Un corazón de madre roto: El sacrificio de Mariana y la traición inesperada
—¡No me mires así, Emiliano!— grité, con la voz quebrada y las manos temblorosas mientras sostenía la carta del juzgado. El eco de mi grito rebotó en las paredes descascaradas de nuestro departamento en Villa Lugano. Mi hijo, con apenas dieciséis años, me miraba con una mezcla de rabia y miedo. Sofía, mi nena de doce, se escondía detrás de la puerta, como si pudiera desaparecer del mundo.
Nunca imaginé que mi vida terminaría así: sola, luchando contra el reloj y la pobreza, después de que Ricardo, mi exmarido, nos dejara por otra mujer. Él se fue una tarde cualquiera, llevándose hasta el último peso de la cuenta y dejándome con dos hijos y una montaña de deudas. Desde entonces, cada día era una batalla: conseguir trabajo limpiando casas, estirar la plata para que alcanzara hasta fin de mes, y sobre todo, proteger a mis hijos de un barrio donde la violencia era tan común como el mate en la mesa.
Esa mañana, la carta del juzgado me cayó como un balde de agua fría: Ricardo pedía la custodia compartida. Decía que yo no podía darles lo que necesitaban. ¿Qué sabía él del hambre? ¿De las noches sin dormir por miedo a los tiros en la esquina? ¿De las veces que me quedé sin comer para que ellos tuvieran algo en el plato?
—Mamá, ¿vas a dejar que papá nos lleve?— preguntó Sofía con voz temblorosa.
—No, mi amor. Nadie los va a separar de mí— le respondí, aunque por dentro sentía que el piso se abría bajo mis pies.
Esa noche, mientras Emiliano salía a buscar trabajo en el supermercado del barrio y Sofía hacía la tarea bajo la luz tenue de una vela (la luz estaba cortada por falta de pago), lloré en silencio. Me sentía derrotada. ¿Cómo podía luchar contra un sistema que siempre favorecía al que tenía más plata?
Al día siguiente, fui a ver a mi hermana Lucía. Ella vivía en un barrio mejor, tenía un marido que la cuidaba y dos hijos sanos. Apenas crucé la puerta, sentí el olor a guiso y el calor del hogar que yo ya no tenía.
—Mariana, tenés que dejar el orgullo. Dejá que Ricardo te ayude— me dijo Lucía mientras me servía un plato de comida.
—¿Ayudarme? ¡Él nos abandonó! Ahora quiere quedar como el buen padre porque le conviene— le respondí con bronca.
Lucía suspiró y bajó la mirada. —Pensá en los chicos. No pueden seguir así.
Salí de su casa sintiéndome más sola que nunca. Esa noche, Emiliano no volvió a casa hasta muy tarde. Cuando entró, traía los ojos rojos y una herida en la ceja.
—¿Qué te pasó?— le pregunté asustada.
—Nada, mamá. Unos pibes me quisieron robar el celular. No pasó nada— mintió.
Pero yo sabía que sí había pasado. Sabía que cada día era una ruleta rusa para él. Y entonces empecé a dudar: ¿y si Lucía tenía razón? ¿Y si yo estaba siendo egoísta?
Pasaron los días y la presión aumentaba. Ricardo insistía con los abogados. Yo no podía pagar uno bueno; él sí. Una tarde, después de una discusión feroz con Emiliano (me gritó que estaba cansado de vivir así), me encerré en el baño y lloré hasta quedarme sin lágrimas.
Fue entonces cuando tomé una decisión que cambiaría todo: acepté la propuesta de Ricardo de que los chicos pasaran unos meses con él en su casa nueva en San Isidro. Lo hice pensando en su seguridad, en su futuro… pero sentí que me arrancaban el corazón del pecho.
El día que se fueron, Sofía lloraba abrazada a mí.
—No quiero irme, mamá. No quiero dejarte sola.
—Es solo por un tiempo, mi amor. Vas a estar bien— le mentí.
Emiliano no me miró a los ojos. Solo dijo:
—Ojalá algún día puedas perdonarme por irme.
Me quedé sola en ese departamento vacío, escuchando el silencio más cruel de mi vida. Las paredes parecían cerrarse sobre mí. Me preguntaba si había hecho lo correcto o si había traicionado todo lo que juré proteger.
Pasaron semanas sin noticias. Ricardo no me dejaba hablar mucho con ellos; decía que era mejor así para su adaptación. Empecé a sentir una rabia sorda mezclada con culpa y desesperación. Una tarde, Lucía vino a verme y me encontró hecha un ovillo en la cama.
—Mariana, tenés que pelear por tus hijos— me dijo firme.— No podés dejarte vencer así.
Pero yo ya no sabía cómo pelear ni contra quién. ¿Contra Ricardo? ¿Contra el sistema? ¿Contra mi propia culpa?
Un día recibí una carta de Sofía. Decía:
“Mamá, te extraño mucho. Papá tiene una casa grande y hay comida rica todos los días, pero no es lo mismo sin vos. Emiliano está raro; casi no habla conmigo. Yo solo quiero volver.”
Leí esa carta mil veces. Lloré hasta quedarme dormida abrazada al papel.
Hoy sigo luchando para recuperar a mis hijos. Trabajo más horas que nunca y ahorro cada peso para pagar un buen abogado. Pero cada noche me pregunto si algún día podré reparar este corazón roto o si mis hijos podrán perdonarme por haberlos dejado ir.
¿Hasta dónde puede llegar el amor de una madre antes de romperse? ¿Cuántas veces puede uno traicionar sus propios principios antes de perderse para siempre?