La cosecha amarga: el verano en que mi hija me echó de la parcela
—¡Mamá, ya basta! —La voz de Camila retumbó entre los manzanos, cortando el aire cálido del mediodía como un machete. Me quedé quieta, con la mano extendida hacia una manzana madura, el corazón golpeando fuerte en el pecho. El sudor me corría por la frente y sentí cómo el dolor en la espalda se mezclaba con algo más punzante: el miedo.
No era la primera vez que discutíamos, pero nunca la había visto tan decidida. La parcela, ese pedazo de tierra que mi difunto esposo y yo habíamos comprado hace treinta años en las afueras de Mendoza, era mi refugio, mi orgullo y mi herencia para ella. Allí crecieron mis hijos, allí aprendí a amar la tierra y a sobrevivir a las sequías y las heladas. Allí, entre ciruelos y nogales, enterré mis lágrimas cuando murió mi marido.
—¿Qué decís, Camila? —pregunté, fingiendo no entender. Pero lo entendía todo. Desde que su esposo, Julián, perdió el trabajo en la fábrica y ella empezó a venir más seguido con sus hijos, sentí que algo cambiaba. Ya no era bienvenida como antes. Las risas de mis nietos se apagaban cuando yo entraba a la cocina. Julián apenas me saludaba. Y Camila… Camila tenía esa mirada dura que nunca le conocí.
—Mamá, necesitamos la parcela para nosotros —dijo, cruzando los brazos—. Vos ya no podés con esto. Mirate: te duele la espalda, te cuesta caminar…
Me mordí los labios para no llorar. ¿Acaso no era yo la que levantaba cada mañana a las seis para regar los tomates? ¿No era yo la que hacía las conservas que tanto le gustaban a Julián? ¿No era yo la que cuidaba a los chicos cuando ellos salían a buscar trabajo?
—Camila, esta tierra es mía —susurré—. La compramos con tu papá cuando vos eras una nena…
—¡Pero ahora es nuestra! —me interrumpió—. Vos misma dijiste que algún día sería para mí. Ese día llegó.
Sentí que el mundo se me venía abajo. Miré alrededor: el sauce donde colgaba la hamaca de Camila cuando era chica; el gallinero que construimos con mis propias manos; el banco bajo el limonero donde solía sentarme a leerle cuentos a mis nietos. Todo eso… ¿ya no era mío?
Esa noche no dormí. Escuché a Julián y Camila discutir en voz baja en la cocina:
—No podemos seguir así —decía él—. Tu mamá no entiende que necesitamos este lugar.
—Es mi mamá…
—¿Y qué? ¿Vas a dejar que nos arruine la vida?
Me tapé los oídos y lloré en silencio. Pensé en irme sin hacer ruido al amanecer, pero algo dentro mío se rebeló. ¿Por qué tenía que irme? ¿Por qué mi propia hija me echaba del único lugar donde me sentía viva?
Al día siguiente, Camila fue directa:
—Mamá, tenés que irte hoy. Julián consiguió un trabajo en el pueblo y vamos a mudarnos acá con los chicos.
Me temblaron las manos mientras guardaba mis cosas en una valija vieja. Cada prenda era un recuerdo: el delantal azul con manchas de mermelada; el pañuelo bordado por mi madre; una foto de mi esposo sonriendo bajo el sol de la vendimia. Cuando terminé, miré por última vez la casa: las cortinas floreadas, el aroma a pan casero, los juguetes tirados en el patio.
—¿A dónde voy a ir? —pregunté, con voz apenas audible.
Camila no respondió. Bajó la mirada y apretó los labios.
Salí al camino de tierra arrastrando la valija. Los vecinos me miraban desde lejos, murmurando entre ellos. Nadie se acercó a ayudarme. Sentí una soledad tan grande que me dolió hasta el alma.
Me fui a casa de mi hermana Marta, en un barrio humilde de Godoy Cruz. Compartimos una habitación pequeña y húmeda. Marta me recibió con cariño, pero yo sabía que le costaba mantenernos a las dos con su pensión mínima.
Los días pasaron lentos y grises. Extrañaba el olor de la tierra mojada después de la lluvia, el canto de los gallos al amanecer, el sabor ácido de las manzanas recién cosechadas. Extrañaba incluso las discusiones con Camila y las risas de mis nietos corriendo descalzos por el pasto.
Una tarde, Marta llegó con una bolsa de naranjas:
—Halina, tenés que pelear por lo tuyo —me dijo—. Esa parcela es tuya por derecho.
Pero yo no quería pelear. No quería ver a Camila convertida en enemiga. ¿Cómo se lucha contra tu propia hija?
Pasaron semanas antes de que Camila me llamara por teléfono:
—Mamá… —su voz sonaba cansada—. Los chicos te extrañan.
Sentí un nudo en la garganta.
—¿Y vos?
Silencio.
—No sé… —dijo al fin—. Todo esto es tan difícil…
Quise decirle que yo también la extrañaba, que daría cualquier cosa por volver atrás y abrazarla como cuando era niña. Pero las palabras se quedaron atascadas en mi pecho.
Un domingo fui a misa y recé por mi familia rota. Al salir, una vecina se me acercó:
—Halina, todos hablan de lo que pasó… Dicen que tu hija te echó como si fueras una extraña.
Sentí vergüenza y rabia. ¿En qué momento perdimos el respeto por los mayores? ¿Cuándo dejamos de valorar los sacrificios de quienes nos dieron todo?
Esa noche soñé con mi esposo. Me miraba desde el umbral de la casa y me decía:
—No te rindas, Halina. La familia es lo único que tenemos.
Desperté llorando y supe lo que debía hacer.
Al día siguiente tomé un colectivo hasta la parcela. El camino estaba cubierto de hojas secas y el aire olía a humo de leña. Cuando llegué, vi a Camila en el jardín, regando las plantas con gesto cansado.
—Mamá… —dijo al verme—. ¿Por qué viniste?
Me acerqué despacio y le tomé la mano.
—Esta tierra es tuya ahora —le dije—. Pero nunca olvides quién te enseñó a amarla.
Camila rompió en llanto y me abrazó fuerte. Por primera vez en meses sentí un poco de paz.
Hoy vivo lejos de la parcela, pero llevo sus recuerdos conmigo como semillas en el corazón. No sé si algún día podré perdonar del todo a Camila ni si ella podrá perdonarse a sí misma. Pero aprendí que el amor de madre es más fuerte que cualquier traición.
A veces me pregunto: ¿cuántas madres en nuestro país han sentido este mismo dolor? ¿Cuándo aprenderemos a cuidar a quienes nos cuidaron toda la vida?