No te apresures, Mariana: La huida de una novia ante una familia dominante

—¡Mariana, apúrate! ¿No ves que ya llegó la tía Lucía desde Veracruz?— gritó mi madre desde el pasillo, mientras yo, vestida de blanco y con las manos temblorosas, me miraba al espejo. El maquillaje no lograba ocultar el miedo en mis ojos. Afuera, la casa estaba llena de primos, tías y vecinos; todos esperando ver a la novia perfecta. Pero yo solo sentía un nudo en el estómago.

Mi boda con Diego era el evento del año en nuestro pueblo de Jalisco. Él era el hijo mayor de los Mendoza, una familia conocida por su dinero y su influencia. Desde que empezamos a salir, su madre, doña Carmen, me dejó claro que esperaba mucho de mí. “En esta familia, Mariana, las mujeres saben su lugar”, me dijo la primera vez que fui a cenar a su casa. Yo sonreí, nerviosa, pensando que exageraba. Pero con el tiempo, entendí que no era una advertencia: era una sentencia.

Los meses previos a la boda fueron un desfile de imposiciones. “Ese vestido no es apropiado”, “No puedes invitar a tu prima Laura porque no es de nuestra clase”, “Recuerda que después de casarte debes dejar tu trabajo en la biblioteca”. Diego siempre callaba cuando su madre hablaba. A veces me apretaba la mano bajo la mesa, pero nunca la contradecía. Yo intentaba convencerme de que todo era parte del proceso, que después las cosas mejorarían.

La noche antes de la boda, mi papá se sentó conmigo en el patio. El aire olía a tierra mojada y a bugambilias. “¿Estás segura, hija?”, me preguntó en voz baja. Sentí un escalofrío. “Papá, todos esperan esto de mí…”, respondí sin mirarlo. Él suspiró y me abrazó fuerte. “No vivas para los demás, Mariana”.

Pero esa mañana, entre el bullicio y los nervios, sentí que ya no tenía opción. Mi madre lloraba de emoción; mi hermana menor me ayudaba con el velo; los Mendoza llegaban en camionetas lujosas. Todo estaba listo para la boda perfecta.

Cuando llegué a la iglesia, Diego me esperaba en el altar. Se veía guapo, pero sus ojos estaban llenos de ansiedad. Doña Carmen me miraba desde la primera fila con una sonrisa fría. El sacerdote empezó la ceremonia. “¿Aceptas a Diego como tu esposo…?”. Sentí que el mundo se detenía.

En ese instante, recordé todas las veces que tuve que callar mis opiniones para no incomodar a los Mendoza; las tardes en que lloré porque Diego prefería complacer a su madre antes que defenderme; los sueños que guardé en un cajón porque ‘no eran apropiados para una señora Mendoza’.

Miré a Diego y vi al hombre que amaba, pero también al hijo obediente de una familia que nunca me aceptaría como soy. Vi mi futuro: fiestas elegantes donde tendría que sonreír aunque quisiera llorar; reuniones familiares donde mi voz no importaría; hijos educados para seguir tradiciones que no comparto.

Sentí las lágrimas correr por mis mejillas. El sacerdote repitió la pregunta. Todos esperaban mi respuesta.

—No puedo —dije en voz baja, pero lo suficientemente fuerte para que todos escucharan.

Un murmullo recorrió la iglesia. Mi madre se tapó la boca; doña Carmen se puso de pie, furiosa; Diego palideció.

—¿Qué estás haciendo? —susurró Diego, temblando.

—Perdóname —le dije—. No puedo seguir viviendo una vida que no es mía.

Salí corriendo de la iglesia entre gritos y miradas de reproche. Afuera, el sol brillaba como si nada hubiera pasado. Caminé sin rumbo por las calles empedradas del pueblo hasta llegar al río donde jugaba de niña. Me senté en la orilla y lloré hasta quedarme sin fuerzas.

Esa tarde volví a casa de mis padres. Mi madre no me habló durante días; mi papá solo me abrazó en silencio. Los chismes no tardaron en llegar: “La Mariana dejó plantado al Mendoza”, “Seguro está loca”, “¿Quién va a querer casarse con ella ahora?”.

Pero por primera vez en mucho tiempo, sentí paz.

Las semanas siguientes fueron difíciles. Perdí amigos; algunos familiares dejaron de hablarme; incluso en la tienda del mercado sentía las miradas sobre mí. Pero también descubrí quiénes eran mis verdaderos amigos: Laura vino a verme con una botella de tequila y un abrazo; mi abuela me preparó tamales y me dijo: “Hiciste lo correcto, mija”.

Diego intentó buscarme varias veces. Me escribió cartas pidiéndome perdón por no haberme defendido ante su familia. Me rogó que volviéramos a intentarlo, pero yo ya había tomado mi decisión.

Volví a trabajar en la biblioteca del pueblo y empecé a dar talleres de lectura para niños. Poco a poco recuperé mi voz y mis sueños. Aprendí a estar sola sin sentirme vacía.

Un día, doña Carmen vino a buscarme. Entró a la biblioteca con su porte altivo y sus joyas relucientes.

—Arruinaste el nombre de mi familia —me dijo sin rodeos.

La miré a los ojos y respondí:

—Prefiero arruinar su nombre antes que arruinar mi vida.

Se fue sin decir más.

Hoy han pasado dos años desde aquel día. Sigo soltera y feliz, rodeada de libros y niños curiosos. Mi madre ya me habla otra vez; mi papá está orgulloso de mí; y aunque algunos aún susurran a mis espaldas, ya no me importa.

A veces me pregunto qué habría pasado si hubiera dicho ‘sí’. ¿Sería feliz? ¿O seguiría perdiéndome poco a poco?

¿De verdad solo tenemos una oportunidad para ser felices o siempre podemos elegir empezar de nuevo? ¿Ustedes qué harían si estuvieran en mi lugar?