mi padre miraba al suelo. Nadie ganó esa pelea. Solo perdimos todos.

Desde entonces, el odio se instaló en casa como una sombra. Mi madre dejó de hablarme por semanas. Julián se fue a vivir con una tía en Envigado y yo me refugié en el trabajo, evitando cualquier excusa para volver temprano. El silencio era más cómodo que enfrentar lo que habíamos hecho.

Hoy, mientras las primeras gotas caían sobre mi camisa, pensé en llamar a Julián. Saqué el celular del bolsillo pero no marqué su número. ¿Qué le diría? ¿Que lo extraño? ¿Que me duele este vacío?

La lluvia arreció y corrí a refugiarme bajo el toldo de una tienda. Allí estaba don Ernesto, el vecino que siempre me pregunta por mi familia.

—¿Y cómo están en casa? —me preguntó, con esa sonrisa amable que esconde más curiosidad que afecto.

—Bien, don Ernesto… todos bien —mentí, sintiendo un nudo en la garganta.

Él asintió y siguió con su cigarrillo. Yo miré la calle inundada y pensé en mi madre, sola en la casa grande, esperando quizás una llamada mía o de Julián. Pensé en papá, que nunca supo cómo mediar entre nosotros y terminó resignado a vernos distanciados.

La tormenta era ahora un diluvio. Decidí seguir caminando bajo la lluvia. Cada gota era como un reproche, un recordatorio de todo lo que no he dicho ni hecho para sanar esta herida. ¿Por qué es tan difícil pedir perdón? ¿Por qué nos aferramos al orgullo cuando lo único que queremos es volver a abrazar a los nuestros?

Al llegar a casa, empapado y temblando, encontré a mi madre sentada en la sala, mirando por la ventana.

—Pensé que no ibas a llegar —dijo sin mirarme.

—El auto sigue en el taller —respondí, quitándome los zapatos mojados.

El silencio se instaló entre nosotros como un tercer invitado incómodo. Quise decirle tantas cosas: que la extraño, que me duele verla triste, que odio este odio que nos separa… pero las palabras se quedaron atoradas en mi pecho.

—¿Has sabido algo de Julián? —pregunté finalmente.

Ella negó con la cabeza y sus ojos se llenaron de lágrimas.

—No sé cómo llegamos a esto —susurró—. Éramos una familia feliz…

Me senté a su lado y tomé su mano. Por primera vez en mucho tiempo sentí que podía llorar sin vergüenza. Lloramos juntos por todo lo perdido: los domingos de paseo al río Medellín, las risas en la cocina mientras hacíamos arepas, las noches de fútbol viendo al Nacional…

—Mamá… —empecé a decirle—. ¿Y si intentamos hablar con Julián? ¿Y si dejamos atrás todo esto?

Ella me miró con esperanza y miedo al mismo tiempo.

—¿Y si no quiere volver? —preguntó.

—Al menos sabrá que lo intentamos —le respondí.

Esa noche escribí un mensaje a Julián. Me tomó media hora encontrar las palabras adecuadas:

“Julián, sé que han pasado muchas cosas y que te fallé como hermano. Pero te extraño y quisiera verte. Mamá también. Si puedes, llámanos.”

No dormí bien esperando su respuesta. Al día siguiente, mientras desayunaba con mamá —algo que no hacíamos desde hacía meses— sonó mi celular. Era Julián.

—Hola Tomás…

Su voz sonaba cansada pero menos fría de lo que temía.

—Hola hermano…

Ninguno supo qué decir durante unos segundos eternos.

—¿Cómo está mamá? —preguntó él finalmente.

—Aquí conmigo… quiere hablar contigo —le dije, pasándole el teléfono con manos temblorosas.

Vi cómo los ojos de mi madre se llenaban de lágrimas otra vez, pero esta vez eran diferentes: lágrimas de alivio, de esperanza.

Esa tarde Julián vino a casa. Nos abrazamos los tres como si quisiéramos borrar todo el tiempo perdido. Hablamos durante horas: de nuestros errores, del dolor acumulado, del miedo a perderlo todo por orgullo.

No fue fácil ni perfecto. Todavía hay heridas abiertas y palabras pendientes. Pero esa noche sentí que la tormenta había pasado y que podíamos empezar de nuevo.

Ahora entiendo que el odio no tiene fronteras ni límites si lo dejamos crecer dentro de nosotros. Pero también sé que el amor puede ser más fuerte si nos atrevemos a dar el primer paso.

¿Hasta cuándo vamos a dejar que el orgullo destruya lo que más amamos? ¿Cuántas familias más tienen que romperse antes de aprender a perdonar?