Luz entre las sombras: Mi fe en medio del dolor

—¡Mamá, por favor, no te duermas! —grité, con la voz quebrada, mientras sostenía su mano fría en la penumbra de nuestra pequeña casa en el barrio San Martín, en las afueras de Medellín. El reloj marcaba las dos de la madrugada y el silencio era tan denso que podía escuchar el latido acelerado de mi propio corazón. Afuera, los perros ladraban y una sirena lejana recordaba que la ciudad nunca duerme, ni siquiera cuando uno siente que el mundo se detiene.

Mi nombre es Camila Restrepo y esa noche, a mis diecisiete años, sentí que la vida me estaba poniendo a prueba. Mi mamá, Lucía, llevaba semanas enferma. Primero fue una tos persistente, luego fiebre y, finalmente, ese cansancio que la obligó a quedarse en cama. El hospital público estaba saturado y no teníamos dinero para una clínica privada. Mi papá nos había dejado cuando yo tenía ocho años y desde entonces éramos solo ella, mi hermano menor Mateo y yo.

—Cami, ¿mamá va a estar bien? —preguntó Mateo desde la puerta, frotándose los ojos con las manos pequeñas.

No supe qué responderle. Sentí un nudo en la garganta. No podía mostrarle mi miedo, así que le sonreí con ternura forzada.

—Claro que sí, Mati. Dios está con nosotros —le dije, aunque por dentro dudaba si realmente Él nos escuchaba.

Esa noche me arrodillé al lado de la cama de mi mamá y recé como nunca antes lo había hecho. No pedí riquezas ni milagros imposibles; solo pedí fuerza para no derrumbarme y sabiduría para saber qué hacer. «Señor, no me abandones ahora», susurré entre lágrimas.

Al día siguiente, fui a buscar a mi mejor amiga, Valeria. Ella vivía unas cuadras más arriba, en una casa igual de humilde pero llena de alegría. Cuando le conté lo que pasaba, me abrazó fuerte.

—Cami, no estás sola. Vamos a rezar juntas —me dijo con esa convicción que siempre me asombraba.

Esa tarde, Valeria reunió a otras dos amigas del colegio y entre las cuatro hicimos una cadena de oración. Cada una aportó lo poco que tenía: una llevó arroz, otra un poco de leche en polvo. Yo sentí una mezcla de vergüenza y gratitud; nunca me había gustado pedir ayuda, pero esa vez no tenía opción.

Los días siguientes fueron un torbellino de emociones. Mi mamá empeoraba y yo debía faltar al colegio para cuidarla y atender a Mateo. A veces sentía rabia con Dios: ¿por qué nos tocaba tan duro? ¿Por qué a nosotros? Pero cada vez que el miedo me paralizaba, recordaba las palabras de Valeria: «La fe mueve montañas».

Una tarde, mientras lavaba ropa en el patio, escuché a mi mamá murmurar algo. Corrí a su lado y ella me miró con los ojos vidriosos.

—No te preocupes por mí, hija. Dios proveerá —susurró débilmente.

Sentí un dolor agudo en el pecho. ¿Y si no era así? ¿Y si Dios se olvidaba de nosotras?

Esa noche, después de acostar a Mateo, salí al andén y miré las luces lejanas del centro de Medellín. Me sentía tan pequeña frente a la inmensidad del universo… Pero entonces recordé una frase que mi abuela repetía: «Cuando todo parece oscuro, es porque la luz está por llegar».

Al día siguiente, Valeria llegó corriendo con una noticia:

—¡Cami! Hablé con mi tía que trabaja en el hospital San Vicente y consiguió que un médico venga a ver a tu mamá esta tarde.

No pude evitar llorar de alivio. Esa tarde llegó el doctor Ramírez, un hombre amable con acento costeño. Revisó a mi mamá y nos explicó que tenía una neumonía avanzada pero que con tratamiento podría recuperarse.

—No se preocupen por el dinero —dijo—. Yo mismo traeré los medicamentos básicos.

Por primera vez en semanas sentí esperanza. Esa noche recé otra vez, pero esta vez para dar gracias.

El tratamiento fue largo y hubo días en los que parecía que nada mejoraba. A veces me desesperaba ver cómo los ahorros se iban en medicamentos y comida básica. Mateo preguntaba por qué no podía ir al parque como antes o por qué cenábamos solo arroz con huevo.

—Mati, ahora estamos pasando por una tormenta —le expliqué una noche—. Pero después siempre sale el sol.

Poco a poco mi mamá empezó a mejorar. Volvió a sonreír y hasta logró levantarse para ayudarnos con las tareas del hogar. La casa volvió a llenarse de ese olor a café recién hecho que tanto extrañaba.

Un domingo fuimos juntas a misa para dar gracias. Al salir, mi mamá me tomó la mano:

—Cami, nunca pierdas la fe. Dios escucha hasta los susurros más silenciosos —me dijo con lágrimas en los ojos.

Esa frase se quedó grabada en mi corazón. Aprendí que la fe no es solo rezar cuando todo va mal; es confiar incluso cuando parece imposible seguir adelante. Aprendí también el valor de la amistad verdadera y la importancia de pedir ayuda cuando uno ya no puede más solo.

Hoy mi mamá está sana y yo terminé el colegio gracias a una beca que conseguí por mis buenas notas. Mateo sueña con ser médico para ayudar a otros niños como ayudaron a nuestra familia. Y yo… yo sigo creyendo en el poder de la oración y en esa luz que siempre aparece cuando más oscura es la noche.

A veces me pregunto: ¿cuántos más estarán pasando por noches oscuras sin saber que la luz puede estar más cerca de lo que imaginan? ¿Cuántas veces dejamos de pedir ayuda por orgullo o miedo? ¿Y si todos nos uniéramos en oración y solidaridad como hicieron mis amigas conmigo?

¿Ustedes también han sentido esa oscuridad? ¿Qué les ayudó a encontrar su propia luz?