La casa de los silencios: el peso de lo que no se dice
—¿Por qué no puedes entenderlo, papá? ¡No es justo! —grita Rodrigo, apretando el celular con tanta fuerza que temo que lo rompa.
Yo estoy sentada en el colchón viejo, con la espalda pegada a la pared húmeda de nuestro departamento en la colonia Narvarte. Afuera, los cláxones y el bullicio de la ciudad no logran tapar la tensión que se respira en este espacio diminuto. Rodrigo camina de un lado a otro, sudando, mientras su padre, don Ernesto, le responde con ese tono seco que siempre me ha puesto los pelos de punta.
—Rodrigo, ya te dije que la casa es para todos. No puedo dártela solo a ti. Habla con tus hermanos —responde don Ernesto desde el otro lado del teléfono, como si no supiera que sus otros hijos viven en Monterrey y Cancún y ni siquiera quieren saber nada de la casa.
Cuelga. Rodrigo lanza el celular sobre la cama y se deja caer a mi lado. Siento su rabia como una ola que amenaza con arrastrarnos a los dos.
—¿Y ahora qué? —le pregunto, aunque ya sé la respuesta.
—Nada. Lo mismo de siempre. Mi papá no entiende que necesitamos esa casa. ¿Cuánto más vamos a aguantar aquí?
Miro alrededor: las paredes descascaradas, la estufa que apenas sirve, el refrigerador que hace un ruido como si fuera a explotar cada noche. Hace tres años que vivimos aquí, pagando renta mientras la casa enorme de don Ernesto en Coyoacán permanece vacía, llena solo de recuerdos y polvo.
A veces sueño con esa casa: los vitrales de colores, el patio lleno de bugambilias, el olor a café recién hecho en las mañanas. Pero cuando despierto, solo hay humedad y el eco de las discusiones.
Mi suegra murió hace cinco años y desde entonces don Ernesto vive solo. Dice que no puede dejar la casa porque ahí está todo lo que le queda de ella. Pero tampoco quiere compartirla. Ni siquiera para que su hijo y yo tengamos un lugar digno donde vivir.
—¿Por qué no hablamos con tus hermanos? —le sugiero a Rodrigo.
—¿Para qué? A ellos no les importa. Solo van cuando hay algo que sacar: una televisión vieja, una lámpara, los discos de vinil de mi mamá…
Rodrigo se queda callado. Sé que está pensando en su infancia, en los domingos familiares en ese jardín enorme donde ahora solo crecen hierbas secas.
Esa noche cenamos frijoles y arroz. El gas se acaba a mitad de la cocción y tenemos que terminar en el microondas. Rodrigo apenas prueba bocado. Yo tampoco tengo hambre.
—¿Te acuerdas cuando pensábamos que íbamos a tener nuestra propia casa antes de los treinta? —me pregunta de pronto.
—Sí —respondo, aunque preferiría no recordarlo.
La verdad es que yo también estoy cansada. Trabajo como maestra en una primaria pública y Rodrigo lleva meses buscando algo mejor que su empleo en una tienda de electrónicos. Cada quincena hacemos malabares para pagar la renta, la luz, el agua… Y mientras tanto, la casa de don Ernesto sigue ahí, como un fantasma entre nosotros.
Un sábado por la tarde, después de otra discusión telefónica, Rodrigo decide ir a ver a su papá. Me pide que lo acompañe. Tomamos el metro hasta Coyoacán y caminamos por las calles arboladas hasta llegar a esa casa enorme y silenciosa.
Don Ernesto nos recibe con cara seria. Nos ofrece café pero nadie lo acepta. Nos sentamos en la sala, rodeados de fotos familiares y muebles cubiertos con sábanas blancas.
—Papá —empieza Rodrigo—, necesitamos hablar en serio sobre la casa. No podemos seguir así.
Don Ernesto suspira y mira por la ventana.
—Ustedes creen que todo es fácil —dice al fin—. Pero esta casa es mi vida. Aquí viví con tu madre más de cuarenta años. ¿Cómo voy a dejarla?
—No te pedimos que la dejes —intervengo yo—. Solo queremos vivir aquí contigo, ayudarte…
Don Ernesto me mira por primera vez en toda la tarde. Hay algo en sus ojos, una mezcla de tristeza y orgullo herido.
—No quiero ser una carga para nadie —dice al fin—. Y tampoco quiero peleas entre ustedes cuando yo ya no esté.
Rodrigo se levanta abruptamente.
—¡Pero ya estamos peleando! ¡Todos los días! ¿No lo ves?
El silencio cae sobre nosotros como una losa. Don Ernesto se levanta despacio y sale al jardín. Lo seguimos. El aire huele a tierra mojada y flores marchitas.
—Cuando tu madre murió —dice don Ernesto sin mirarnos—, pensé que lo peor era perderla a ella. Pero ahora veo que lo peor es verlos pelear por lo poco que queda.
Rodrigo se acerca y le pone una mano en el hombro.
—No queremos pelear, papá. Solo queremos estar juntos…
Don Ernesto asiente pero no dice nada más. Nos despedimos sin abrazos ni promesas.
De regreso al departamento, Rodrigo va callado todo el camino. Yo miro por la ventana del metro las luces de la ciudad y pienso en todas las familias rotas por casas vacías, por palabras no dichas, por miedos heredados.
Esa noche duermo mal. Sueño con puertas cerradas y llaves oxidadas.
Al día siguiente recibimos un mensaje de don Ernesto: “Vengan cuando quieran. La casa es grande para todos”.
No sé si eso resuelve algo o solo aplaza el conflicto. Pero por primera vez en mucho tiempo siento una pequeña esperanza.
Me pregunto: ¿cuántas familias viven atrapadas entre paredes ajenas y promesas incumplidas? ¿Cuánto pesa realmente una casa cuando lo que falta es el valor para hablar desde el corazón?