¿De verdad mi hijo quiere enviarme a un asilo?

—¿Y si mejor la llevamos al asilo de la avenida?— escuché la voz de Julián, mi hijo, desde la cocina. El cuchillo se me resbaló de las manos y cayó al suelo, haciendo un ruido seco que me hizo temblar. Me quedé paralizada detrás de la puerta, el corazón latiéndome tan fuerte que pensé que se me iba a salir del pecho.

—No seas cruel, Julián —susurró Mariana, su esposa—. Pero… sí, sería más fácil. Además, podríamos arreglar los papeles del departamento. Tú sabes que con lo que ganamos no nos alcanza para mudarnos.

Sentí que el aire se volvía espeso, imposible de respirar. ¿De verdad estaban hablando de mí? ¿De su madre? ¿La misma que lo crió sola después de que su padre nos abandonó en aquel barrio de Buenos Aires, luchando contra la vida con uñas y dientes para que él pudiera estudiar?

Esa noche no dormí. Me quedé sentada en la cama, mirando las sombras moverse por las paredes, preguntándome en qué momento mi hijo dejó de verme como su madre y empezó a verme como una carga. ¿Será que ya no me quiere? ¿O es el peso de la vida el que lo empuja a pensar así?

Al día siguiente, fingí normalidad. Preparé el mate como siempre, puse las medialunas en la mesa y esperé a que Julián bajara. Cuando lo vi entrar, sentí una punzada en el pecho. Él me sonrió, pero sus ojos evitaban los míos.

—¿Dormiste bien, mamá? —me preguntó, sirviéndose azúcar en el mate.

—Sí, hijo —mentí—. ¿Y vos?

—Bien… —dijo, pero no sonaba convencido.

Durante todo el día, las palabras que escuché la noche anterior me retumbaban en la cabeza. Me preguntaba si debía enfrentarlo o callar y esperar a ver qué hacía. Pero el miedo a quedarme sola, a ser abandonada en un lugar frío y desconocido, me paralizaba.

Esa tarde, mientras lavaba los platos, recordé cuando Julián era chico y se enfermaba. Yo pasaba noches enteras sentada a su lado, tomándole la fiebre y rezando para que mejorara. ¿Cómo podía él siquiera pensar en dejarme ahora?

Los días pasaron y la tensión creció. Mariana apenas me hablaba y Julián salía temprano y volvía tarde. Empecé a notar cómo revisaban papeles en la mesa del comedor cuando creían que yo no miraba. Una noche, escuché a Mariana hablar por teléfono:

—Sí, mamá… Ya casi está todo listo. El abogado dice que solo falta la firma de ella… No sé si va a querer firmar…

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. ¿Firma? ¿Qué firma? ¿Mi departamento? ¿Mi vida?

No aguanté más. Esa misma noche, cuando Julián llegó del trabajo, lo esperé sentada en el sillón del living. Tenía las manos heladas y el corazón hecho trizas.

—Julián —le dije apenas entró—, tenemos que hablar.

Él se quedó parado en la puerta, como si supiera lo que venía.

—¿Qué pasa, mamá?

—Escuché lo que hablaste con Mariana… Sé que quieren llevarme a un asilo y quedarse con mi departamento.

Vi cómo se le caía la cara. Mariana apareció detrás suyo, pálida como un papel.

—Mamá… no es lo que pensás…

—¿Entonces qué es? —le interrumpí—. ¿Por qué hablan de firmas y abogados? ¿Por qué quieren sacarme de mi casa?

Julián bajó la cabeza. Mariana intentó acercarse pero yo levanté una mano para detenerla.

—Mamá… —empezó Julián—. No es fácil decir esto… Estamos ahogados con las cuentas. El alquiler está por las nubes y… pensamos que tal vez estarías mejor cuidada en un lugar donde te atiendan todo el día…

—¿Y mi casa? —pregunté con voz temblorosa.

—Pensamos… —Mariana intervino— que podríamos mudarnos aquí y así todos estaríamos mejor…

Sentí una rabia sorda crecer dentro de mí.

—¿Mejor para quién? ¿Para ustedes o para mí? Yo no quiero irme de mi casa. Aquí están mis recuerdos, mi vida…

Julián se sentó a mi lado y me tomó la mano.

—Mamá, no queremos hacerte daño… Solo estamos desesperados…

Las lágrimas me brotaron sin poder contenerlas.

—¿Desesperados? ¿Y yo? ¿No pensaste cómo me siento yo?

El silencio llenó la habitación como una nube negra. Mariana se fue al cuarto y Julián se quedó conmigo, sin saber qué decir.

Esa noche lloré hasta quedarme dormida. Al día siguiente llamé a mi hermana Marta, que vive en Córdoba.

—Veníte unos días conmigo —me dijo—. Acá te vas a sentir mejor y podés pensar tranquila qué hacer.

Preparé una valija pequeña y le dejé una nota a Julián: «Me voy unos días con Marta. Necesito pensar».

En Córdoba encontré algo de paz, pero también muchas preguntas sin respuesta. Marta me abrazó fuerte cuando llegué y me preparó un café con leche como cuando éramos chicas.

—No te merecés esto —me dijo—. Sos una buena madre.

Pero yo no podía dejar de preguntarme: ¿en qué fallé? ¿Por qué Julián llegó a verme como un estorbo?

Durante esos días hablé mucho con Marta sobre lo difícil que es envejecer en este país. Las jubilaciones no alcanzan, los hijos tienen sus propios problemas y parece que uno siempre termina siendo una carga.

Un domingo por la tarde recibí un mensaje de Julián: «Mamá, perdoname. Te extraño. Podemos hablar cuando vuelvas?».

No supe qué contestar al principio. El dolor seguía ahí, pero también el amor por mi hijo.

Decidí volver a Buenos Aires después de una semana. Cuando entré al departamento, Julián estaba esperándome con los ojos llenos de lágrimas.

—Mamá… —dijo apenas me vio—. No sé cómo pedirte perdón… Me equivoqué… No quiero perderte.

Lo abracé fuerte y lloramos juntos largo rato.

Esa noche hablamos como hacía años no lo hacíamos. Le conté mis miedos y él los suyos. Le dije que prefería vivir con poco antes que perder mi dignidad o mis recuerdos.

Acordamos buscar ayuda juntos: una asistente social del barrio nos orientó sobre cómo podíamos organizarnos mejor sin tener que separarnos ni vender nada por ahora.

Pero sé que nada volverá a ser igual entre nosotros. La herida quedó ahí, abierta, aunque el amor todavía late bajo la piel lastimada.

A veces me pregunto si realmente podemos confiar ciegamente en quienes amamos o si todos estamos condenados a traicionarnos por miedo o necesidad. ¿Ustedes qué harían si estuvieran en mi lugar? ¿Cómo se recupera la confianza después de algo así?