Decisión en la encrucijada: Cuando el dinero no lo es todo
—¡No puedes vender lo que no te pertenece, mamá!— grité, con la voz quebrada, mientras el sol caía a plomo sobre los surcos de maíz. Mi madre, doña Teresa, me miró con esos ojos cansados de tantas cosechas y silencios. Mi hermano Julián, siempre tan callado, apretaba los puños junto a la cerca de alambre oxidado.
La noticia había caído como tormenta en pleno abril: una empresa extranjera quería comprar nuestras tierras para construir un parque industrial. Ofrecían millones de pesos, más dinero del que habíamos visto en tres generaciones. Mi padre, don Ernesto, apenas podía caminar desde el accidente en la milpa, pero su voz retumbó en la cocina esa noche:
—Esa tierra es nuestra historia. Aquí nacieron tus abuelos, Mariana. Aquí enterramos a tus hermanos.
Pero Julián no pensaba igual. —¿Y de qué nos sirve la historia si no tenemos futuro?— me dijo una tarde, mientras mirábamos el campo desde la vieja camioneta Ford. —Con ese dinero podríamos irnos a la ciudad, estudiar, dejar de rompernos la espalda.
Yo sentía el corazón partido. Recordaba las fiestas patronales, los domingos de misa y los juegos entre los surcos con mis primos. Pero también recordaba las noches de hambre, las cuentas sin pagar, el miedo a que la sequía nos dejara sin nada.
La noticia corrió rápido por San Miguel del Río. Los vecinos venían a preguntar, algunos con envidia, otros con preocupación. Don Ramiro, el más viejo del pueblo, me detuvo en la tienda:
—No vendas, hija. El dinero se va, pero la tierra queda.
Pero mi madre ya había empezado a soñar con una casa nueva y medicinas para mi padre. —Es nuestra oportunidad, Mariana— me decía en voz baja, como si temiera que la tierra misma la escuchara.
Las discusiones se volvieron rutina. Una noche, Julián estalló:
—¡Siempre piensan en los muertos! ¿Y nosotros qué? ¿Vamos a seguir aquí esperando a que todo se muera?
Me dolía verlo así. Era mi hermano menor, el que siempre cuidé cuando mamá estaba en el campo. Ahora parecía un extraño, con los ojos llenos de rabia y esperanza.
Un día llegó el ingeniero Suárez, representante de la empresa. Traía papeles relucientes y promesas de progreso. Nos sentamos todos en la mesa grande, la misma donde mi abuela amasaba tortillas.
—Con este trato tendrán seguridad para toda la vida— dijo sonriendo.
Mi padre apenas lo miró. —¿Y qué va a pasar con los que trabajan aquí? ¿Con los jornaleros?— preguntó.
El ingeniero encogió los hombros. —Habrá empleos nuevos. El pueblo crecerá.
Pero yo veía el brillo frío en sus ojos. No le importábamos nosotros; solo quería la tierra.
Esa noche no dormí. Salí al patio y miré las estrellas sobre los cerros. Sentí miedo. Miedo de perderlo todo: la tierra, mi familia, mi identidad.
Al día siguiente, Julián ya había firmado su parte. Mi madre dudaba, pero la presión era mucha. Yo era la única que faltaba.
Mi novio, Andrés, me buscó al atardecer. —¿Qué vas a hacer?— me preguntó, tomándome las manos.
—No sé— le respondí con lágrimas. —Si vendo, traiciono a mi padre y a todo lo que somos. Si no vendo, condeno a mi familia a seguir sufriendo.
Andrés me abrazó fuerte. —A veces hay que perder para ganar algo más grande— susurró.
Pasaron días de tensión insoportable. Mi madre dejó de hablarme; Julián apenas me miraba. El pueblo murmuraba a mis espaldas.
Una tarde encontré a mi padre sentado bajo el mezquite viejo. Me acerqué y me senté junto a él.
—Papá…
Él me tomó la mano con fuerza sorprendente para su edad.
—Mariana, yo ya viví mi vida aquí. Pero tú tienes derecho a decidir tu camino. Solo te pido una cosa: no olvides quién eres ni de dónde vienes.
Lloré como niña en sus brazos.
Al día siguiente reuní a todos en la cocina. Mi voz temblaba pero hablé claro:
—No voy a firmar. No puedo vender lo que nos hace familia. Si quieren irse, váyanse… pero yo me quedo.
El silencio fue brutal. Julián salió dando un portazo; mi madre lloró en silencio; mi padre sonrió apenas.
Los meses pasaron lentos y duros. Julián se fue a Monterrey; mi madre enfermó del corazón; mi padre murió poco después bajo su mezquite querido.
Me quedé sola con la tierra y los recuerdos. Trabajé como nunca antes: sembré maíz y calabaza, vendí en el mercado, aprendí a vivir con poco y a valorar cada amanecer sobre los surcos mojados por el rocío.
A veces llegaban cartas de Julián: contaba de su trabajo en una fábrica, del ruido y el smog de la ciudad; decía que extrañaba el olor a tierra mojada después de la lluvia.
Un día volvió al pueblo, flaco y cansado. Nos abrazamos largo rato sin decir nada.
—Tenías razón— me dijo al fin.— El dinero se fue rápido… pero el vacío quedó más grande.
Ahora caminamos juntos por los campos al atardecer. La tierra sigue siendo nuestra; las cicatrices también.
A veces me pregunto si hice lo correcto… ¿Vale más la raíz o el fruto? ¿Qué harían ustedes si tuvieran que elegir entre lo que aman y lo que necesitan?