Hija sin amor: la herida invisible
—¿Ya vas llegando, Lucía? —La voz de mi hermano Andrés sonó ansiosa al otro lado del teléfono, mientras yo apretaba el paso por la acera polvorienta de nuestro barrio en Guadalajara. El sol caía a plomo y sentía el sudor pegajoso en la espalda, pero lo que más me pesaba era el motivo de mi visita: el cumpleaños número sesenta de mamá.
—Sí, ya casi estoy. ¿Y tú? —respondí, fingiendo entusiasmo.
—Ya llegué hace rato. Mamá está preguntando por ti —dijo, y pude imaginar su mirada, esa mezcla de reproche y resignación que siempre me lanzaba cuando llegaba tarde a cualquier cosa familiar.
Colgué y me detuve frente a la puerta azul descascarada. Inspiré hondo. Cada vez que volvía a esta casa sentía que el aire se volvía más denso, como si los recuerdos se pegaran a mi piel. Empujé la puerta y entré.
El olor a café recalentado y a sopa de fideos llenaba el ambiente. Mamá estaba sentada en la mesa, con su vestido floreado favorito, ese que usaba solo en ocasiones especiales. No sonrió al verme.
—Ya era hora, Lucía —dijo, sin levantar la vista del mantel.
Andrés me abrazó rápido, como si quisiera amortiguar la tensión. —¿Trajiste lo que te pedí?
Saqué de mi bolsa una caja envuelta en papel dorado. —Aquí está el regalo para mamá.
Ella lo miró de reojo. —No hacía falta que gastaras dinero en tonterías —murmuró.
Sentí un nudo en la garganta. Siempre era igual. Nada de lo que hacía parecía suficiente para ella. Desde niña, había aprendido a leer sus silencios: cuando estaba decepcionada, cuando estaba cansada, cuando simplemente no quería verme.
La comida transcurrió entre frases cortas y miradas esquivas. Andrés intentaba animar la conversación:
—¿Se acuerdan cuando Lucía se cayó de la bicicleta y mamá la curó con agua oxigenada? —dijo, riendo.
Mamá bufó. —Siempre tan torpe. Nunca aprendiste a mirar por dónde ibas.
Me mordí el labio para no responder. Recordé ese día: tenía ocho años y sangraba de la rodilla. Mamá me limpió la herida sin una sola caricia, sin un «no llores» o un «todo estará bien». Solo silencio y rapidez, como si mi dolor fuera una molestia más en su día.
Después del almuerzo, Andrés salió al patio a fumar. Me quedé sola con ella. El silencio era tan espeso que podía cortarse con cuchillo.
—¿Por qué viniste? —preguntó de pronto, sin mirarme.
—Es tu cumpleaños, mamá —respondí, sintiéndome otra vez como una niña pequeña buscando aprobación.
—No hacía falta. Siempre has estado mejor lejos de aquí —dijo, y su voz era dura como piedra.
Me dolió más de lo que debería. Tenía treinta años y aún así su rechazo me calaba hasta los huesos.
—¿Por qué dices eso? —pregunté, con voz temblorosa.
Ella suspiró. —Siempre fuiste diferente. No como Andrés, que nunca me dio problemas. Tú siempre preguntando, siempre queriendo más… Yo no sabía cómo darte lo que pedías.
Me quedé callada. Por primera vez vi un destello de vulnerabilidad en sus ojos cansados.
—¿Alguna vez me quisiste? —solté, sin poder evitarlo.
Mamá se quedó quieta. El reloj de la cocina marcaba los segundos con un tic-tac ensordecedor.
—No sé si sé querer como tú esperabas —susurró al fin—. Mi madre nunca me abrazó tampoco. Aquí nadie tiene tiempo para esas cosas…
Sentí una mezcla de rabia y compasión. ¿Era posible romper ese ciclo? ¿O estábamos condenadas a repetirlo?
Andrés entró justo entonces, interrumpiendo el momento. —¿Vamos a partir el pastel?
Mamá se levantó y fue por el cuchillo. Yo la seguí con la mirada: su espalda encorvada, sus manos temblorosas. Por primera vez entendí que detrás de su dureza había una mujer cansada, criada en carencias y silencios.
La tarde terminó entre risas forzadas y fotos familiares que no reflejaban la verdad de lo que sentíamos. Al despedirme, mamá me abrazó brevemente, casi por compromiso.
En el camino de regreso pensé en todo lo no dicho, en las heridas invisibles que cargamos generación tras generación en tantas familias latinoamericanas: madres que no saben amar porque nunca fueron amadas; hijas hambrientas de afecto que buscan respuestas donde solo hay silencio.
¿Será posible sanar alguna vez? ¿O estamos destinados a vivir con esa ausencia toda la vida?
Quizá ustedes también han sentido ese vacío… ¿Cómo se aprende a querer cuando nunca te enseñaron?