El bumerán de la vida: entre la traición y el regreso
—¿Así que esto es lo que valgo para ti, Julián? —grité, con la voz quebrada y los ojos llenos de lágrimas, mientras sostenía el celular con la foto que me había enviado Lucía. La imagen era clara: Julián, mi esposo desde hace seis años, abrazando a otra mujer en la terraza de un bar en Palermo. No era la primera vez que sospechaba, pero sí la primera vez que tenía pruebas.
Él no dijo nada. Solo bajó la cabeza y se quedó sentado en el borde de la cama, como si el peso de sus actos lo aplastara. Afuera, Buenos Aires seguía rugiendo con su tráfico y su gente apurada, pero en nuestro pequeño departamento solo existía el silencio y el eco de mi dolor.
Nunca quise casarme por amor. Lo hice porque necesitaba quedarme en la ciudad, lejos de ese pueblo chaqueño donde todos sabían mi nombre y el de mis padres. Quería escapar de los chismes, de las miradas inquisidoras de las vecinas, de los domingos eternos en la plaza principal. Julián fue mi boleto de salida. Él era amable, trabajador y parecía quererme lo suficiente como para ofrecerme una vida tranquila. Pero nunca hubo pasión, ni esa complicidad que veía en las parejas de mis amigas.
—No sé qué decirte, Sofía —susurró Julián finalmente—. No quería lastimarte.
—Pero lo hiciste —respondí, sintiendo cómo la rabia se mezclaba con una tristeza profunda—. ¿Quién es ella?
—Es… es Verónica. Una compañera del trabajo. Todo empezó después de que vos te fuiste a Resistencia por lo de tu mamá.
Recordé ese viaje. Mi mamá había tenido una recaída con su diabetes y yo volví al pueblo por dos semanas. Julián se quedó solo en Buenos Aires. Siempre pensé que podía confiar en él, aunque nunca me animé a confiarle mis propios secretos.
Esa noche no dormí. Me quedé mirando el techo, repasando cada momento de nuestra relación: las cenas silenciosas, los cumpleaños sin emoción, las peleas por tonterías. Me di cuenta de que yo también tenía culpa. Nunca le di mi corazón a Julián; solo le di mi presencia.
Al día siguiente, llamé a Lucía para contarle todo.
—Amiga, ¿y ahora qué vas a hacer? —me preguntó preocupada.
—No sé… No quiero volver al pueblo. No quiero ser «la que fracasó en la ciudad».
—Pero tampoco podés seguir así —insistió—. Tenés que pensar en vos.
Pasaron los días y Julián se fue a dormir al sillón. Apenas cruzábamos palabra. Yo iba al trabajo en el microcentro como un autómata y volvía a casa solo para encerrarme en mi cuarto. Empecé a preguntarme si realmente había escapado del pueblo o si simplemente había cambiado una jaula por otra.
Una tarde recibí un mensaje inesperado: era de Martín, mi exnovio del secundario. «Sofi, me enteré por mi hermana que estás mal. Si necesitás hablar, estoy acá». Dudé en responderle, pero la soledad pudo más.
Nos encontramos en un café cerca del Obelisco. Martín seguía igual: sonrisa franca, mirada cálida, esa forma de escuchar como si nada más importara.
—¿Por qué te fuiste así de Resistencia? —me preguntó después de un rato.
—Porque sentía que me ahogaba —le confesé—. Quería ser alguien más, vivir algo distinto.
—¿Y lo lograste?
No supe qué decirle. Me di cuenta de que había pasado años huyendo de mí misma.
Martín me tomó la mano y sentí una chispa olvidada.
—Sofi… yo nunca dejé de pensar en vos —dijo bajito—. Si alguna vez querés volver, sabés dónde encontrarme.
Esa noche volví a casa con el corazón revuelto. Julián estaba sentado en la cocina, tomando mate solo.
—¿Te vas a ir? —preguntó sin mirarme.
—No lo sé —respondí sinceramente—. Pero tampoco puedo quedarme así.
Él asintió y se levantó para irse al cuarto. Por primera vez sentí lástima por él… y por mí misma.
Los días siguientes fueron una mezcla de recuerdos y dudas. Pensé en mi mamá sola en el pueblo, en mi papá trabajando hasta tarde en la estación de servicio, en mis amigas que se casaron jóvenes y ahora tenían hijos y casas modestas pero llenas de risas. Pensé en lo que había perdido por querer ser «alguien más».
Finalmente tomé una decisión: pedí licencia en el trabajo y compré un pasaje a Resistencia. Cuando llegué, mi mamá me abrazó tan fuerte que casi no podía respirar.
—Te extrañé tanto, hija —me dijo entre lágrimas—. Acá siempre vas a tener un lugar.
Esa noche salí a caminar por las calles polvorientas del barrio donde crecí. Todo seguía igual: los chicos jugando a la pelota en la vereda, las vecinas chusmeando desde las ventanas, el olor a pan recién horneado saliendo de la panadería de Don Ernesto.
Me encontré con Martín en la plaza central. Nos sentamos bajo el viejo lapacho rosado y hablamos hasta que salió el sol.
—¿Y ahora qué vas a hacer? —me preguntó suavemente.
—No lo sé —le respondí—. Pero por primera vez siento que puedo elegir sin miedo.
La vida me enseñó que todo vuelve: los errores, las decisiones apresuradas, incluso los amores del pasado. Ahora sé que no se puede huir para siempre ni esconderse detrás de una fachada perfecta. El bumerán siempre regresa… pero esta vez estoy lista para atraparlo con las manos abiertas.
¿Ustedes creen que uno puede empezar de nuevo después de tanto dolor? ¿O estamos condenados a repetir nuestros errores una y otra vez?