Mi Padre, Mi Decisión: Una Pregunta Imposible de Perdonar

—¿Vas a dejar que me muera, Camila? —La voz de mi padre retumbó en la sala, tan fría y cortante como siempre. Mi madre, sentada en la esquina, no levantó la mirada. Mi hermano menor, Julián, apretaba los puños bajo la mesa. Yo sentí que el aire se volvía denso, imposible de respirar.

No era la primera vez que mi papá me ponía entre la espada y la pared. Pero esta vez no se trataba de un castigo ni de un grito. Esta vez era su vida la que dependía de mí. Y yo… yo no sabía si quería salvarlo.

Crecí en una casa pequeña en las afueras de Medellín. Mi papá, Ernesto Torres, era conocido en el barrio como un hombre trabajador, pero en casa era otra historia. Los gritos eran el pan de cada día; los golpes, una sombra que nunca se iba. Mi mamá, Lucía, aprendió a callar. Yo aprendí a esconderme. Julián, a hacerse invisible.

Recuerdo una noche en particular. Yo tenía doce años y mi papá llegó borracho. Rompió un vaso contra la pared y me gritó que era una inútil porque saqué un 4 en matemáticas. Esa noche dormí abrazada a mi hermano, jurando que algún día me iría lejos y nunca más volvería.

Pero la vida no es tan sencilla. Cuando terminé el colegio, trabajé en una panadería para ayudar con los gastos. Mi mamá enfermó y yo fui quien la cuidó. Mi papá seguía siendo el mismo: duro, seco, incapaz de pedir perdón.

Hace un año le diagnosticaron insuficiencia renal crónica. Al principio pensé que era un castigo del destino. Pero cuando el médico dijo que necesitaba un trasplante urgente y que yo era compatible… todo cambió.

—Camila, eres su hija —me dijo mi mamá con los ojos llenos de lágrimas—. No puedes negarte.

—¿Y todo lo que nos hizo? ¿Eso no cuenta? —le respondí con rabia contenida.

Julián me apoyaba en silencio. Él tampoco podía olvidar las noches de miedo, los insultos, las veces que mi papá lo empujó contra la pared por cualquier tontería.

La familia empezó a presionarme. Mis tías venían a la casa con rosarios y promesas de oración. «Dios te va a bendecir si ayudas a tu padre», decían. Nadie hablaba del pasado. Nadie preguntaba cómo me sentía yo.

Una tarde, mientras lavaba los platos, mi papá se acercó y me miró como nunca antes: vulnerable, derrotado.

—Sé que no he sido buen padre —murmuró—. Pero te necesito.

Sentí un nudo en la garganta. ¿Era justo que ahora me pidiera esto? ¿Después de todo lo que nos hizo?

Esa noche no dormí. Pensé en mi mamá, en Julián, en mí misma. Pensé en las veces que soñé con una familia diferente. Pensé en el futuro: si le decía que sí, ¿podría perdonarme por salvarlo? Si le decía que no, ¿podría vivir con esa culpa?

Pasaron los días y la presión aumentó. En el trabajo ya no rendía igual; mis amigas notaban que estaba distante. Una tarde, después de cerrar la panadería, me encontré con Laura, mi mejor amiga desde el colegio.

—¿Por qué tienes que cargar tú sola con esto? —me preguntó—. Nadie te pregunta cómo te sientes.

Lloré en sus brazos como no lo hacía desde niña. Me sentí pequeña, rota.

Finalmente llegó el día de la decisión. Nos sentamos todos en la sala: mi papá, mi mamá, Julián y yo. El silencio era insoportable.

—No puedo hacerlo —dije al fin, con la voz temblorosa—. No puedo darte algo tan grande cuando nunca tuviste nada para mí.

Mi mamá rompió a llorar. Julián me abrazó fuerte. Mi papá me miró con odio y tristeza al mismo tiempo.

—Eres una egoísta —escupió—. Vas a cargar con esto toda tu vida.

Me levanté y salí corriendo de la casa. Caminé sin rumbo por las calles del barrio hasta que el sol empezó a caer. Sentí culpa, alivio y miedo al mismo tiempo.

Los días siguientes fueron un infierno. Mis tías dejaron de hablarme; mi mamá apenas me miraba; mi papá se encerró en su cuarto y no volvió a dirigirme la palabra. Julián fue el único que se quedó a mi lado.

Un mes después, mi papá consiguió un donante anónimo gracias a una campaña del hospital. Sobrevivió a la operación, pero nuestra relación quedó rota para siempre.

Hoy vivo sola en un pequeño apartamento en Envigado. Trabajo mucho y veo a Julián cada semana. Mi mamá me llama de vez en cuando, pero ya nada es igual.

A veces me pregunto si tomé la decisión correcta. ¿Era justo sacrificarme por alguien que nunca me protegió? ¿O fui demasiado dura?

¿Ustedes qué habrían hecho en mi lugar? ¿Hasta dónde llega el deber de una hija cuando el amor nunca estuvo presente?