Nada Más Comes y Duermes: El Grito Que Rompió Mi Hogar

—¡Ya basta, Mariana! ¿Qué haces todo el día? ¡El bebé solo duerme y come!—

La voz de Julián retumbó en la cocina, rebotando entre los azulejos fríos y los platos sucios que no alcancé a lavar. Eran las dos de la mañana y yo estaba sentada en el suelo, con mi espalda apoyada en la nevera, abrazando a Emiliano, nuestro hijo de tres meses, que lloraba sin consuelo. Sentí cómo las lágrimas me ardían en los ojos, pero apreté los dientes. No podía llorar más. No podía mostrarle a Julián lo rota que estaba.

—¿Tú crees que esto es fácil?— murmuré, apenas audible, mientras Emiliano se aferraba a mi pecho buscando consuelo. Pero Julián ya se había ido al cuarto, cerrando la puerta con fuerza.

Desde que nació Emiliano, mi vida se volvió un ciclo interminable de pañales, leche materna y noches en vela. Antes trabajaba como secretaria en una notaría del centro de Guadalajara. Me sentía útil, valorada. Ahora, mi mundo era este departamento pequeño, las cortinas siempre cerradas para que el sol no despertara al bebé, el olor a leche agria impregnando mi ropa.

Mi mamá me decía por teléfono: “Aguanta, hija, así son los hombres. Tú dedícate a tu casa y a tu niño”. Pero yo sentía que me ahogaba. Julián llegaba del trabajo cansado y me miraba con reproche si la cena no estaba lista o si encontraba ropa sin doblar. Yo quería gritarle: “¡No he dormido más de dos horas seguidas desde que nació Emiliano!” Pero me tragaba las palabras.

Una tarde, mientras Emiliano dormía sobre mi pecho, escuché a Julián hablando por teléfono con su mamá:

—No sé qué le pasa a Mariana. Está rara desde que nació el niño. Se la pasa llorando o con cara de cansada. Yo trabajo todo el día y ella solo está aquí…

Sentí una punzada en el pecho. ¿Eso era yo ahora? ¿Una carga? ¿Una mujer floja? Recordé cuando nos conocimos en la universidad. Julián me decía que admiraba mi fuerza, mi alegría. Ahora parecía odiar cada parte de mí.

Las discusiones se volvieron rutina. Una noche, mientras Emiliano lloraba sin parar por los cólicos, Julián entró al cuarto y me arrebató al bebé de los brazos.

—¡Dámelo! A ver si conmigo sí se calla— dijo molesto.

Emiliano lloró más fuerte. Julián lo devolvió bruscamente y salió dando un portazo. Me quedé temblando, sintiendo que fallaba como madre y como esposa.

Empecé a preguntarme si tenía depresión posparto. Pero en mi familia nadie hablaba de eso. Mi suegra vino un día y me dijo:

—En mis tiempos teníamos cinco hijos y nunca nos andábamos quejando. Tú tienes suerte: solo uno y ni trabajas.

Me sentí invisible. Nadie veía mis ojeras ni mis manos agrietadas por lavar biberones y ropa a mano porque la lavadora se había descompuesto y Julián decía que no había dinero para arreglarla.

Un día, mientras Emiliano dormía, me asomé al espejo del baño. No reconocí a la mujer despeinada y pálida que me miraba. Me pregunté si alguna vez volvería a ser la Mariana de antes.

La tensión crecía. Una noche, después de otra pelea por la cena fría, Julián gritó:

—¡Yo mantengo esta casa! ¡Tú solo te quedas aquí haciendo nada!—

Me levanté despacio, con Emiliano en brazos.

—¿Nada?— le dije con voz temblorosa— ¿Tú crees que criar a tu hijo es nada? ¿Que limpiar vómito, cambiar pañales, calmar llantos y no dormir es nada?

Julián me miró con rabia y luego con algo parecido al miedo. No dijo nada más esa noche.

Al día siguiente, fui al centro de salud del barrio. Le conté a la enfermera lo que sentía: el cansancio extremo, las ganas de llorar todo el tiempo, la sensación de estar sola aunque estuviera rodeada de gente.

—No estás sola, Mariana— me dijo ella— Muchas mujeres pasan por esto. Es depresión posparto. Necesitas ayuda y apoyo.

Me dio un folleto y me recomendó un grupo de apoyo para madres primerizas en la colonia. Dudé en ir; sentía vergüenza. Pero una tarde me animé y llevé a Emiliano en su carriola vieja.

Ahí conocí a otras mujeres: Paola, que tenía gemelos; Lucía, cuyo esposo también pensaba que ella “no hacía nada”; Rosaura, que lloraba porque su familia estaba lejos en Chiapas. Nos abrazamos entre lágrimas y risas nerviosas.

Poco a poco empecé a sentirme menos sola. Aprendí a pedir ayuda sin sentirme culpable. Un día le dije a Julián:

—Necesito que me ayudes más en casa. No puedo sola.

Él bufó al principio, pero cuando vio que empecé a salir más tranquila del grupo de apoyo y que Emiliano reía más seguido, empezó a cambiar poco a poco.

No fue fácil. Tuvimos muchas peleas más. A veces Julián caía en sus viejos hábitos: llegaba tarde, se molestaba si la casa no estaba impecable o si yo no quería tener intimidad porque estaba exhausta.

Pero también hubo pequeños avances: una noche lavó los platos sin que yo se lo pidiera; otro día cambió un pañal aunque hizo caras de asco; incluso fue conmigo al grupo de apoyo para parejas una vez (aunque salió diciendo que “eso era para mujeres”).

Mi mamá empezó a entenderme mejor cuando le conté lo del grupo y le mostré el folleto sobre depresión posparto. Me abrazó fuerte y lloramos juntas por todas las veces que ella también se sintió sola cuando yo era bebé.

Hoy Emiliano tiene seis meses. Ya sonríe mucho y duerme mejor (a veces). Yo he vuelto a trabajar medio tiempo desde casa; extraño la oficina pero agradezco poder estar cerca de mi hijo.

Julián sigue aprendiendo a ser papá presente. No es perfecto; yo tampoco lo soy. Pero ahora hablamos más honestamente sobre lo difícil que es criar un hijo en México cuando todo el mundo espera que las mujeres podamos con todo sin ayuda ni descanso.

A veces todavía escucho esa voz en mi cabeza: “No haces nada”. Pero ahora sé que criar a un hijo es el trabajo más duro del mundo.

Me pregunto: ¿Cuántas mujeres más se sienten así de solas? ¿Cuántos hombres entienden realmente lo que significa ser madre? ¿Por qué nos cuesta tanto pedir ayuda?

¿Y tú? ¿Alguna vez te sentiste invisible dentro de tu propia casa?