¿Puede un milagro durar para siempre? La historia de Zulema y Jacobo

—Mamá, ¿puedes venir un momento? —La voz de Jacobo retumbó en el pasillo, urgente, como si la casa estuviera a punto de incendiarse.

Dejé caer la cuchara en el fregadero y me limpié las manos en el delantal. El arroz hervía, la radio murmuraba noticias de la ciudad y, por un instante, pensé que era otro de esos días grises en nuestra casa de barrio en Rosario. Pero la mirada de mi hijo me detuvo en seco: sus ojos brillaban con una mezcla de miedo y esperanza que no le veía desde que su padre murió.

—¿Qué pasa, Jacobo? —pregunté, intentando sonar tranquila.

Él extendió la mano. En su palma, temblorosa, había una pequeña figura de madera: una virgen tallada, gastada por los años.

—La encontré en la plaza, mamá. Estaba entre las raíces del jacarandá donde jugaba de chico. Es un milagro, ¿no lo ves?

Sentí una punzada en el pecho. Ocho años atrás, cuando enterramos a Ernesto, juré que nunca volvería a creer en milagros. La vida se había encargado de enseñarme que la felicidad era fugaz, un destello entre tormentas. Pero Jacobo… él seguía buscando señales donde yo solo veía ruinas.

—Es solo una figura vieja —dije, más dura de lo que quería—. No te hagas ilusiones.

Jacobo apretó los labios. Tenía diecisiete años, pero en ese momento parecía un niño otra vez. Se sentó a la mesa y dejó la virgen frente a mí.

—No entiendo por qué siempre tienes que apagarme la esperanza —susurró.

Me quedé callada. ¿Cómo explicarle que el miedo a perderlo era más fuerte que cualquier fe? Desde que su padre murió en aquel accidente de colectivo, cada día era una batalla para mantenernos a flote. Yo limpiaba casas ajenas y él vendía empanadas en la esquina para ayudar con los gastos. No había espacio para milagros.

Esa noche, mientras Jacobo dormía, me quedé mirando la figura sobre la mesa. Recordé cuando Ernesto llegaba del trabajo y nos abrazaba a los dos, riendo como si el mundo fuera sencillo. Recordé también las noches en vela, las cuentas impagas y el silencio que se instaló tras su muerte.

Al día siguiente, Jacobo se levantó temprano y salió sin desayunar. Lo vi desde la ventana: llevaba la virgen en el bolsillo y caminaba con paso decidido hacia la parroquia del barrio. Sentí rabia y tristeza; no quería que se aferrara a falsas esperanzas.

A media mañana llegó mi hermana Marta. Siempre tan directa, tan incapaz de callarse nada.

—¿Qué te pasa, Zulema? Tenés cara de haber visto un fantasma.

Le conté lo de Jacobo y la virgen. Marta se persignó y sonrió.

—Dejalo creer, che. A veces los milagros son lo único que nos queda.

—¿Y si se decepciona? ¿Y si todo esto termina peor?

Marta me abrazó fuerte.

—Peor que vivir sin esperanza no hay nada.

Esa tarde, Jacobo volvió con los ojos hinchados de llorar pero con una sonrisa nueva. Me contó que el padre Juan bendijo la figura y le dijo que los milagros existen si uno aprende a verlos en lo cotidiano: en el pan compartido, en el abrazo sincero, en el coraje de seguir adelante.

—¿Sabés qué me dijo el padre Juan? Que vos sos mi milagro —me dijo Jacobo, tomándome las manos—. Que sobrevivimos juntos cuando todo se vino abajo.

No supe qué decirle. Sentí vergüenza por mi dureza y miedo por mi fragilidad. Esa noche cenamos juntos sin palabras, pero algo había cambiado: Jacobo me miraba con ternura y yo sentía una grieta en mi coraza.

Los días siguientes fueron una mezcla de rutina y pequeños gestos nuevos. Jacobo empezó a ayudar más en casa; yo intenté escuchar sus historias sin juzgar. Pero el verdadero conflicto llegó un domingo, cuando Jacobo anunció que quería llevar la virgen a la escuela para compartirla con sus compañeros.

—¿Y si se burlan de vos? —le pregunté, preocupada por su sensibilidad—. Los chicos pueden ser crueles.

—No me importa —respondió—. Si uno no comparte lo que le da esperanza, ¿para qué sirve?

Esa frase me persiguió toda la semana. En el barrio empezaron los rumores: que Jacobo estaba loco, que yo lo consentía demasiado, que buscábamos atención. Una vecina incluso me paró en la verdulería:

—Zulema, tu hijo anda diciendo que encontró un milagro… ¿No será mejor llevarlo al psicólogo?

Me hervía la sangre pero no respondí. Por primera vez entendí lo difícil que era dejar crecer a un hijo sin meterle mis propios miedos.

Una tarde lluviosa, Jacobo llegó empapado y furioso. Había tenido una pelea con su mejor amigo porque se burló de su fe en los milagros.

—¿Por qué nadie puede entenderme? —gritó—. ¿Por qué todo tiene que ser tan difícil?

Lo abracé fuerte aunque él intentó zafarse.

—Porque crecer es difícil —le dije—. Porque a veces los adultos olvidamos cómo era creer en algo sin pruebas.

Esa noche lloramos juntos por primera vez desde la muerte de Ernesto. Sentí que algo se rompía pero también algo nacía: una nueva forma de estar juntos, más honesta y menos temerosa.

Con el tiempo, la virgen encontró su lugar en nuestra casa: sobre la repisa del comedor, rodeada de fotos viejas y cartas sin abrir. No sé si fue un milagro o solo una casualidad hermosa, pero desde entonces aprendí a mirar distinto los pequeños gestos: el mate compartido con Marta, las risas de Jacobo al volver del colegio, el sol entrando por la ventana después de días nublados.

A veces todavía tengo miedo: miedo a perder lo poco que tenemos, miedo a ilusionarme otra vez. Pero cuando veo a Jacobo sonreír o escucho su voz cantando mientras lava los platos, entiendo lo que quiso decir el padre Juan: los milagros existen si uno aprende a verlos.

Ahora me pregunto: ¿cuántas veces dejamos pasar los milagros por miedo al dolor? ¿Y si animarse a creer es el primer paso para sanar?