La boda de Mariana: ¿Dónde queda una madrastra en la familia?
—¿Por qué no vino Caterina? —escuché que preguntaba una tía, su voz apenas un susurro que se colaba por la ventana abierta de la cocina.
Me quedé quieta, con las manos húmedas sobre el delantal, mientras el bullicio de la boda de Mariana llenaba la casa. Afuera, los globos blancos y las flores de bugambilia adornaban el patio. El aroma a mole poblano flotaba en el aire, mezclado con risas y música de mariachi. Pero yo estaba aquí, sola, preparando café para los meseros, como si fuera una extraña en mi propia casa.
Mi nombre es Caterina. Hace quince años llegué a este barrio de Guadalajara con una maleta y un corazón roto. Conocí a Ernesto en la panadería de la esquina; él era viudo, con una niña pequeña y unos ojos cansados pero amables. Mariana tenía solo seis años cuando me dijo por primera vez “mamá” sin darse cuenta. Yo sentí que mi vida, por fin, tenía sentido.
Pero hoy, mientras Mariana se casa con Julián —un muchacho bueno, hijo de migrantes salvadoreños—, me doy cuenta de que nunca fui realmente parte de esta familia. No estoy en las fotos familiares que adornan la sala. No estoy en la lista de invitados principales. Ni siquiera fui invitada a sentarme en la mesa de los padres durante la ceremonia.
—¿Por qué no te arreglas y bajas? —me preguntó Ernesto esta mañana, mientras se ajustaba el saco frente al espejo.
—No quiero incomodar a nadie —le respondí, tragando saliva. Sabía que Mariana había pedido que solo su mamá biológica estuviera con ella en el altar. Sabía que mi presencia sería incómoda para algunos.
Ernesto suspiró y me miró con esos ojos tristes que tanto amé. —Tú también eres su madre —dijo en voz baja.
Pero no era cierto. No para Mariana. No para su abuela materna, doña Luisa, que nunca perdió oportunidad para recordarme que yo era “la otra”.
Recuerdo cuando Mariana tenía diez años y se enfermó de dengue. Pasé noches enteras sentada junto a su cama, cambiándole las compresas y rezando a la Virgen de Guadalupe para que bajara la fiebre. Cuando mejoró, me abrazó fuerte y me dijo: —Gracias, mamá Cate.
Pero los años pasaron y las heridas del pasado nunca sanaron del todo. Cada Navidad, cada cumpleaños, cada reunión familiar era un recordatorio sutil de mi lugar: siempre un paso atrás, siempre la invitada.
Hoy, mientras escucho los aplausos y los gritos de “¡Vivan los novios!”, me pregunto si alguna vez fui realmente parte de algo. ¿O solo fui una sombra útil, alguien que llenó un vacío temporal?
La puerta de la cocina se abre de golpe y entra Sofía, mi sobrina política.
—Tía Cate, ¿por qué no estás allá afuera? Mariana te está buscando —dice, agitada.
—¿Para qué? —pregunto, sin poder evitar que mi voz tiemble.
—No sé… creo que quiere hablar contigo antes del vals —responde Sofía, bajando la mirada.
Me limpio las manos en el delantal y salgo al patio. La música baja y todos me miran como si fuera un fantasma. Mariana está hermosa con su vestido blanco y una corona de flores frescas. Se acerca a mí con pasos inseguros.
—Cate… —empieza a decir— Perdón por no haberte incluido más hoy. Es que… mamá se puso muy mal cuando supo que ibas a estar cerca del altar. No quería problemas.
Siento un nudo en la garganta. —No tienes que explicarme nada —le digo—. Solo quiero que seas feliz.
Mariana me abraza fuerte. Por un momento siento que todo el dolor se desvanece. Pero luego escucho a doña Luisa murmurar algo sobre “las cosas como deben ser” y el hechizo se rompe.
Me alejo despacio y vuelvo a la cocina. El bullicio continúa afuera: risas, brindis, promesas de amor eterno. Yo lavo los platos en silencio, recordando todos los sacrificios invisibles que hice por esta familia: los turnos dobles en el hospital para pagar las clases de Mariana; las discusiones con Ernesto por defenderla; las veces que callé mis propias necesidades para no causar problemas.
A medianoche, cuando todos duermen y la casa huele a flores marchitas y licor barato, Ernesto entra a la cocina y se sienta frente a mí.
—Lo siento mucho, Cate —dice—. No merecías esto.
—No es tu culpa —respondo—. Así son las cosas aquí. La sangre pesa más que el cariño.
Él toma mi mano y llora en silencio. Yo también lloro, pero no por Mariana ni por Ernesto: lloro por mí misma, por todo lo que di y nunca fue suficiente.
Afuera empieza a llover suavemente sobre los restos de la fiesta. Me pregunto si alguna vez podré sentirme realmente parte de algo o si siempre seré esa figura borrosa en las fotos familiares.
¿De verdad basta el amor para ser familia? ¿O hay heridas que nunca sanan, por más que uno lo intente?
¿Y ustedes? ¿Alguna vez se han sentido invisibles dentro de su propia familia?