El Cuarto Bajo la Cama: Secretos en el Motel de la Ruta 34
—¡Ay, Lucía, no puedo dormir!— susurró Valeria desde la otra cama, mientras el ventilador del techo giraba con un chirrido que parecía burlarse de nuestro insomnio. Afuera, la lluvia golpeaba el techo de chapa del Motel Ruta 34 como si quisiera arrancarnos de ese lugar.
Yo tampoco podía dormir. Habíamos llegado a ese motel por pura desesperación: el auto se nos había quedado sin gasolina en medio de la nada, y la tormenta nos obligó a buscar refugio en el primer lugar que encontramos. El recepcionista, un hombre flaco con acento santiagueño y mirada huidiza, apenas nos dirigió la palabra cuando pagamos en efectivo.
—¿Sentís ese olor?— pregunté, sentándome en la cama. Era un olor rancio, como a humedad y algo más… algo podrido.
Valeria se tapó la nariz. —Debe ser el colchón. O capaz hay una rata muerta abajo.
Me bajé de la cama y me arrodillé para mirar debajo. La linterna del celular apenas iluminaba el polvo acumulado y… algo más. Una tabla floja. Mi corazón empezó a latir más fuerte.
—¿Qué hacés?— Valeria se asomó, curiosa.
Metí los dedos entre las tablas y tiré. La madera cedió con un crujido sordo, revelando un hueco oscuro. El aire que salió de ahí era helado y denso, como si viniera de otro mundo.
—¡Ay, Lucía! ¿Qué es eso?— Valeria retrocedió, pero yo no podía dejar de mirar.
Metí la mano y toqué algo frío y metálico. Saqué una caja oxidada. Temblando, la abrí: adentro había fotos viejas, recortes de periódicos amarillentos y… una pulsera de hilo rojo que reconocí al instante.
—No puede ser…— susurré. Esa pulsera era igual a la que mi hermana Camila llevaba el día que desapareció hace seis años.
Valeria me miró horrorizada. —¿Estás segura?
—Es la suya. Mi abuela se la hizo para protegerla del mal de ojo…
Las manos me temblaban mientras hojeaba los recortes. Todos hablaban de desapariciones en la zona: chicas jóvenes, todas morochas, todas con algún vínculo con la ruta o los camioneros que paraban en el motel.
—Lucía… ¿y si tu hermana…?
No podía terminar la frase. Yo tampoco podía. Sentí una mezcla de rabia y desesperación. ¿Cómo era posible que nadie hubiera encontrado esto antes? ¿Cuántas chicas más habían pasado por esa habitación sin saber lo que escondía?
De repente, escuchamos pasos en el pasillo. Apagué la linterna y nos quedamos quietas, conteniendo la respiración. La sombra del recepcionista se proyectó bajo la puerta.
—¿Todo bien ahí?— preguntó con voz ronca.
—Sí, todo bien— respondí, tratando de sonar tranquila.
Esperamos a que se alejara antes de hablar otra vez.
—Tenemos que irnos ya— dijo Valeria.
Pero yo no podía irme. No sin saber la verdad sobre Camila. Saqué fotos de todo con mi celular y guardé la pulsera en el bolsillo.
Esa noche no dormimos. Apenas amaneció, salimos del motel sin mirar atrás y fuimos directo a la comisaría del pueblo más cercano. El oficial que nos atendió parecía más interesado en su mate que en nuestra historia.
—Mirá, nena, esas cosas pasan todo el tiempo por acá. Si tu hermana desapareció hace tanto, ya debe estar lejos…
Sentí ganas de gritarle en la cara, pero Valeria me apretó la mano para calmarme.
—Por favor, oficial, al menos revise esto— le insistí, mostrándole las fotos y la pulsera.
El hombre suspiró y llamó a otro policía. Al rato llegó una mujer policía, Marta, que sí nos escuchó con atención. Nos pidió que la acompañáramos al motel para revisar el cuarto.
Cuando llegamos, el recepcionista ya no estaba. La habitación había sido limpiada: no quedaba rastro del hueco ni de las tablas flojas. Pero Marta creyó en nosotras y pidió una orden para revisar todo el lugar.
Días después, encontraron un cuarto oculto bajo el piso del motel: paredes manchadas, colchones viejos y pertenencias de varias chicas desaparecidas. Entre ellas, una foto de Camila sonriendo con su pulsera roja.
La noticia salió en todos los diarios locales: «Descubren red de trata en motel de Tucumán». Mi familia se enteró por televisión antes de que pudiera contarles yo misma. Mi mamá se desmayó al ver la foto de Camila; mi papá lloró por primera vez desde que ella desapareció.
La investigación destapó una red de trata que operaba desde hacía años con complicidad policial y política. El recepcionista fue arrestado junto a otros empleados del motel y varios policías corruptos del pueblo.
Pero Camila nunca apareció. Solo su recuerdo quedó flotando entre las paredes húmedas del motel y en mi corazón roto.
Valeria y yo seguimos luchando por justicia para ella y para todas las chicas que nunca volvieron a casa. Ahora doy charlas en escuelas y barrios sobre trata de personas; cada vez que cuento mi historia siento que Camila está conmigo, dándome fuerzas para seguir adelante.
A veces me pregunto: ¿cuántas familias más tendrán que pasar por este dolor antes de que algo cambie en nuestro país? ¿Cuántos secretos siguen escondidos bajo camas viejas esperando ser descubiertos? ¿Y vos… qué harías si te encontraras con algo así?