Bajo el Mismo Techo: La Batalla con mi Suegra
—¡No quiero que toques mis cosas! —gritó doña Carmen desde la cocina, mientras yo intentaba guardar los platos recién lavados. El sonido de su voz me atravesó como un cuchillo. Sentí cómo se me apretaba el pecho y las lágrimas amenazaban con salir, pero no podía dejarme vencer. No otra vez.
—Sólo estaba ayudando, señora —respondí con voz temblorosa, intentando mantener la calma. Andrés, mi esposo, estaba en el trabajo y la casa parecía aún más fría sin su presencia. Desde que llegué a vivir aquí, hace tres años, cada día ha sido una batalla silenciosa. Doña Carmen nunca me aceptó. No importa cuánto me esfuerce: si cocino, la comida está insípida; si limpio, siempre encuentra polvo en algún rincón.
Recuerdo la primera vez que crucé la puerta de esta casa. Mi mamá me abrazó fuerte antes de subirme al camión en Veracruz. “Sé fuerte, hija”, me dijo. Yo venía llena de ilusiones, pensando que Andrés y yo construiríamos nuestro propio hogar, pero la realidad fue otra. Él insistió en que viviéramos con su madre para ahorrar y porque ella estaba sola desde que el papá de Andrés murió. Yo acepté por amor, sin saber que ese amor sería puesto a prueba todos los días.
Las primeras semanas intenté ganarme a doña Carmen. Le preparé café como le gusta, con canela y piloncillo; le tejí un chal para el frío; hasta aprendí a hacer mole poblano siguiendo su receta. Pero nada fue suficiente. Un día la escuché hablando por teléfono con su hermana:
—Esta muchacha no sabe hacer nada bien. Andrés se merece algo mejor.
Sentí que el piso se abría bajo mis pies. Desde entonces, cada palabra suya pesa como una piedra en mi espalda.
Hoy fue peor que nunca. Mientras barría el patio, escuché cómo le decía a la vecina:
—Si por mí fuera, esa mujer ya se habría ido. Pero mi hijo es terco.
No pude más. Dejé la escoba y entré a mi cuarto. Me senté en la cama y lloré en silencio. ¿Por qué tengo que soportar esto? ¿Por qué Andrés no ve lo que estoy viviendo?
Cuando él llegó esa noche, intenté hablarle:
—Andrés, ya no puedo más. Tu mamá me odia.
Él suspiró y se sentó a mi lado.
—Es difícil para ella… desde que murió mi papá está muy sola. Dame tiempo, Mariana.
—¿Y yo? ¿Cuánto tiempo más tengo que aguantar?
Él no supo qué decirme. Se quedó callado, mirando al suelo.
Las semanas pasaron y la tensión creció. Un día, mientras preparaba la comida, doña Carmen entró a la cocina y tiró a propósito una olla al suelo.
—¡Mira lo que hiciste! —me gritó— ¡Eres una inútil!
No pude contenerme más.
—¡Ya basta! —le respondí— No soy tu sirvienta ni tu enemiga. Sólo quiero vivir en paz con mi esposo.
Ella me miró con odio.
—¡Mientras vivas bajo mi techo, harás lo que yo diga!
Esa noche dormí poco. Pensé en irme, en dejarlo todo atrás. Pero también pensé en Andrés y en el sueño de tener una familia propia. ¿Por qué tenía que elegir entre mi felicidad y mi matrimonio?
Un domingo por la tarde, durante la comida familiar, todo explotó. Doña Carmen empezó a criticarme delante de todos:
—Miren nada más cómo tiene la casa… ¡Un desastre!
Mi cuñada Laura intentó defenderme:
—Mamá, Mariana hace todo lo posible…
Pero doña Carmen no escuchaba razones.
Andrés finalmente se levantó de la mesa.
—¡Ya basta, mamá! Mariana es mi esposa y merece respeto.
El silencio fue absoluto. Doña Carmen se levantó y se encerró en su cuarto. Yo sentí alivio pero también culpa. ¿Había hecho bien en provocar esta confrontación?
Esa noche Andrés me abrazó fuerte.
—Vamos a buscar nuestro propio lugar —me susurró al oído— Ya es hora de empezar de nuevo.
Lloré de alivio y miedo al mismo tiempo. ¿Seríamos capaces de salir adelante solos? ¿Podría sanar la herida entre doña Carmen y yo?
Hoy empaco mis cosas con manos temblorosas. Miro por última vez el patio donde tantas veces lloré en silencio y siento una mezcla de tristeza y esperanza. Antes de irnos, doña Carmen me mira desde la puerta.
—Cuida a mi hijo —me dice con voz dura pero los ojos brillando de lágrimas.
No sé si algún día podremos perdonarnos del todo, pero sé que merezco buscar mi propia paz.
¿Hasta dónde debemos sacrificar nuestra felicidad por mantener unida a la familia? ¿Vale la pena quedarse donde no eres bienvenida? ¿Ustedes qué harían en mi lugar?