El regreso de Mariana: Una segunda juventud que no pedí
—¿Por qué no me avisaste antes de venir, Mariana? —le pregunté, con la voz temblorosa, mientras veía cómo arrastraba su maleta y a la pequeña Camila dormida en brazos.
—No tenía a dónde más ir, mamá. No empieces, por favor —me respondió, con ese tono cansado que reconocí de inmediato. El mismo que yo usaba cuando tenía su edad y la vida me pesaba demasiado.
Tenía 45 años y, por primera vez en mucho tiempo, sentía que mi vida me pertenecía. Mis hijos ya grandes, la casa en silencio, los domingos para mí sola. Había empezado a tomar clases de pintura en la Casa de la Cultura aquí en Puebla, y hasta me animaba a salir a caminar por el zócalo sin prisa. Pero esa noche, todo cambió. Mariana volvió con su hija y un mar de problemas que yo creía haber dejado atrás.
No dormí esa noche. Escuchaba el respirar suave de Camila desde el cuarto contiguo y los sollozos ahogados de Mariana. Me pregunté en qué momento la vida se había vuelto tan circular, tan repetitiva. ¿Acaso las madres nunca terminamos de ser madres?
A la mañana siguiente, la rutina se impuso como un ejército: preparar desayuno, buscar el uniforme de Camila para el kínder, escuchar las quejas de Mariana sobre su ex pareja —ese bueno para nada que nunca quiso asumir responsabilidades— y tratar de no perder la paciencia. Pero la paciencia es como el café: se acaba rápido si no sabes dosificarla.
—Mamá, ¿puedes cuidar a Camila hoy? Tengo una entrevista de trabajo —me dijo Mariana, apenas terminando su café.
—¿Y mis planes? —quise decirle, pero solo asentí con la cabeza. ¿Qué otra cosa podía hacer? Camila me miró con esos ojos enormes y confiados, y sentí una punzada de ternura mezclada con cansancio.
Los días se volvieron semanas. Mariana iba y venía entre trabajos temporales y decepciones. Yo me convertí en madre y abuela a tiempo completo. Mis amigas me decían que era una bendición tener a la familia reunida, pero yo sentía que mi libertad se desvanecía como el humo del incienso en las misas del domingo.
Una tarde, mientras lavaba los platos, escuché a Mariana hablar por teléfono en voz baja:
—No puedo más, mamá está insoportable… No entiende lo difícil que es todo esto…
Sentí un nudo en la garganta. ¿De verdad era tan difícil vivir conmigo? ¿O era yo la que no entendía nada?
Esa noche discutimos. Los gritos llenaron la casa:
—¡Siempre te sacrificas por todos y luego nos lo echas en cara! —me gritó Mariana.
—¡Y tú siempre huyes cuando las cosas se ponen difíciles! —le respondí, sin poder contener las lágrimas.
Camila apareció en medio del pasillo, abrazando su muñeca rota. Nos miró con miedo y vergüenza. En ese momento entendí que estábamos repitiendo una historia vieja, una herida que nunca sanó entre mi madre y yo.
Los días siguientes fueron silenciosos. Mariana salía temprano y volvía tarde. Yo cuidaba a Camila, le contaba historias de cuando su mamá era niña y le enseñaba a hacer tortillas de harina. Pero por dentro sentía un vacío enorme.
Un domingo cualquiera, mientras colgaba ropa en el patio, mi vecina Rosa se acercó:
—Te ves cansada, Lucía. ¿Todo bien?
—No sé… Siento que estoy viviendo una vida que ya no es mía —le confesé.
Rosa me abrazó fuerte. Me dijo que muchas mujeres pasaban por lo mismo: hijas que regresan porque afuera la vida es dura, madres que nunca dejan de cargar el peso de todos. Me habló de su hermana en Veracruz, de su prima en Oaxaca… Todas historias parecidas.
Esa noche hablé con Mariana. Sin gritos ni reproches.
—Hija, te amo… Pero también necesito pensar en mí. No quiero que Camila crezca viendo a dos mujeres cansadas y tristes. ¿Podemos buscar ayuda? ¿Terapia familiar o algo así?
Mariana lloró en silencio. Me abrazó como cuando era niña y tenía miedo a las tormentas.
Empezamos terapia en el centro comunitario del barrio. No fue fácil. Salieron viejos resentimientos: mi miedo a estar sola, su rabia por sentirse abandonada cuando era adolescente, mi culpa por no haberle dado un padre presente… Pero poco a poco aprendimos a escucharnos sin juzgar.
Hoy las cosas no son perfectas. A veces extraño mi soledad; otras veces agradezco los abrazos pegajosos de Camila y las risas compartidas en la cocina. Mariana consiguió un trabajo estable y está ahorrando para mudarse pronto. Yo retomé mis clases de pintura y hasta expuse un cuadro en la Casa de la Cultura.
A veces me pregunto si alguna vez dejaré de ser madre antes que mujer. Si podré soltar el miedo a perderlas o a perderme yo misma en el intento de sostenerlo todo.
¿Ustedes también sienten ese cansancio dulce y amargo? ¿Hasta cuándo una madre puede cargar con todo sin olvidarse de sí misma?