“Mamá, tú siempre pudiste…”: Un verano de silencios y ausencias
—Mamá, ¿puedes quedarte con los niños este verano? —La voz de mi hija, Mariana, sonó apurada al teléfono, como si ya supiera mi respuesta antes de preguntarla.
Yo estaba sentada en la mesa de la cocina, con el café ya frío entre las manos. Afuera, el calor de Ciudad del Este pegaba fuerte contra las ventanas. Miré el calendario: junio apenas comenzaba. Suspiré y respondí lo que toda madre responde, aunque el corazón duela: —Claro, hija. Tráelos cuando quieras.
No era la primera vez que me pedían cuidar a mis nietos. Pero este verano sentí algo distinto. Tal vez porque desde que murió mi esposo, la casa se volvió demasiado grande y silenciosa. Tal vez porque esperaba que, al cuidar a los niños, mis hijos se acercaran más a mí, que vieran el esfuerzo y el amor detrás de cada comida preparada, cada rodilla curada después de una caída en el patio.
El primer día llegaron corriendo: Lucía, de siete años, y Tomás, de cinco. Mariana apenas se detuvo en la puerta. —Mamá, te dejo la lista de comidas que pueden comer. Nada de gaseosas ni dulces, por favor. Y si puedes llevarlos al parque por las tardes…
—¿Y tú? —pregunté, esperando que se quedara un rato a tomar mate conmigo.
—Tengo que irme al trabajo. Después paso por ellos. Gracias, mamá. Eres la mejor.
La puerta se cerró y el eco quedó flotando en la sala. Los niños ya estaban peleando por el control remoto.
Así empezó mi verano: entre desayunos apurados, peleas por juguetes y tardes en el parque bajo un sol que parecía derretir hasta los recuerdos. A veces Lucía me preguntaba: —¿Por qué mamá no viene a jugar con nosotros?
Yo le sonreía y le decía que su mamá estaba trabajando mucho para darles lo mejor. Pero por dentro sentía una punzada de tristeza. Recordaba cuando Mariana era pequeña y yo hacía malabares para estar presente en cada festival escolar, cada fiebre nocturna. ¿Será que ella no recuerda todo eso?
Una tarde, mientras Tomás dormía la siesta y Lucía dibujaba en la mesa del comedor, me animé a llamar a mi hijo mayor, Andrés. —Hijo, ¿cuándo vienes a visitarme? Hace meses que no te veo.
Andrés suspiró al otro lado del teléfono. —Ay, mamá, estoy hasta el cuello en el trabajo. Además, sabes que los niños están contigo y así aprovechas para verlos…
—Pero yo quiero verte a ti también —le dije bajito.
—Mamá, tú siempre pudiste con todo —me respondió él, casi como un reproche disfrazado de elogio—. Eres fuerte. No te preocupes por nosotros.
Colgué sintiendo un nudo en la garganta. ¿Eso piensan mis hijos? ¿Que soy fuerte porque no tengo otra opción? ¿Que mi amor es tan incondicional que nunca necesito nada a cambio?
Los días pasaron entre rutinas repetidas y pequeñas alegrías: una sonrisa de Lucía cuando le enseñé a hacer empanadas; la risa de Tomás cuando le conté historias de cuando su mamá era niña y se caía de la bicicleta. Pero cada noche, cuando los acostaba y la casa volvía al silencio, sentía el peso de una soledad que no se aliviaba ni con fotos viejas ni con llamadas breves.
Un sábado por la tarde Mariana llegó antes de lo habitual. La vi cansada, con ojeras profundas y el ceño fruncido. Apenas saludó a los niños y se sentó conmigo en la cocina.
—¿Estás bien? —le pregunté.
Ella dudó antes de responder:
—No sé… A veces siento que no llego a nada. El trabajo me exige todo el tiempo y siento culpa por dejarte a los niños tanto tiempo…
Me acerqué y le tomé la mano:
—Hija, yo también me siento sola a veces. Los niños son una bendición, pero extraño nuestras charlas, nuestras risas…
Mariana bajó la mirada:
—Perdón, mamá. A veces olvido que tú también necesitas compañía.
Nos quedamos en silencio largo rato. Afuera los niños jugaban sin saber nada del cansancio ni del dolor callado de las madres y abuelas.
Esa noche Mariana se quedó a dormir con nosotros. Preparamos juntos una cena sencilla y después jugamos a las cartas como cuando ella era niña. Por primera vez en mucho tiempo sentí que mi amor era visto, aunque fuera solo por unas horas.
Pero al día siguiente todo volvió a la rutina: Mariana se fue temprano y los niños volvieron a pelear por el control remoto. Yo seguí ahí, entre risas infantiles y silencios adultos.
A veces pienso que en Latinoamérica las abuelas somos el pilar invisible de la familia: siempre presentes pero pocas veces reconocidas; siempre fuertes pero pocas veces escuchadas. Nos enseñaron a dar sin esperar nada a cambio, pero ¿quién cuida de nosotras cuando ya no queda fuerza?
Hoy termina el verano y Mariana vino a buscar a los niños para llevarlos de vuelta a casa. Me abrazó fuerte antes de irse:
—Gracias por todo, mamá. No sé qué haríamos sin ti.
Sonreí y le acaricié el cabello como cuando era niña:
—Solo quiero que me recuerdes también como mujer, no solo como tu madre o la abuela de tus hijos.
Ahora la casa vuelve a estar vacía. El eco de las risas se apaga poco a poco y yo me quedo pensando:
¿Hasta cuándo seremos invisibles las abuelas? ¿Cuándo aprenderán nuestros hijos a vernos más allá del rol que cumplimos?
¿Ustedes también han sentido ese silencio? ¿Quién cuida del corazón de las abuelas?