Diez hijas: La madre que desafió el destino en el corazón de los Andes

—¡Mariana, otra vez niña! —gritó mi suegra apenas escuchó el llanto de mi novena hija, mientras el viento helado de la madrugada se colaba por las rendijas de nuestra casa de adobe. Sentí cómo la vergüenza me subía por la garganta, mezclada con el cansancio y la sangre. Mi esposo, Julián, ni siquiera entró a la habitación; se quedó afuera, mirando el horizonte como si buscara respuestas en las montañas que rodean nuestro pueblo.

Me llamo Mariana Quispe y nací en un rincón olvidado de los Andes peruanos, donde el sol apenas calienta y la tierra es terca como las tradiciones. Desde que me casé con Julián, mi vida se volvió una sucesión de embarazos, partos y pañales. Pero lo que más pesaba no era el trabajo ni el hambre, sino esa mirada de decepción cada vez que nacía una niña. «Algún día me darás un varón», repetía Julián, como si dependiera solo de mí.

La noticia corrió rápido por el pueblo. Las vecinas llegaron con sopas calientes y miradas compasivas. «Pobrecita Mariana, nueve hijas y ni un varón para heredar la chacra», murmuraban entre ellas. Yo apretaba los dientes y sonreía, agradecida por la ayuda pero herida por sus palabras. ¿Por qué nadie celebraba a mis hijas? ¿Por qué su valor dependía de algo tan simple como su género?

Mi madre, doña Rosa, vino desde el caserío vecino. Me abrazó fuerte y me susurró al oído: —Hija, no te dejes aplastar. Las mujeres también somos raíz. Pero yo sentía que cada día me hundía más en la tierra dura de las expectativas ajenas.

Las noches eran largas. Mientras amamantaba a la pequeña Lucía, pensaba en mis sueños de juventud: quería ser maestra, enseñar a leer a los niños del pueblo. Pero la vida me arrastró por otro camino. A veces me preguntaba si alguna vez podría volver a soñar.

Una tarde, mientras lavaba ropa en el río con mis hijas mayores, escuché a dos hombres del pueblo hablando cerca:

—Julián ya debería buscarse otra mujer, una que le dé un hijo varón —decía uno.
—Dicen que Mariana está maldita —respondió el otro.

Sentí rabia y miedo. ¿Y si Julián realmente pensaba lo mismo? Esa noche lo enfrenté:

—¿Tú también crees que estoy maldita? —le pregunté, con la voz temblorosa.
Él bajó la mirada y murmuró:
—No sé… Solo quiero un hijo para que lleve mi nombre.

Me dolió más su silencio que cualquier insulto. Pero esa noche decidí que no iba a dejarme destruir por lo que otros esperaban de mí.

Con el tiempo, mis hijas crecieron fuertes y valientes. La mayor, Teresa, aprendió a leer sola y enseñó a sus hermanas. Yo les contaba historias por las noches: leyendas de mujeres guerreras, de diosas andinas que protegían los campos. Quería que supieran que su valor no dependía de ser hombres.

Pero el conflicto en casa se agudizó cuando Julián empezó a beber más y a llegar tarde. Una noche llegó borracho y gritó:
—¡Esto no es vida! ¡Necesito un hijo!

Las niñas se asustaron y yo sentí que algo se rompía dentro de mí. Al día siguiente, fui donde mi madre y le conté todo. Ella me miró con tristeza y me dijo:
—Hija, nadie puede obligarte a cargar sola con el peso del mundo. Si Julián no te valora, busca tu propio camino.

Esa frase me dio fuerzas. Empecé a vender tejidos en el mercado del pueblo. Mis manos aprendieron a transformar la lana en colores vivos; cada chalina era un grito de libertad. Con lo poco que ganaba, compré cuadernos para mis hijas y les enseñé a escribir su nombre.

La gente empezó a mirarme diferente. Algunas mujeres venían a pedirme consejos; otras me traían lana para aprender a tejer. Poco a poco, sentí que recuperaba mi voz.

Pero Julián seguía distante. Un día llegó con una noticia brutal:
—Mi madre dice que debo buscar otra esposa si quiero un hijo varón.

Me quedé helada. Miré a mis hijas jugando en el patio y sentí una mezcla de miedo y furia.
—¿Y tú qué quieres? —le pregunté.
Él no respondió. Se fue sin mirar atrás.

Esa noche lloré como nunca antes. Pero al amanecer, algo dentro de mí cambió. Decidí que no iba a dejarme definir por el deseo ajeno. Reuní a mis hijas y les dije:
—Somos suficientes tal como somos. No necesitamos demostrarle nada a nadie.

Los meses pasaron y Julián se fue alejando cada vez más hasta que un día no volvió. Al principio sentí miedo: ¿cómo iba a mantener a nueve niñas sola? Pero la comunidad empezó a apoyarme; las mujeres del pueblo organizaron una feria para vender nuestros tejidos y juntas sacamos adelante a nuestras familias.

Mis hijas crecieron libres, aprendieron oficios, algunas fueron a la ciudad a estudiar. Teresa se convirtió en maestra; Lucía sueña con ser médica rural; las otras quieren ser ingenieras agrónomas o artistas.

A veces me siento sola en las noches frías, pero cuando veo los logros de mis hijas sé que valió la pena desafiar al destino y romper el círculo del machismo.

Hoy miro hacia atrás y me pregunto: ¿Cuántas mujeres siguen atrapadas en el silencio? ¿Cuántas madres sienten que su valor depende de lo que otros esperan? Yo elegí ser raíz para mis hijas… ¿Y tú? ¿Qué harías si tu felicidad dependiera solo de ti?