Cuando la familia se vuelve extraña: La historia de Mariana en Guadalajara

—¡No me hables así, Mariana! ¡Tú siempre creíste que todo te lo merecías!—. La voz de mi hermano, Javier, retumbó en la sala, rebotando en las paredes de la casa que fue de la abuela. Esa casa de tejas rojas y olor a café recién hecho, donde aprendí a leer y a soñar, ahora era un campo de batalla.

Mi madre, Lucía, estaba sentada en el sillón con la mirada perdida. Sus manos temblaban sobre el rosario que no soltaba desde el funeral. Yo quería abrazarla, pero sentía que si me acercaba, Javier saltaría sobre mí como un perro herido. Todo por esa maldita herencia.

La abuela murió hace tres meses. El cáncer la fue apagando poco a poco, pero hasta el último día nos sonrió con esa ternura que sólo ella tenía. Cuando leímos el testamento, supe que nada volvería a ser igual. La casa quedaba a nombre de los dos: Javier y yo. Pero él no quería compartir. Él quería venderla, irse lejos y empezar de cero. Yo no podía dejarla ir. Era lo único que me quedaba de mi infancia, de mi abuela, de los domingos de pozole y risas.

—No entiendes nada, Mariana. ¡Yo necesito ese dinero!— gritó Javier, con los ojos llenos de rabia y algo más que no supe nombrar.

—¿Y yo qué? ¿Crees que para mí es fácil?— le respondí, sintiendo cómo la voz se me quebraba.

Mi madre sollozó bajito. Me acerqué a ella y le tomé la mano. Estaba fría como el mármol del panteón donde enterramos a la abuela. Javier salió dando un portazo. El silencio se hizo pesado, como si la casa misma llorara con nosotras.

Esa noche no dormí. Caminé por los pasillos oscuros, tocando las paredes, recordando las historias que la abuela me contaba antes de dormir. Me pregunté si Javier tenía razón. Tal vez yo era egoísta por querer aferrarme a un montón de ladrillos viejos. Pero también sentía que si perdía esa casa, perdería todo lo que me hacía ser yo.

Los días siguientes fueron un infierno. Javier dejó de hablarme. Sólo venía a recoger cosas o a discutir con abogados. Mi madre se fue apagando poco a poco, como una vela sin oxígeno. Los vecinos empezaron a murmurar: “Pobres muchachos, cómo se pelean por la casa”, “Eso pasa cuando hay dinero de por medio”. Yo quería gritarles que no era por dinero, era por amor, por recuerdos, por miedo a quedarme sola.

Una tarde encontré a mi madre llorando en la cocina.

—Mamá, ¿qué tienes?— le pregunté, aunque ya sabía la respuesta.

—No puedo más, hija… Verlos así me parte el alma. Su abuela estaría tan triste…

Me senté a su lado y lloramos juntas. Le prometí que intentaría hablar con Javier una vez más.

Lo busqué en su departamento al otro lado de la ciudad. Me abrió la puerta con cara de pocos amigos.

—¿Qué quieres ahora?

—Hablar… Por favor, Javier. No podemos seguir así.

Se quedó callado un momento y luego me dejó pasar. Nos sentamos frente a frente, como dos desconocidos.

—¿Por qué tanto odio?— le pregunté al fin.

Él bajó la mirada.

—No es odio… Es miedo. Miedo de quedarme sin nada, de seguir siendo el hermano menor al que nadie escucha…

Por primera vez vi al niño asustado detrás del hombre enojado. Le tomé la mano y lloramos juntos. Hablamos toda la noche: de la abuela, de nuestra infancia, de nuestros miedos y sueños rotos.

Al final acordamos vender la casa y repartir el dinero. No era lo que yo quería, pero entendí que aferrarme sólo traería más dolor. Mi madre lloró cuando se lo dijimos, pero también sonrió al vernos abrazados después de tanto tiempo.

El día que entregamos las llaves sentí que una parte de mí se quedaba ahí para siempre. Pero también sentí alivio. Tal vez la casa ya no era nuestra, pero aún teníamos la oportunidad de reconstruirnos como familia.

Ahora vivo en un departamento pequeño con mi madre. Javier viene a cenar los domingos y a veces reímos como antes. Pero hay heridas que tardan en sanar.

A veces me pregunto: ¿Valió la pena perder tanto por una casa? ¿Cuántas familias más se rompen así en México o en toda Latinoamérica? ¿Qué pesa más: los recuerdos o el futuro?

¿Ustedes qué harían si estuvieran en mi lugar? ¿Hasta dónde llegarían por proteger lo que aman?