Huéspedes Indeseados: La Noche en que Perdí mi Hogar

—¡¿Por qué están aquí?!— grité, apenas cruzando el umbral de la casa que mi abuela me dejó en el barrio San Martín de Córdoba. El portón estaba apenas entornado, y el eco de voces conocidas, pero no queridas, me heló la sangre antes de verlos.

Mi madre, Lucía, se giró desde la cocina con una sonrisa tensa. A su lado, mi tía Marta y su esposo Rubén, los mismos que hace años intentaron quedarse con la herencia de la abuela, revolvían el mate como si nada. Y ahí estaba también Camila, mi prima, con esa mirada de superioridad que siempre usó para hacerme sentir menos.

—Tranquila, Sofía— dijo mi madre, intentando sonar calmada—. Solo vinieron a conversar.

Pero yo ya sabía que nada bueno podía salir de esa reunión. El recuerdo de la última vez que los vi, discutiendo a gritos por los papeles de la casa mientras la abuela agonizaba en el hospital, me quemaba por dentro.

—¿Conversar?— repetí, sintiendo cómo la rabia me subía por la garganta—. ¿Después de todo lo que hicieron? ¿Después de querer dejarme en la calle?

Rubén se levantó, alzando las manos como si quisiera apaciguarme.

—Sofía, ya pasó mucho tiempo. Todos cometimos errores. Pero ahora las cosas cambiaron. Necesitamos hablar del futuro de esta casa.

Sentí un nudo en el estómago. Sabía lo que eso significaba: otra vez querían arrebatarme lo único que tenía seguro en la vida.

Me apoyé contra la pared, temblando. Afuera, los perros del vecino ladraban y el olor a tierra mojada entraba por las ventanas abiertas. Todo era tan cotidiano y tan ajeno al mismo tiempo.

—¿Y vos qué decís, mamá?— pregunté, buscando en sus ojos alguna señal de apoyo.

Lucía bajó la mirada. —Sofi… es complicado. La situación está difícil para todos. Marta y Rubén están pasando un mal momento y…

—¡Siempre están pasando un mal momento cuando se trata de plata!— la interrumpí, sintiendo que las lágrimas me ardían en los ojos.

Camila bufó desde el sillón.—No seas dramática. La abuela siempre quiso que esta casa fuera para toda la familia.

—¡Mentira!— respondí con voz quebrada—. La abuela me la dejó a mí porque ustedes nunca estuvieron cuando ella más los necesitó.

El silencio se hizo espeso. Marta se levantó despacio y se acercó a mí con esa voz melosa que usaba para manipular a todos.

—Sofía, no queremos pelear. Pero Rubén perdió el trabajo y Camila tiene un bebé en camino. ¿De verdad vas a ser tan egoísta?

Me quedé muda. El peso de la culpa cayó sobre mis hombros como una losa. Siempre fui la oveja negra, la que no encajaba, la que prefería leer antes que salir a bailar con las primas. Pero también fui la única que cuidó a la abuela hasta el final.

—No es justo— susurré—. Esta casa es lo único que tengo.

Rubén se acercó demasiado, su voz baja y amenazante.—Mirá, Sofía. Podemos arreglar esto entre nosotros o podemos ir a juicio. Vos sabés cómo son las cosas acá: los papeles pueden decir una cosa, pero la familia es otra.

Sentí miedo. En Argentina, los juicios familiares pueden durar años y dejarte sin nada mientras tanto. Y yo apenas tenía para pagar las cuentas.

Salí corriendo al patio, buscando aire. El limonero que planté con la abuela seguía ahí, testigo silencioso de todas nuestras peleas y reconciliaciones. Me senté en el banco de cemento y lloré como una nena.

De pronto sentí una mano en el hombro. Era mi hermano menor, Tomás, que había llegado sin hacer ruido.

—Sofi… ¿qué vas a hacer?

Lo miré con desesperación.—No sé, Tomi. No quiero perder esto. No quiero perder lo único que me queda de ella.

Él suspiró.—Yo tampoco confío en ellos. Pero mamá está asustada… y vos sabés cómo es cuando Marta empieza a presionar.

Me limpié las lágrimas y miré el cielo gris.—¿Por qué siempre tengo que ser yo la fuerte? ¿Por qué nadie más puede enfrentarlos?

Tomás me abrazó.—Porque vos sos la única que no les debe nada.

Esa noche no dormí. Escuchaba las voces apagadas desde mi cuarto mientras discutían sobre números y posibilidades. Pensé en irme, en dejarles todo y empezar de cero en otro lado. Pero algo dentro mío se rebeló: ¿por qué tenía que ser yo la que huye?

Al día siguiente, me senté frente a ellos con los papeles de la casa en la mano.

—No voy a dejarme intimidar— dije con voz firme—. Si quieren pelear por esto, vamos a pelear. Pero no voy a regalarles lo único que me pertenece por derecho y por amor.

Marta me miró con odio disfrazado de lástima.—Sos igualita a tu abuela: terca hasta el final.

Asentí.—Y orgullosa de serlo.

Durante semanas vivimos en tensión. Mi madre lloraba todas las noches; Tomás trataba de mediar; Rubén hacía llamadas misteriosas; Camila me ignoraba por completo. Los vecinos empezaron a murmurar: «La familia Gómez otra vez peleando por plata».

Un día recibí una carta del juzgado: Marta había iniciado una demanda para dividir la propiedad. Sentí que el piso se abría bajo mis pies. Llamé a Tomás llorando; él vino corriendo desde su trabajo en el taller mecánico.

—No te van a ganar fácil— me dijo—. Yo te ayudo con lo que pueda.

Pero sabía que sería una batalla larga y solitaria.

En medio del caos, encontré fuerzas donde menos lo esperaba: en los recuerdos con mi abuela, en las tardes de mate bajo el limonero, en las historias que ella me contaba sobre cómo sobrevivió al abandono y al hambre cuando era joven en el campo cordobés.

Empecé a trabajar más horas en el hospital donde soy enfermera; ahorré cada peso; busqué asesoría legal gratuita; hablé con vecinos que conocían bien nuestra historia familiar y estaban dispuestos a testificar si hacía falta.

La pelea judicial duró casi dos años. Perdí amigos; mi relación con mamá quedó rota; Tomás tuvo que mudarse porque no aguantaba más el ambiente tóxico. Pero yo resistí.

El día que recibí el fallo del juez sentí una mezcla de alivio y tristeza: la casa seguía siendo mía, pero ya nada era igual. Marta y Rubén dejaron de hablarme; Camila me bloqueó en todas partes; mamá se fue a vivir con una amiga porque no soportaba verme todos los días recordándole su propia cobardía.

Me quedé sola entre paredes llenas de recuerdos y cicatrices invisibles. Pero también descubrí algo nuevo: una fuerza interior capaz de resistir cualquier tormenta.

Hoy cuido mi hogar como un tesoro frágil pero mío. A veces extraño a mi familia; otras veces agradezco el silencio y la paz después de tanta guerra interna.

¿Vale la pena luchar por lo que uno ama aunque eso signifique perderlo todo? ¿O hay batallas familiares que simplemente no tienen ganadores? Los leo…