Cuando el corazón no puede perdonar: Mi huida con mi bebé y la lucha por mi dignidad
—¡No me mires así, Mariana! —gritó Julián desde la cocina, mientras yo sostenía a Emiliano, que apenas tenía tres meses y lloraba desconsolado en mis brazos. El eco de su voz rebotó en las paredes de nuestro pequeño departamento en Ciudad de México, mezclándose con el llanto de mi hijo y el temblor de mi propio corazón.
No era la primera vez que sentía ese frío en el pecho, ese vacío que se abría cada vez que Julián me lanzaba una mirada cargada de desprecio o, peor aún, de absoluta indiferencia. Había dejado de hablarme con cariño desde hacía meses, desde que el embarazo se volvió complicado y yo necesitaba más apoyo. Pero él solo se encerraba en su mundo, salía a trabajar y regresaba tarde, como si la vida aquí dentro no le importara.
—¿Por qué no puedes ayudarme un poco? —le pregunté una noche, agotada, mientras Emiliano lloraba sin parar y yo apenas podía mantenerme en pie.
—Estoy cansado, Mariana. ¿No puedes con esto tú sola? —respondió sin mirarme siquiera.
Esa noche lloré en silencio, abrazando a mi hijo. Pensé en mi mamá, en Veracruz, y en cómo ella siempre decía que una mujer debía ser fuerte, pero también sabía cuándo era momento de irse. «No te quedes donde no te quieren, hija», me repetía en mis sueños.
Los días se volvieron grises. Julián ya ni siquiera fingía interés. Yo me sentía invisible, como si fuera un mueble más en la casa. A veces me preguntaba si era yo la culpable, si había hecho algo mal. Pero cuando veía a Emiliano dormir, tan indefenso, sentía una fuerza dentro de mí que no sabía que existía.
Una tarde, mientras lavaba los platos con una mano y sostenía a Emiliano con la otra, escuché a Julián hablar por teléfono en voz baja. No entendí todo lo que decía, pero capté palabras sueltas: «no aguanto más», «ella está loca», «quiero irme». Sentí un nudo en la garganta. ¿Era posible que él también quisiera huir? ¿O ya lo estaba haciendo?
Esa noche no pude dormir. Me levanté varias veces para ver a Emiliano y pensar. Recordé a mi amiga Lucía, que había escapado de una relación parecida y ahora vivía con su hermana en Puebla. «No es fácil, pero es posible», me había dicho cuando le conté mis miedos por WhatsApp.
Al día siguiente, mientras Julián estaba en el trabajo, empaqué lo esencial: pañales, ropa para Emiliano, mis documentos y algo de dinero que había ahorrado vendiendo postres a las vecinas. Llamé a Lucía.
—¿De verdad puedo irme contigo? —le pregunté con voz temblorosa.
—Claro que sí, Mariana. No estás sola —me respondió sin dudar.
El corazón me latía tan fuerte que sentí que iba a desmayarme. Salí del departamento con Emiliano dormido en el portabebés y bajé las escaleras sin mirar atrás. Afuera llovía, pero no me importó. Tomé un taxi hasta la terminal y compré dos boletos para Puebla: uno para mí y otro para mi hijo.
Durante el viaje, miré por la ventana las luces de la ciudad alejándose y sentí una mezcla de miedo y alivio. ¿Estaba haciendo lo correcto? ¿Cómo iba a empezar de nuevo sin nada? Pero cuando Emiliano abrió los ojos y me miró con esa inocencia absoluta, supe que no podía volver atrás.
En Puebla, Lucía me recibió con los brazos abiertos. Su hermana nos hizo espacio en su pequeño departamento y esa noche dormí por primera vez en meses sin miedo ni lágrimas. Pero la tranquilidad duró poco.
A los pocos días, Julián comenzó a llamarme insistentemente. Al principio ignoré sus llamadas, pero luego empezó a mandar mensajes amenazantes: «Vas a arrepentirte», «No puedes llevarte a mi hijo así». Sentí terror. ¿Y si venía por nosotros? ¿Y si me quitaba a Emiliano?
Lucía me acompañó al DIF para pedir ayuda legal. Me temblaban las manos mientras explicaba mi situación: «No hubo golpes, pero sí mucho desprecio… mucha soledad». La trabajadora social me miró con compasión y me explicó mis derechos. Me ayudaron a tramitar una orden de restricción temporal y a iniciar el proceso para la custodia.
Las semanas siguientes fueron una montaña rusa emocional. Extrañaba mi casa, mis cosas… incluso a Julián, o al menos al hombre del que alguna vez me enamoré. Pero cada vez que dudaba, Lucía me recordaba: «No te fuiste por cobarde; te fuiste por valiente».
Un día recibí una llamada inesperada: era mi mamá desde Veracruz.
—Hija, ¿estás bien? —su voz sonaba preocupada pero firme.
—Sí, mamá… estoy tratando de estar bien —le respondí entre lágrimas.
—Aquí tienes tu casa si quieres venirte —me dijo—. No importa lo que digan los vecinos ni tu tía Rosa; lo importante eres tú y tu hijo.
Sentí un calorcito en el pecho después de mucho tiempo. Decidí irme a Veracruz unas semanas para sanar y pensar mejor las cosas. Allá encontré el apoyo de mi familia y poco a poco fui recuperando fuerzas.
Julián siguió intentando contactarme, pero ya no tenía poder sobre mí. Aprendí a poner límites y a defender lo poco o mucho que tenía: mi dignidad y la seguridad de mi hijo.
Hoy escribo esto desde la casa de mi mamá, viendo cómo Emiliano juega con sus primos bajo el sol del patio trasero. No sé qué será del futuro; aún tengo miedo algunas noches y todavía duele recordar lo que perdí. Pero también sé que tomé la decisión correcta.
A veces me pregunto: ¿cuántas mujeres más viven atrapadas en relaciones donde el amor se ha vuelto indiferencia? ¿Cuántas callan por miedo o vergüenza? Si tú estás leyendo esto y sientes ese frío en el alma… ¿qué te detiene para buscar tu propia libertad?