La dirección equivocada de la venganza
—¿Por qué tardaste tanto, Julián? —le pregunté apenas cruzó la puerta, empapado por la lluvia y con el rostro desencajado.
No contestó. Dejó caer la bolsa del supermercado en la mesa y se quedó parado, mirando el suelo. Yo sentí un escalofrío recorrerme la espalda. Había algo distinto en su silencio, algo más pesado que el cansancio de un día largo en la oficina de la municipalidad.
—¿Todo bien? —insistí, acercándome.
—Me equivoqué de dirección —susurró, como si confesara un crimen.
No entendí. Pensé que hablaba de las compras, pero entonces vi que en la bolsa había una caja de bombones y una carta con mi nombre… pero no era mi letra. El corazón me dio un vuelco.
—¿Qué es esto?
Julián levantó la cabeza y sus ojos brillaban de rabia contenida.
—Era para ti. Pero la dejé en el buzón de la casa equivocada. La señora Marta, la vecina del 12, me la devolvió. Dijo que no era para ella.
Sentí una punzada de vergüenza y de miedo. Marta era famosa en el barrio por su lengua afilada. Si había leído la carta, pronto todo el conjunto sabría que Julián intentaba disculparse conmigo por algo que ni yo sabía.
—¿Por qué me pides perdón? —pregunté, tratando de controlar el temblor en mi voz.
Julián apretó los puños. —Por los celos. Por pensar cosas que no son. Por dejarme llevar por lo que dicen los demás…
Ahí lo entendí todo. Desde hace meses, Julián había cambiado. Ya no era el hombre risueño y confiado que conocí en la universidad de San Marcos. Ahora se le notaba tenso, vigilante. Cada vez que hablaba con algún vecino —sobre todo con Ernesto, el panadero—, su mirada se oscurecía.
Nuestra historia era conocida en todo el barrio de Barranco: nos casamos jóvenes, contra la voluntad de mi madre, que decía que Julián era demasiado humilde para mí. Pero juntos habíamos construido una vida sencilla y feliz. Siete años sin peleas graves, sin secretos… hasta ahora.
—¿Qué te dijeron esta vez? —pregunté, cansada de las habladurías.
Julián se sentó y se tapó la cara con las manos.
—Que te vieron salir del café con Ernesto. Que te reías mucho…
Solté una carcajada amarga. —¡Fui a buscar pan! Ernesto me regaló un café porque se le quemaron los bollos y no quería tirarlos. ¿Eso es todo?
Julián no respondió. El silencio se hizo espeso entre nosotros. Afuera, la lluvia golpeaba los techos de calamina y los perros ladraban a lo lejos.
Esa noche dormimos espalda con espalda. Yo no podía dejar de pensar en cómo una simple confusión —una dirección equivocada— podía desatar una tormenta tan grande.
Al día siguiente, el barrio era un hervidero de rumores. Marta me miró con lástima cuando salí a comprar leche. Sentí las miradas clavadas en mi espalda mientras cruzaba la calle. En la tienda, doña Rosa murmuró algo sobre «cartas perdidas» y «matrimonios en crisis».
Cuando volví a casa, Julián estaba sentado en el patio, mirando las plantas marchitas que nunca tenía tiempo de regar.
—¿Vale la pena esto? —le pregunté desde la puerta.
Él levantó la vista, con los ojos rojos.
—No sé cómo dejar de sentirlo —admitió—. No sé cómo confiar cuando todos parecen disfrutar viendo cómo nos caemos.
Me senté a su lado y tomé su mano.
—¿Recuerdas cuando no teníamos nada? Cuando dormíamos en un colchón en el suelo y soñábamos con tener una casa propia…
Julián asintió, apretando mi mano con fuerza.
—Entonces no nos importaba lo que dijeran los demás —dije—. ¿Por qué ahora sí?
Él suspiró hondo.
—Porque ahora tengo miedo de perderte. Porque ahora sé lo que vales… y sé que cualquiera podría querer lo mismo que yo tengo.
Me dolió escucharlo así: tan vulnerable, tan distinto al hombre seguro que me enamoró bailando salsa en una fiesta universitaria.
Los días pasaron lentos. Los rumores crecían como maleza después de la lluvia. Ernesto dejó de saludarme; su esposa me miraba con odio cada vez que pasaba frente a su panadería. Mi madre llamó desde Huancayo para preguntarme si era cierto que Julián me había echado de casa (¡ni siquiera había salido a tirar la basura!).
Una tarde, mientras lavaba los platos, escuché a Julián hablando por teléfono en voz baja:
—No puedo más… No sé si seguir así…
Sentí un nudo en el estómago. ¿A quién le hablaba? ¿A su madre? ¿A un amigo? ¿A otra mujer?
Esa noche lo enfrenté:
—¿Quieres dejarme?
Julián me miró como si le hubiera dado una bofetada.
—¡No! Pero tampoco quiero vivir dudando todos los días…
Me senté frente a él y le hablé con el corazón en la mano:
—Yo tampoco quiero vivir así. Si no confías en mí, dime ahora mismo y me voy. No voy a mendigar amor ni confianza.
Lloramos juntos esa noche. Lloramos por todo lo perdido: la inocencia, la tranquilidad, la fe ciega en el otro. Pero también lloramos por lo que aún quedaba: el cariño profundo, los recuerdos compartidos, las ganas de luchar contra todo y todos.
Poco a poco, fuimos reconstruyendo nuestra relación. Hablamos más, salimos juntos aunque nos miraran raro en el barrio, ignoramos los chismes y aprendimos a reírnos de nuestras propias torpezas (como aquella vez que Julián confundió el azúcar con sal e hizo un arroz imposible de comer).
Pero algo había cambiado para siempre. La herida seguía ahí, recordándonos lo frágil que puede ser el amor cuando se deja contaminar por el veneno de los celos y las palabras ajenas.
Hoy, después de todo lo vivido, me pregunto: ¿cuántos matrimonios se rompen por culpa de terceros? ¿Cuántas veces dejamos que los errores pequeños —como una dirección equivocada o un comentario malintencionado— destruyan años de amor?
¿Ustedes también han sentido alguna vez ese miedo irracional a perder lo que más aman? ¿Cómo aprendieron a confiar otra vez?