Vergüenza en la Mesa: El Dolor Silencioso de una Madre Mexicana
—¿Por qué no puedes ser como los papás de Mauricio? —La voz de mi hija, Fernanda, retumbó en la cocina, justo cuando estaba sirviendo el arroz. El vapor empañó mis lentes, pero no logró ocultar el ardor en mis ojos. Sentí cómo el cuchillo se me resbalaba de las manos y caía al suelo con un estrépito.
—¿A qué te refieres, hija? —pregunté, tratando de mantener la calma mientras recogía el cuchillo. Mi corazón latía tan fuerte que temí que ella pudiera escucharlo.
—Ellos siempre están ahí para ayudar. Le cuidan a los niños, les prestan dinero cuando lo necesitan, hasta les compraron la sala nueva. Tú… tú nunca puedes hacer nada de eso. Me da vergüenza, mamá. —Su voz se quebró al final, y sentí que el mundo se me venía encima.
Me quedé callada unos segundos, mirando el arroz que se pegaba en la olla. ¿Vergüenza? ¿Mi hija sentía vergüenza de mí? Recordé los días en que vendía tamales afuera del mercado para pagarle la universidad, las noches en que cosía uniformes hasta que me sangraban los dedos. Todo eso parecía invisible ahora.
—Fernanda, sabes que hago lo que puedo… —susurré, pero ella ya había salido de la cocina, dejando tras de sí un silencio pesado y frío.
Esa noche apenas probé bocado. Mi esposo, Don Ernesto, me miró con preocupación.
—¿Qué pasó, Lupita? —me preguntó en voz baja.
—Nada, cosas de mujeres —mentí, porque ¿cómo le explico a un hombre como él lo que es sentirte insuficiente para tu propia hija?
No dormí. Me quedé mirando el techo de lámina, escuchando la lluvia golpear como si quisiera limpiar mi tristeza. Pensé en mi nieto Emiliano, en cómo me abraza cada vez que lo veo, sin importarle si le llevo juguetes o no. Pensé en Fernanda y en cómo la vida le ha puesto tantas expectativas encima: ser buena madre, buena esposa, buena hija… ¿Y yo? ¿No he sido suficiente?
Al día siguiente fui al mercado como siempre. Las señoras del puesto de flores platicaban sobre sus hijos en Estados Unidos y los dólares que les mandan cada mes. Yo solo llevaba unas monedas para comprar jitomate y cebolla. Al pasar por la iglesia, me detuve un momento a rezar.
—Diosito, dame fuerzas para entender a mi hija —murmuré—. No quiero que me odie por no poder darle más.
Esa tarde Fernanda llegó con los niños. Emiliano corrió a abrazarme y Valeria me mostró un dibujo: una casa con un sol enorme y una señora de trenza larga.
—¿Quién es esta? —le pregunté sonriendo.
—¡Eres tú, abuelita! —gritó feliz.
Sentí un nudo en la garganta. Fernanda me miró de reojo mientras preparaba la leche para los niños. El ambiente era tenso, como si cada palabra pudiera romperse en mil pedazos.
—Mamá… —empezó ella de pronto—. Perdón por lo de ayer. Es que a veces siento mucha presión. Mauricio siempre está comparando a su familia con la nuestra y yo… yo solo quiero que todo sea más fácil.
Me acerqué despacio y le tomé la mano.
—Hija, yo sé que no tengo mucho para darles. Pero todo lo que soy es tuyo. Si pudiera darte el mundo, te lo daría. Pero solo tengo este corazón cansado y estas manos gastadas.
Ella lloró en silencio mientras yo le acariciaba el cabello como cuando era niña. Los niños jugaban en el patio sin saber nada del dolor de los adultos.
Esa noche Fernanda se quedó a cenar con nosotros. Don Ernesto contó chistes malos y Emiliano se atragantó de risa. Por un momento sentí que todo estaba bien, pero sabía que la herida seguía ahí, latente.
Los días pasaron y Fernanda empezó a visitarme menos. Supe por una vecina que Mauricio consiguió un mejor trabajo y que ahora iban a mudarse a una colonia más bonita. Me alegré por ella, pero también sentí miedo de perderla para siempre.
Un domingo cualquiera, mientras barría el patio, Fernanda llegó sola. Se sentó junto a mí en el escalón y me miró con ojos cansados.
—Mamá… ¿alguna vez sentiste que no eras suficiente?
Me reí bajito.
—Todos los días, hija. Pero aprendí a quererme así: con mis defectos y mis carencias. Porque el amor no se mide en dinero ni en regalos caros. Se mide en abrazos, en tiempo compartido… en arroz pegado y dibujos de niños.
Fernanda lloró otra vez y me abrazó fuerte. Sentí su corazón latiendo contra el mío y supe que, aunque no pudiera darle todo lo material del mundo, mi amor sí le llegaba.
Ahora escribo esto mientras escucho las risas de mis nietos jugando en el patio. No sé si algún día Fernanda dejará de compararme con los padres de Mauricio o si aprenderá a ver todo lo invisible que hago por ella. Pero sé que mi amor es suficiente, aunque el mundo diga lo contrario.
¿Acaso las madres solo valemos por lo que podemos dar materialmente? ¿Cuántas veces hemos sentido vergüenza por no cumplir las expectativas de nuestros hijos? Los leo…