Entre el deber y el deseo: La historia de un matrimonio impuesto

—¿Y ahora qué vamos a hacer, Darío? —me preguntó Ana, con la voz quebrada y los ojos llenos de lágrimas, mientras sostenía la prueba de embarazo en sus manos temblorosas. El reloj marcaba las dos de la madrugada y el silencio de la casa de sus padres era tan pesado que sentía que me ahogaba.

No supe qué responderle. Tenía veintitrés años, estudiaba ingeniería en la Universidad Nacional de Córdoba y trabajaba medio tiempo en el taller mecánico de mi tío. Ana y yo llevábamos saliendo apenas seis meses. Nos queríamos, sí, pero nunca hablamos de un futuro juntos, mucho menos de ser padres. Esa noche, el miedo me paralizó.

Al día siguiente, su mamá nos descubrió hablando en voz baja en la cocina. Bastó una mirada para que entendiera todo. En menos de una semana, ambas familias se reunieron en la sala de mi casa. Mi papá, don Ernesto, se mantuvo callado, pero mi mamá, doña Marta, no paraba de llorar. El papá de Ana, don Ricardo, fue directo:

—Aquí no hay más vueltas que darle. Ustedes cometieron un error, ahora tienen que hacerse responsables. El bebé necesita una familia.

Sentí que el mundo se me venía encima. Nadie preguntó qué queríamos nosotros. Nadie nos preguntó si estábamos listos. Solo escuché palabras como «honra», «vergüenza», «deber» y «futuro». Ana apretó mi mano bajo la mesa. Yo solo quería salir corriendo.

La boda fue sencilla, en la parroquia del barrio San Vicente. Recuerdo el vestido blanco de Ana, sus ojos tristes detrás del maquillaje y las sonrisas forzadas en las fotos familiares. Todos nos felicitaban, pero yo sentía que me estaban despidiendo de mi propia vida.

Los primeros meses fueron una pesadilla. Nos mudamos a una pequeña casa prestada por mis suegros. Ana vomitaba todas las mañanas y lloraba todas las noches. Yo trabajaba hasta tarde para evitar volver a casa y enfrentar el silencio incómodo entre nosotros.

—¿Por qué no me hablas? —me reclamó una noche Ana, con la voz rota—. ¿Acaso me odias?

—No te odio —le respondí bajito—. Solo estoy cansado…

Pero era mentira. No estaba cansado del trabajo, sino de sentirme atrapado. De ver cómo mis sueños se desmoronaban mientras cambiaba pañales y pagaba cuentas que apenas alcanzaban para sobrevivir.

Cuando nació Camila, todo cambió… y a la vez nada cambió. La miré por primera vez en el hospital Misericordia y sentí un amor tan grande que me dolió el pecho. Pero ese amor no alcanzó para llenar el vacío entre Ana y yo.

Las peleas se volvieron rutina. Ana quería volver a estudiar enfermería; yo le decía que no podíamos darnos ese lujo ahora. Ella me acusaba de ser egoísta; yo le gritaba que ella tampoco pensaba en mí. A veces Camila lloraba tanto que yo salía al patio solo para no escucharla.

Una tarde, después de una discusión especialmente dura, Ana me miró con rabia:

—¿Alguna vez vas a dejar de culparme por esto? ¿Por qué no te vas si tan infeliz sos?

No supe qué responderle. Porque tenía miedo. Porque no quería ser como mi propio padre, que abandonó a mi mamá cuando yo era chico. Porque sentía que debía quedarme aunque ya no supiera cómo amar.

Mis amigos dejaron de invitarme a salir. Mi mamá me decía que tenía que ser fuerte, que los hombres aguantan todo por la familia. Pero yo solo quería gritarle al mundo que no podía más.

Una noche, mientras Camila dormía y Ana lloraba en silencio en la habitación contigua, me senté en la cocina con una cerveza tibia y pensé en todo lo que había perdido: mis sueños de viajar a Buenos Aires, terminar la carrera, tocar la guitarra con mis amigos en las plazas los domingos…

Me pregunté si algún día podría perdonarme por haber dejado que otros decidieran mi vida por mí.

El tiempo pasó y aprendimos a convivir como dos extraños bajo el mismo techo. A veces reíamos juntos cuando Camila hacía alguna travesura; otras veces ni siquiera nos mirábamos durante días enteros.

Una tarde lluviosa, Camila se enfermó gravemente. Corrimos juntos al hospital y pasamos horas abrazados en la sala de espera, rezando para que todo saliera bien. Esa noche, mientras veíamos a nuestra hija dormir con fiebre alta, Ana apoyó su cabeza en mi hombro y susurró:

—No sé si esto es amor… pero al menos estamos juntos para ella.

Sentí un nudo en la garganta. No era felicidad lo que sentía, sino resignación mezclada con ternura y culpa.

Hoy Camila tiene cinco años y pregunta por qué mamá y papá nunca se besan como los papás de sus amigas. Yo le sonrío y le digo que cada familia es diferente.

A veces pienso en irme; otras veces pienso en quedarme e intentar construir algo nuevo desde estos escombros.

¿Es posible encontrar la felicidad cuando uno vive una vida que no eligió? ¿Cuántos más viven atrapados entre el deber y el deseo sin atreverse a hablarlo?

¿Y vos? ¿Te animarías a elegir tu propio destino aunque todos esperen otra cosa de vos?