Mis hijos y nietos son ingratos: Nunca imaginé envejecer sola

—¿Otra vez sopa, abuela? —La voz de Tomás, mi nieto menor, retumbó en la cocina como un portazo invisible. Ni siquiera levantó la vista de su celular. Sentí el golpe seco de la indiferencia, ese que no deja moretones pero sí cicatrices.

Me llamo Carmen. Tengo setenta y dos años y toda mi vida la pasé en este departamento de Almagro, Buenos Aires. Aquí crié a mis dos hijos, Lucía y Esteban, y aquí también aprendí a ser abuela de cuatro nietos que, con el tiempo, dejaron de buscar mis abrazos para perderse en sus propias urgencias. Nunca imaginé que la vejez sería esto: un eco de risas pasadas y un presente lleno de silencios.

Hoy es domingo. El reloj marca las once y media y la mesa está puesta para seis, aunque sé que sólo vendrá Lucía. Esteban siempre tiene una excusa: el trabajo, el tráfico, los chicos con actividades. Lucía llega apurada, deja a Tomás y a Martina, y se va al supermercado o a la peluquería. “Mamá, después paso a buscarlos”, dice siempre, pero a veces vuelve tarde y yo ya estoy agotada de tanto esperar.

—¿Por qué no venís vos a casa, mamá? —me preguntó Lucía hace unos meses—. Así no tenés que cocinar ni limpiar.

No le respondí. ¿Cómo explicarle que este departamento es lo único que me queda? Aquí están las fotos de mi boda con Raúl, los dibujos de mis nietos pegados en la heladera, el aroma del guiso que preparaba los domingos cuando todos venían con hambre y ganas de hablar. Ahora sólo vienen con hambre.

A veces me pregunto si fui demasiado blanda. Si debí haber puesto límites cuando Lucía me gritaba de adolescente o cuando Esteban se iba sin avisar dónde estaba. Pero yo sólo quería que fueran felices, que tuvieran lo que yo no tuve: una familia unida.

Recuerdo una tarde de invierno, hace años, cuando Esteban llegó llorando porque lo habían echado del trabajo. Lo abracé fuerte y le preparé mate cocido con pan casero. “Sos mi refugio, vieja”, me dijo entonces. ¿En qué momento dejé de serlo?

El teléfono suena poco. A veces es una vecina preguntando si necesito algo del chino; otras veces es una llamada equivocada. Mis hijos sólo llaman para avisar que no pueden venir o para pedirme un favor: cuidar a los chicos, firmar un papel del banco, recibir un paquete.

El otro día me animé a decirle a Lucía:

—Me siento sola, hija.

Ella suspiró, miró el reloj y me dio un beso rápido en la frente.

—Ay, mamá… Todos estamos cansados. No te pongas así.

No sé si fue peor su indiferencia o mi cobardía para insistirle.

A veces me despierto en medio de la noche y escucho el silencio del departamento como si fuera un grito. Camino hasta la ventana y veo las luces de la ciudad; pienso en todas las madres que estarán como yo, esperando una visita, una llamada, una señal de que todavía importan.

Mi vecina Rosa me contó que su hija se fue a vivir a España y sólo le manda mensajes por WhatsApp. “Así son ahora”, me dijo resignada. Pero yo no quiero resignarme. No quiero aceptar que el amor se mide en minutos de visita o en mensajes apurados.

Hace poco fue mi cumpleaños. Preparé empanadas y compré una torta de chocolate. Nadie vino. Lucía llamó a las ocho de la noche para decirme que Martina tenía fiebre y Esteban mandó un audio: “Feliz cumple, má. Después te paso a ver”. Todavía lo estoy esperando.

Me senté sola en la mesa, con la torta intacta y las velitas sin soplar. Lloré como hacía años no lloraba. No por la soledad —a esa ya me acostumbré— sino por la certeza de que di todo y ahora no sé cómo pedir nada.

A veces pienso en vender el departamento e irme a un geriátrico donde al menos alguien me pregunte cómo estoy. Pero después veo las fotos en la pared: Lucía con su guardapolvo blanco del primer día de clases; Esteban disfrazado de payaso en su cumpleaños número cinco; Raúl abrazándome en Mar del Plata cuando todavía soñábamos con un futuro juntos.

No sé si fallé como madre o si simplemente así es la vida ahora: hijos apurados, nietos distraídos, abuelas invisibles.

El otro día Martina me preguntó:

—¿Por qué estás siempre triste, abuela?

No supe qué decirle. ¿Cómo explicarle que la tristeza no es por ellos sino por mí? Por haberme perdido entre los platos sucios y las tareas escolares ajenas; por haber olvidado quién era yo antes de ser madre y abuela.

A veces salgo al parque a mirar los árboles y escuchar el bullicio de los chicos jugando. Me siento en un banco y cierro los ojos, imaginando que alguna vez fui parte de ese ruido alegre. Ahora sólo soy una sombra entre las ramas.

Una tarde encontré una carta vieja de Raúl entre mis cosas. Decía: “Carmen, nunca olvides quién sos ni cuánto valés”. Me hizo llorar otra vez, pero también me dio fuerzas para escribir esta historia.

Quizás alguien la lea y entienda que las madres no somos eternas ni inmunes al olvido. Que detrás de cada sopa recalentada hay una mujer que alguna vez soñó con ser feliz rodeada de los suyos.

Hoy escribo esto para no olvidar quién soy. Para recordarme que merezco algo más que visitas apuradas y llamadas por compromiso.

¿Dónde fue que nos perdimos? ¿En qué momento dejamos de mirarnos a los ojos para hablar sólo por mensajes? ¿Será posible recuperar algo del amor que nos unió alguna vez?

Tal vez no tenga respuestas, pero sí tengo preguntas. Y espero no ser la única.