Mi madre, mi herida: ¿Dónde termina la sangre y comienza el perdón?
—¿Por qué me haces esto, mamá? —grité, con la voz quebrada y los ojos llenos de lágrimas, mientras veía cómo cerraba la puerta de la casa de mi abuela detrás de mí. Tenía once años y el mundo se me venía abajo. Mi madre, Lucía, no volteó. Solo escuché el motor del taxi arrancar y su figura alejándose por la ventana.
Mi abuela Rosa me abrazó fuerte esa noche. «No llores, hija, aquí tienes tu casa», me susurró, pero yo sentía que mi hogar se había ido con mi madre. En el fondo sabía la razón: su nuevo esposo, Ernesto, nunca me quiso cerca. «Ese niño no es mi problema», le escuché decir una vez. Y mi madre eligió. No a mí.
Crecí en un barrio humilde de Medellín, entre los olores de café recién hecho y el bullicio de las vecinas chismosas. Mi abuela era todo lo que tenía: su cariño era sencillo pero incondicional. A veces, cuando llegaba la Navidad y veía a mis amigos con sus madres, sentía un hueco en el pecho. «¿Por qué yo no?», me preguntaba cada vez que veía a Lucía pasar por la calle sin mirarme.
Los años pasaron y aprendí a endurecerme. Me hice fuerte para no llorar cada vez que la veía de lejos o cuando escuchaba a Ernesto gritarle en la tienda del barrio. Mi abuela siempre decía: «El rencor no te deja crecer, mijo». Pero yo no podía evitarlo. ¿Cómo se perdona a quien te abandona?
Cuando cumplí diecisiete, mi abuela enfermó. Fueron meses duros: hospitales públicos llenos, medicamentos caros y noches enteras sin dormir. Lucía nunca apareció. El día que Rosa murió, sentí que una parte de mí se apagaba para siempre. Me quedé solo en el mundo, pero aprendí a sobrevivir: trabajé en una panadería, estudié en las noches y logré sacar adelante una vida sencilla pero digna.
Años después, cuando ya tenía mi propio apartamento —pequeño pero mío— y un trabajo estable como contador en una empresa local, una tarde cualquiera escuché golpes en la puerta. Abrí y ahí estaba ella: Lucía, mi madre, con la ropa sucia y los ojos hinchados.
—Hijo… —dijo con voz temblorosa— ¿Puedo pasar?
Me quedé paralizado. Era como si el tiempo se hubiera detenido. Vi en su rostro las huellas de los años y del sufrimiento. Supe que Ernesto la había dejado por otra mujer y que ahora estaba sola, sin casa ni familia.
—¿Por qué vienes ahora? —pregunté, sintiendo cómo el resentimiento me quemaba por dentro.
—No tengo a dónde ir… —susurró— Solo te tengo a ti.
La dejé pasar por inercia. Se sentó en el sofá y empezó a llorar en silencio. Yo no sabía qué hacer: una parte de mí quería abrazarla, otra quería gritarle todo lo que había guardado durante años.
Esa noche casi no dormí. Recordé todas las veces que esperé su abrazo, sus palabras de consuelo… y solo encontré vacío. Pero también recordé las palabras de mi abuela: «El perdón es para el alma, no para el otro».
Los días siguientes fueron incómodos. Lucía apenas hablaba; yo tampoco. La tensión llenaba el aire como una tormenta a punto de estallar. Una tarde, mientras preparaba café, se acercó tímidamente.
—Sé que no merezco tu ayuda —dijo—. Sé que te fallé como madre… Pero estoy cansada de huir de mis errores.
La miré a los ojos por primera vez en años. Vi miedo, arrepentimiento y una tristeza profunda.
—¿Por qué me dejaste? —pregunté al fin, con la voz rota.
Lucía se cubrió el rostro con las manos y lloró como una niña.
—Tenía miedo… Pensé que Ernesto me daría una vida mejor… Pero él nunca te aceptó y yo fui cobarde. No supe defenderte… No supe ser madre.
Sentí rabia, pero también compasión. Me di cuenta de que ella también era víctima de sus propias decisiones y miedos. No justifico lo que hizo, pero por primera vez vi a la mujer detrás de la madre ausente.
Pasaron semanas antes de poder hablar sin reproches ni lágrimas. Poco a poco fuimos reconstruyendo algo parecido a una relación. No fue fácil: el pasado pesa y las heridas no sanan de un día para otro.
Un domingo cualquiera, mientras desayunábamos arepas con queso y chocolate caliente, Lucía me miró con ternura.
—Gracias por dejarme estar aquí… No sé si algún día puedas perdonarme —dijo.
No respondí enseguida. Miré por la ventana y vi a unos niños jugando en la calle, riendo como yo nunca pude hacerlo con ella.
—No sé si puedo perdonarte todavía —admití— Pero quiero intentarlo… Por mí, por lo que soy ahora…
Ella sonrió entre lágrimas y me tomó la mano.
Hoy sigo luchando con mis sentimientos. Hay días en los que quisiera abrazarla y otros en los que el dolor vuelve como un fantasma del pasado. Pero he aprendido que el perdón no es un acto único; es un proceso lento y doloroso.
A veces me pregunto: ¿Hasta dónde llega nuestra responsabilidad como hijos? ¿Es posible sanar lo que parece irremediable? ¿Ustedes podrían perdonar algo así? ¿O hay heridas que nunca cierran?