El día que volví a casa y ya no estabas
Empujé la puerta de mi departamento con una mano temblorosa, la otra aún vendada por las agujas del hospital. El eco de mis pasos rebotó en las paredes desnudas. No había nadie. Ni un mensaje, ni una nota. Ni siquiera el aroma de la loción de Javier, que solía impregnar el pasillo cada mañana.
—¿Javier? —llamé, aunque sabía que no habría respuesta. El silencio era tan denso que sentí que me ahogaba.
Me apoyé contra la pared, cerrando los ojos. Recordé la última vez que lo vi: su mirada esquiva, el apuro con el que recogió su celular cuando sonó en medio de mi dolor. «Tengo que irme, luego hablamos», murmuró. Yo estaba conectada a una bolsa de suero, luchando por respirar después de la operación. Él ni siquiera preguntó si necesitaba algo.
Ahora, en casa, todo era ausencia. No estaban sus zapatos junto a la puerta, ni su taza de café olvidada en la mesa. El cajón donde guardaba sus camisas estaba vacío. Me desplomé en el sillón, abrazando mis rodillas. ¿Cómo podía doler tanto el vacío?
Mi madre llamó esa noche. Su voz era dura, como siempre.
—¿Y Javier? ¿No fue por ti al hospital?
—No, mamá. Se fue…
Un silencio incómodo. Luego, su juicio: —Te dije que ese hombre no era para ti. ¿Y ahora qué vas a hacer? ¿Vas a regresar a casa como si nada?
No respondí. No podía. Mi orgullo me lo impedía, pero también mi miedo: miedo a enfrentarme a la compasión disfrazada de reproche de mi familia, miedo a aceptar que estaba sola en una ciudad tan grande como Ciudad de México.
Los días siguientes fueron una rutina de sobrevivencia: calentar sopa instantánea, tomar los medicamentos, mirar el techo hasta que el sueño me vencía. Los vecinos cuchicheaban en el pasillo:
—¿Supiste que Javier dejó a Mariana? —decía doña Lupita, la del 302.
—Pobre muchacha… y tan joven —respondía otra voz.
Me sentía observada, juzgada por todos. Salía solo al Oxxo de la esquina, con lentes oscuros y gorra, como si pudiera esconder mi vergüenza.
Una tarde, mientras intentaba ordenar el clóset, encontré una carta vieja de Javier. «Siempre estaré contigo», decía en tinta azul temblorosa. La rompí en pedazos diminutos y los tiré al inodoro. Me miré al espejo: ojeras profundas, piel pálida, ojos hinchados. ¿Quién era esa mujer?
La crisis llegó una noche lluviosa. El dolor físico se mezcló con el emocional y terminé llorando en el suelo del baño. Pensé en llamar a Javier, suplicarle que regresara. Pero no lo hice. En cambio, marqué el número de mi mejor amiga, Fernanda.
—¿Por qué no me dijiste nada? —me reclamó entre lágrimas cuando llegó corriendo desde Iztapalapa.
—No quería preocupar a nadie…
—¡Ya basta de cargar sola con todo! —me abrazó fuerte—. No tienes que demostrarle nada a nadie.
Esa noche dormimos juntas en mi cama vacía. Fernanda me preparó café al amanecer y me obligó a salir al parque con ella. Caminamos entre los árboles húmedos del Parque México mientras le contaba todo: las peleas con Javier, su indiferencia cuando enfermé, mi miedo a quedarme sola.
—No eres menos por estar sola —me dijo—. Eres más fuerte de lo que crees.
Poco a poco empecé a reconstruirme. Busqué trabajo desde casa para no perder el departamento; vendí algunas cosas de Javier por internet para pagar la renta atrasada. Mi madre seguía llamando todos los domingos:
—¿Ya pensaste en regresar al pueblo?
—No, mamá. Aquí tengo mi vida.
Las semanas se volvieron meses. Aprendí a disfrutar mi soledad: leía novelas en la azotea mientras veía los volcanes a lo lejos; cocinaba para mí misma; me inscribí en un taller de escritura en la Casa de Cultura del barrio Roma.
Un día cualquiera, recibí un mensaje inesperado: era Javier.
“¿Podemos hablar?”
Sentí un nudo en el estómago. Dudé mucho antes de responderle. Finalmente acepté verlo en una cafetería cerca del metro Chilpancingo.
Llegó tarde, como siempre. Tenía ojeras y parecía más flaco.
—Perdón por todo —dijo sin mirarme a los ojos—. Me rebasó la situación… No supe cómo ayudarte.
Lo escuché en silencio mientras él balbuceaba excusas: el trabajo, el estrés, su miedo a verme débil.
—No vine por disculpas —le interrumpí—. Vine porque necesitaba cerrar este capítulo.
Él asintió y se fue sin mirar atrás.
Esa noche lloré otra vez, pero fue distinto: sentí alivio. Por primera vez entendí que no dependía de nadie para ser feliz.
Hoy sigo viviendo sola en ese mismo departamento. A veces extraño lo que creí tener con Javier, pero ya no me duele tanto. Aprendí a pedir ayuda cuando la necesito y a no avergonzarme por mis heridas.
A veces me pregunto: ¿Cuántas mujeres más viven historias como la mía y callan por miedo al qué dirán? ¿Cuándo aprenderemos a poner primero nuestro bienestar antes que las apariencias?
¿Y tú? ¿Te has sentido alguna vez así de sola? ¿Qué harías si tuvieras que empezar desde cero?