La verdad perdida: El hijo que nunca conocí
—¿Usted es la mamá de Julián? —me preguntó la muchacha, con los ojos hinchados y la voz temblorosa, mientras sostenía una mochila desgastada entre sus manos.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. Eran casi las once de la noche y yo ya estaba en bata, lista para dormir. Nadie toca la puerta a esa hora en nuestro barrio de San Miguel, a menos que traiga malas noticias. Miré a la joven, tratando de recordar si alguna vez la había visto en las fiestas del colegio o en las reuniones familiares. Nada. Era una completa desconocida.
—Sí, soy yo —respondí, con el corazón latiendo tan fuerte que temí que ella pudiera escucharlo—. ¿Quién eres tú?
—Me llamo Camila… soy la novia de Julián. Bueno, su prometida —corrigió, bajando la mirada—. Él… él desapareció hace dos semanas y nadie me da razón de él. Pensé que usted sabría algo.
Me quedé helada. ¿Prometida? ¿Mi hijo? ¿Desaparecido? Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. No tenía idea de que Julián tuviera novia, mucho menos una prometida. Y lo peor: no sabía que llevaba dos semanas sin aparecer. En casa siempre fue reservado, pero últimamente trabajaba turnos dobles en el taller mecánico y apenas lo veía. Pensé que era normal, que estaba creciendo, que necesitaba su espacio.
Camila empezó a llorar más fuerte. La invité a pasar y le preparé un café, aunque mis manos temblaban tanto que casi derramo el agua hirviendo.
—¿Por qué no me dijiste antes? —le pregunté, tratando de mantener la calma.
—Julián me pidió que no le contara a nadie… decía que su familia no entendería —respondió ella entre sollozos—. Pero ya no aguanto más, señora Rosa. Tengo miedo de que le haya pasado algo malo.
En ese momento sentí una mezcla de rabia y culpa. ¿En qué momento mi hijo se volvió un extraño para mí? ¿Por qué no confiaba en mí? ¿Qué clase de madre era yo?
Esa noche no dormí. Me quedé sentada en la mesa de la cocina, mirando el celular, esperando un mensaje, una llamada, cualquier señal de Julián. Camila se quedó en el sofá, abrazando su mochila como si fuera un salvavidas.
A la mañana siguiente llamé a mi hermana Lucía. Ella siempre fue como una segunda madre para Julián desde que su papá nos dejó por otra mujer en Buenos Aires. Lucía llegó rápido, con su carácter fuerte y sus preguntas directas.
—¿Y tú nunca sospechaste nada? —me reprochó—. Los muchachos siempre dejan pistas.
—No —le respondí, sintiéndome más sola que nunca—. Últimamente hablábamos poco… siempre estaba cansado o apurado.
Camila nos contó cómo conoció a Julián en la universidad pública, cómo se enamoraron y cómo él le confesó que tenía problemas con unos tipos del barrio. Dijo que Julián le pidió dinero prestado a un tal «El Chato», un tipo peligroso conocido por todos en San Miguel.
Sentí un nudo en el estómago. Sabía quién era El Chato; todos sabíamos. Era el tipo al que nadie quería deberle nada.
—¿Por qué Julián necesitaba dinero? —preguntó Lucía, mirándome como si yo tuviera todas las respuestas.
Camila dudó un momento antes de hablar:
—Su papá le dejó una deuda cuando se fue… Julián quería ayudarla a usted a pagarla.
Me tapé la boca para no gritar. Nunca quise que mi hijo cargara con mis problemas. Siempre le dije que yo podía sola, pero él era terco como su padre.
Esa tarde fuimos juntas a buscar a El Chato. El barrio estaba caliente; todos nos miraban al pasar. Cuando llegamos a su casa, Camila temblaba y yo sentía las piernas de gelatina.
El Chato salió al portón con una sonrisa burlona:
—¿Qué se les perdió por aquí?
—Buscamos a Julián —dije con voz firme—. Sabemos que estuvo aquí hace dos semanas.
El Chato se encogió de hombros:
—Muchos vienen y van… Yo no sé nada.
Pero vi cómo sus ojos evitaban los míos y cómo apretaba los puños. Sentí miedo, pero también rabia. Mi hijo estaba en peligro y nadie iba a callarme.
Esa noche Camila recibió un mensaje anónimo: “Dejen de buscar o van a lamentarlo”. Se lo mostré a Lucía y ella insistió en ir a la policía. Pero todos sabemos cómo funciona la policía aquí: te escuchan, te dan un papel y después nada pasa.
Pasaron los días y el barrio empezó a murmurar. Que si Julián andaba en malos pasos, que si yo era una madre ausente, que si Camila era una mentirosa buscando atención. Cada comentario era como una puñalada.
Una tarde recibí una llamada del hospital público: habían encontrado a un joven golpeado cerca del río. Corrí como nunca antes en mi vida, con Camila y Lucía detrás de mí.
Cuando entré a la sala de urgencias y vi a Julián inconsciente, cubierto de moretones y con el rostro irreconocible, sentí que el mundo se detenía. Me aferré a su mano fría y le susurré al oído:
—Perdóname, hijo… perdóname por no haberte conocido realmente.
Julián estuvo varios días entre la vida y la muerte. Cuando despertó, apenas podía hablar. Lo primero que hizo fue mirar a Camila y luego a mí:
—Mamá… lo siento… sólo quería ayudarte…
Lloré como nunca antes. En ese momento entendí que los secretos no protegen; destruyen. Que el amor de madre no basta si no hay confianza ni comunicación.
Hoy Julián sigue recuperándose. Camila viene todos los días al hospital y Lucía me ayuda a mantenerme fuerte. El barrio sigue hablando, pero ya no me importa.
A veces me pregunto: ¿cuántas madres realmente conocen a sus hijos? ¿Cuántas familias viven atrapadas en secretos por miedo al qué dirán? Si pudiera volver atrás, ¿hablaría más con Julián? ¿Le preguntaría más sobre su vida?
¿Y ustedes? ¿Qué harían si descubrieran que no conocen realmente a quienes más aman?