¿Deber o libertad? La historia de Julián y el sacrificio familiar
—¡Julián! ¿Otra vez llegas tarde? —La voz de mi madre retumbó en el pasillo angosto del departamento, mezclándose con el olor a frijoles recalentados y el bullicio lejano de la avenida Insurgentes.
Me quité los zapatos polvorientos, sintiendo el sudor pegajoso en la espalda. Había salido del trabajo en la tienda de abarrotes hacía más de una hora, pero el metro estaba imposible y, como siempre, tuve que caminar varias cuadras para ahorrar el pasaje. Mi hermana menor, Mariana, me miraba desde la mesa con los ojos grandes y cansados, mientras mi padre, sentado frente al televisor apagado, ni siquiera levantó la vista.
—Perdón, ma. Se me hizo tarde porque don Ernesto me pidió que ayudara a descargar la mercancía —respondí, tratando de sonar tranquilo.
Mi madre suspiró y se secó las manos en el delantal. —Siempre te piden más y nunca te pagan extra. ¿Para eso estudiaste tanto?
No supe qué contestar. Había terminado la prepa con buenas calificaciones, soñando con estudiar ingeniería en la UNAM, pero la beca no alcanzaba para cubrir los gastos y mi papá perdió su empleo hace dos años. Desde entonces, todo giraba en torno a sobrevivir: pagar la renta, comprar comida, ayudar a Mariana con sus tareas porque ella sí tenía que llegar lejos.
A veces sentía que mi vida era una sucesión interminable de sacrificios silenciosos. Nadie me lo pidió directamente, pero todos esperaban que yo fuera el sostén. Y yo… yo no sabía cómo decir que ya no podía más.
Esa noche, mientras cenábamos en silencio, mi padre rompió la rutina:
—Mañana tienes que acompañarme a buscar trabajo. Dicen que en la construcción están contratando ayudantes.
Mi madre lo miró con preocupación. —¿Y si te lastimas otra vez?
—No hay de otra —dijo él, encogiéndose de hombros—. Julián me puede ayudar.
Sentí un nudo en la garganta. Quería gritar que yo también estaba cansado, que tenía derecho a soñar con algo más que sobrevivir. Pero solo asentí y seguí comiendo.
Esa noche no pude dormir. Me levanté al baño y escuché a mis padres discutir en voz baja.
—No podemos seguir así —decía mi madre—. Julián tiene derecho a su vida.
—¿Y qué quieres que haga? ¿Dejar que nos corten la luz? —respondió mi padre, frustrado.
Me senté en el borde de la cama y miré las luces lejanas de la ciudad por la ventana. ¿Era justo cargar con todo? ¿Dónde quedaban mis sueños?
Al día siguiente, acompañé a mi padre a la obra. El capataz nos miró de arriba abajo y dijo:
—Solo hay lugar para uno. El joven se ve fuerte.
Mi padre me miró con resignación y yo sentí una mezcla de culpa y alivio. Trabajé bajo el sol ardiente, cargando bultos de cemento hasta que los brazos me temblaron. Al final del día, me pagaron en efectivo y mi padre me abrazó fuerte.
—Gracias, hijo. No sé qué haríamos sin ti.
Esa frase se quedó clavada en mi pecho como una espina. Caminamos a casa en silencio y esa noche Mariana se acercó mientras yo leía un libro prestado.
—¿Por qué siempre eres tú el que sacrifica todo? —me preguntó con voz temblorosa.
No supe qué decirle. Solo le acaricié el cabello y le prometí que algún día todo sería diferente.
Pasaron los meses y la rutina se volvió insoportable. Trabajaba en la obra por las mañanas y en la tienda por las tardes. Dejé de ver a mis amigos, de leer, de soñar. Un día, don Ernesto me ofreció un puesto fijo con mejor sueldo si dejaba la construcción.
Corrí a casa emocionado para contarle a mi familia. Pero cuando llegué, encontré a mi madre llorando: habían despedido a Mariana de su beca porque no pudo entregar un proyecto a tiempo; mi padre estaba enfermo y no podía levantarse de la cama.
—No puedo más —dije al fin, rompiendo el silencio—. No puedo ser el único que sostiene todo esto. ¡Yo también tengo derecho a vivir!
Mi madre me miró como si no me reconociera. Mariana se tapó la cara con las manos y mi padre solo suspiró.
—¿Y qué quieres que hagamos? —preguntó mi madre—. ¿Abandonarnos?
—No es eso —respondí con lágrimas en los ojos—. Solo quiero que entiendan que no soy una máquina. Que también tengo miedo, que también sueño…
Esa noche dormí en el sillón. Sentí una mezcla de culpa y alivio por haber dicho lo que llevaba años callando.
Al día siguiente, Mariana se acercó y me abrazó fuerte.
—Perdónanos, Julián —susurró—. A veces olvidamos que también eres joven.
Mi madre empezó a buscar trabajo limpiando casas; Mariana consiguió una beca parcial en otra escuela; mi padre aceptó ayuda de un vecino para buscar atención médica gratuita. Poco a poco, las cosas empezaron a cambiar.
Yo acepté el puesto fijo en la tienda y retomé mis estudios por las noches. No fue fácil; hubo días en los que sentí que todo se derrumbaba otra vez. Pero aprendí a poner límites, a decir «no» cuando era necesario.
A veces me pregunto si fui egoísta por pensar en mí mismo. Pero también sé que si no lo hubiera hecho, habría perdido lo poco que quedaba de mí.
Hoy sigo luchando por mi familia, pero también por mí mismo. Porque entendí que amar no significa destruirse por los demás.
¿Hasta dónde llega nuestro deber hacia la familia? ¿Cuándo es justo pensar en nosotros mismos sin sentir culpa? Los leo…