Descubrí su traición desde la cama del hospital: Entre el dolor y la esperanza

—¿Por qué no vino hoy? —pregunté con la voz quebrada, mirando a mi hermana Lucía, que intentaba ocultar su incomodidad mientras acomodaba las flores en el jarrón de la mesita del hospital.

Ella bajó la mirada, sus dedos temblorosos. Sabía que algo no estaba bien. Lo sentí en el aire, en el silencio incómodo, en la forma en que evitaban hablar de él. Yo, Mariana Ramírez, una mujer de 38 años de Medellín, estaba postrada en una cama blanca, con el cuerpo débil por la quimioterapia y el alma desgarrada por un presentimiento oscuro.

—Dijo que tenía mucho trabajo, Mari —respondió Lucía finalmente, pero sus ojos se llenaron de lágrimas.

No insistí. El dolor en mi pecho era doble: uno físico, por el cáncer que me devoraba lentamente; otro, emocional, por la ausencia de Andrés, mi esposo desde hace quince años. Él siempre había sido mi roca, o eso creía yo. Pero en los últimos meses, su presencia se volvió esporádica, sus abrazos fríos y sus mensajes breves.

Esa noche, mientras las enfermeras revisaban mis signos vitales y el olor a desinfectante llenaba la habitación, Lucía se acercó a mi cama. Me tomó la mano con fuerza.

—Mari… hay algo que tienes que saber —susurró, y sentí que el tiempo se detenía.

Supe lo que venía antes de escuchar las palabras. El corazón me latía tan fuerte que pensé que iba a desmayarme.

—Andrés… te está engañando. Lo vi con otra mujer. No quería decírtelo así, pero no podía seguir callando —dijo Lucía entre sollozos.

El mundo se me vino abajo. Sentí que me arrancaban el alma. ¿Cómo podía ser? ¿Justo ahora, cuando más lo necesitaba? ¿Acaso no era suficiente con luchar por mi vida?

Las lágrimas rodaron por mis mejillas sin control. Recordé cada promesa, cada beso, cada noche en que Andrés me decía que estaríamos juntos “en la salud y en la enfermedad”.

—¿Quién es ella? —logré preguntar con un hilo de voz.

—Una compañera del trabajo… Se llama Paola. Los vi salir juntos del restaurante cerca de su oficina. No era la primera vez —confesó Lucía.

La rabia y la tristeza se mezclaron dentro de mí como un veneno. Sentí ganas de gritar, de arrancarme las vías del suero y salir corriendo a buscarlo. Pero no podía moverme. Estaba atrapada en mi propio cuerpo débil y traicionado.

Los días siguientes fueron un infierno. Andrés venía al hospital con excusas torpes: reuniones, tráfico, problemas en la empresa. Yo lo miraba a los ojos buscando una señal de arrepentimiento, una explicación, pero él solo evitaba mi mirada.

Una tarde, cuando ya no aguanté más, lo enfrenté.

—¿Me amas todavía? —le pregunté sin rodeos.

Él titubeó. Bajó la cabeza y susurró:

—No sé qué decirte, Mariana… Todo esto ha sido muy difícil para mí también.

Sentí náuseas. ¿Difícil para él? ¿Y para mí qué era?

—¿Por qué lo hiciste? —le grité con la poca fuerza que me quedaba.

—Me sentía solo… Tú estabas tan distante… No supe cómo manejarlo —balbuceó Andrés.

Quise golpearlo, pero solo pude llorar. Él se fue esa noche sin mirar atrás. Me dejó sola con mi dolor y mi enfermedad.

Mi mamá llegó al día siguiente desde Pereira. Me abrazó fuerte y me dijo:

—Mija, los hombres van y vienen, pero tu vida es solo tuya. No te rindas ahora.

Sus palabras me dieron un poco de consuelo. Pero las noches eran largas y frías. Escuchaba los murmullos de otras pacientes en el pasillo: una señora mayor rezando por sus hijos; una joven llorando por un diagnóstico fatal; una enfermera contando chismes sobre doctores infieles.

Me di cuenta de que no era la única rota en ese lugar. Todas llevábamos cicatrices invisibles.

Un día recibí la visita de mi hijo Samuel, de doce años. Me miró con esos ojos grandes y tristes.

—¿Mami, vas a estar bien? —me preguntó con miedo.

No pude mentirle. Solo lo abracé y le prometí que haría todo lo posible por él.

Las semanas pasaron entre tratamientos dolorosos y noches sin dormir. Andrés dejó de venir. Supe por Lucía que se había mudado con Paola. La rabia se transformó en resignación y luego en una extraña paz.

Empecé a hablar con otras mujeres del hospital: Rosa, una vendedora ambulante de Cali que luchaba sola contra el cáncer; Teresa, una abogada de Bogotá abandonada por su familia; Juana, una joven madre indígena del Cauca que apenas hablaba español pero sonreía siempre.

Juntas compartimos historias de dolor y esperanza. Aprendí a reírme de mis desgracias y a valorar los pequeños milagros: un amanecer desde la ventana del hospital, una llamada de Samuel contándome sobre su partido de fútbol, una sopa caliente traída por mi mamá.

Un día recibí el alta médica. Salí del hospital más flaca y débil, pero con una determinación nueva. Volví a casa con Samuel y Lucía. Mi mamá se quedó unos días para ayudarme a adaptarme a la rutina.

Andrés intentó llamarme varias veces. No contesté. No tenía nada más que decirle.

Empecé terapia psicológica para sanar mis heridas emocionales. Descubrí que valía mucho más de lo que creía. Que podía ser madre, hermana e hija sin depender del amor de un hombre infiel.

Un domingo cualquiera, mientras preparaba arepas para Samuel y Lucía en nuestra pequeña cocina, sentí algo parecido a la felicidad. No era perfecta ni completa, pero era mía.

A veces todavía duele recordar todo lo que perdí: mi salud, mi matrimonio, mis sueños de familia perfecta. Pero también gané algo invaluable: el coraje para empezar de nuevo.

Hoy miro hacia atrás y me pregunto: ¿Cuántas mujeres han tenido que reconstruirse desde las cenizas? ¿Cuántas han encontrado fuerza donde creían que ya no quedaba nada?

¿Y tú? ¿Qué harías si tuvieras que elegir entre tu dignidad y un amor que ya no existe?