Boleto sin regreso: La historia de Zulema y su hija Sofía
—¡Sofía, apúrate! Si el jefe nos ve, me va a regañar otra vez —susurró mi mamá mientras me empujaba detrás del carrito de sábanas limpias. Yo tenía siete años y ya sabía que debía caminar en puntitas, sin hacer ruido sobre las alfombras rojas del Hotel Imperial. Me fascinaban los relojes dorados en el vestíbulo, cada uno marcando una hora distinta: Nueva York, Buenos Aires, Madrid. Me preguntaba si en esos lugares también había niñas como yo, escondidas tras las cortinas mientras sus mamás limpiaban habitaciones ajenas.
A veces, cuando mamá se distraía, yo me escapaba al gran espejo del ascensor. Me miraba y jugaba a ser una princesa perdida en un castillo de cristal. Pero la realidad siempre volvía rápido: el olor a cloro, el cansancio en los ojos de mamá, el miedo a que el gerente nos descubriera y la despidiera. «Sofía, prométeme que nunca vas a dejar que te traten como a mí», me decía mientras doblaba toallas con manos temblorosas.
Mi papá nos había dejado cuando yo tenía tres años. Nunca pregunté mucho; mamá cambiaba de tema o se le llenaban los ojos de lágrimas. «Se fue al norte a buscar trabajo», decían mis tías en Iztapalapa, pero yo sabía que era mentira. En casa solo quedábamos nosotras dos y la abuela Rosa, que vendía tamales en la esquina para ayudarnos con la renta.
Una tarde lluviosa, mientras mamá limpiaba la suite presidencial, escuchamos gritos en el pasillo. Era el gerente, don Ernesto, discutiendo con una huésped extranjera. «¡No quiero ver a esa niña aquí otra vez!», gritó señalándome. Mamá se puso pálida. Esa noche lloró en silencio mientras yo fingía dormir. Al día siguiente no me llevó al hotel; me dejó con la abuela y salió temprano, sin despedirse.
Pasaron semanas así. Yo extrañaba el hotel: los pasillos silenciosos, los relojes misteriosos, los caramelos que me regalaba la recepcionista peruana. Pero también sentía culpa. ¿Era mi culpa que mamá estuviera triste? ¿Que ya no quisiera hablarme de sus sueños?
Un domingo cualquiera, mamá llegó con una noticia que cambiaría todo:
—Sofía, nos vamos a ir de aquí. Tengo un boleto para Monterrey. Allá hay trabajo y una amiga que nos va a ayudar.
No entendí mucho. Solo sabía que dejaríamos atrás la casa de la abuela, la escuela donde aprendí a leer y los juegos en la azotea con mis primos. La abuela lloró y me abrazó fuerte: «Cuídate mucho, mi niña. No dejes que nadie te apague la luz».
El viaje fue largo y silencioso. Mamá miraba por la ventana del autobús con los ojos perdidos. Yo apretaba mi muñeca de trapo y pensaba en los relojes del hotel: ¿qué hora sería ahora en Madrid? ¿Y si papá estaba allá?
En Monterrey todo era distinto: el calor pegajoso, el acento de la gente, las montañas recortando el cielo. Mamá empezó a trabajar en una fábrica de costura; yo me quedaba sola en un cuarto pequeño, escuchando los gritos de los vecinos y soñando con volver a casa.
Los meses pasaron lentos. Mamá llegaba tarde, cansada y con las manos llenas de agujas invisibles. A veces discutía por teléfono con su amiga Lucía sobre el pago o sobre los papeles que nunca llegaban. Yo empecé a faltar a la escuela porque no tenía uniforme ni dinero para el camión.
Una noche escuché a mamá llorar en el baño. Me acerqué despacio y la vi sentada en el suelo, abrazando sus rodillas.
—¿Por qué estamos aquí, mamá? —pregunté con voz temblorosa.
Ella me miró con los ojos rojos:
—Porque aquí hay futuro, Sofía… aunque todavía no lo veamos.
Pero yo no veía nada más que paredes grises y promesas rotas.
Un día recibimos una carta de la abuela Rosa: estaba enferma y nos extrañaba mucho. Mamá guardó la carta en un cajón y no dijo nada. Pero yo empecé a soñar con volver a Ciudad de México, aunque fuera solo para abrazarla una vez más.
Las cosas empeoraron cuando despidieron a mamá por reclamar su salario atrasado. Nos quedamos sin dinero para pagar la renta y tuvimos que mudarnos a un cuarto aún más pequeño, compartiendo baño con otras familias migrantes de Oaxaca y Honduras. Allí aprendí lo que era tener hambre de verdad.
Una tarde encontré a mamá sentada frente a la ventana, mirando las luces lejanas del cerro:
—¿Te arrepientes de habernos venido? —le pregunté.
Ella suspiró:
—A veces sí… pero si no lo hubiera intentado, nunca sabría si podríamos tener algo mejor.
Esa noche soñé con los relojes del hotel marcando horas imposibles; uno se detuvo justo cuando mamá me abrazó fuerte.
Un día recibimos una llamada: la abuela Rosa había muerto. Mamá cayó de rodillas y gritó como nunca antes la había escuchado. Yo sentí que algo dentro de mí se rompía para siempre.
No pudimos regresar al entierro; no había dinero ni para el camión. Mamá pasó semanas sin salir del cuarto, apenas comiendo. Yo salía a buscar pan duro o alguna fruta caída en el mercado.
Una tarde cualquiera, mientras veía por la ventana cómo jugaban otros niños en la calle polvorienta, entendí que nuestra vida era como esos relojes del hotel: siempre marcando horas distintas, siempre esperando algo que nunca llega.
A veces pienso en todo lo que perdimos por buscar un futuro mejor: la familia, los amigos, los recuerdos felices. Pero también sé que mi mamá hizo todo por amor… aunque ese amor doliera tanto como un boleto sin regreso.
Ahora tengo quince años y trabajo limpiando casas para ayudarla. Sigo soñando con volver algún día al hotel Imperial y ver mi reflejo en aquel gran espejo dorado. Quizás entonces entienda por qué algunas puertas se cierran para siempre…
¿Ustedes creen que vale la pena dejarlo todo por un sueño? ¿O hay heridas que nunca sanan cuando tomamos un boleto sin regreso?