El Silencio de los Domingos: La Decisión de Mamá Lucha

—¿Otra vez sopa, mamá? —preguntó con fastidio mi nuera, Mariana, mientras dejaba el plato sobre la mesa sin mirarme a los ojos.

Sentí cómo el corazón se me encogía. Era domingo, el día en que solía preparar la comida favorita de mis hijos y nietos, esperando verlos sonreír como cuando eran pequeños en nuestra casa de Iztapalapa. Pero ahora, los domingos eran distintos. Ya no había risas ni abrazos; solo miradas apuradas y conversaciones a medias, interrumpidas por el zumbido de los celulares.

Me llamo Lucía, pero todos me dicen Lucha. Tengo setenta y dos años y hace dos meses tomé la decisión más dolorosa de mi vida: dejar de visitar a mis hijos los fines de semana. No fue por falta de amor, sino porque el amor se volvió un peso, una herida abierta que sangraba cada vez que cruzaba la puerta de sus casas.

Recuerdo el último domingo como si fuera hoy. Llegué temprano a casa de mi hijo mayor, Ernesto. Llevaba un pastel de tres leches que preparé con mis propias manos, igualito al que le hacía en sus cumpleaños. Toqué el timbre y escuché voces dentro, pero nadie abrió. Esperé quince minutos bajo el sol ardiente, hasta que finalmente Mariana abrió la puerta con cara de sorpresa.

—Ay, suegra, no sabíamos que venía hoy —dijo, como si yo fuera una visita inesperada y no la madre de su esposo.

Entré y vi a mis nietos pegados a la televisión, jugando videojuegos. Ernesto ni siquiera se levantó del sillón para saludarme; solo levantó la mano y murmuró un «hola, ma» sin despegar los ojos del celular. Sentí un nudo en la garganta, pero me obligué a sonreír.

Durante la comida, intenté conversar. Les pregunté por la escuela, por el trabajo, por cualquier cosa que me hiciera sentir parte de sus vidas. Pero las respuestas eran cortas, casi automáticas. Mariana se levantó antes de terminar su plato y Ernesto se encerró en su cuarto «para trabajar». Me quedé sola en la mesa, mirando los platos vacíos y preguntándome en qué momento mi presencia se volvió una carga.

Esa noche lloré en silencio en mi pequeño departamento. Recordé cuando mis hijos eran niños y corrían a abrazarme al llegar del trabajo. Recordé las navidades apretados en la mesa, riendo hasta que nos dolía el estómago. ¿En qué momento todo cambió? ¿Cuándo me convertí en una sombra?

La siguiente semana fui a casa de mi hija menor, Patricia. Pensé que sería diferente porque siempre fue más cariñosa conmigo. Pero al llegar, encontré la puerta cerrada y un mensaje en mi celular: «Ma, salimos al cine con los niños. Te aviso para la próxima». Me senté en la banqueta y miré cómo las familias del barrio salían juntas a pasear. Sentí una soledad tan profunda que me dolió hasta el alma.

Fue entonces cuando decidí dejar de ir. No llamé para avisarles; simplemente desaparecí de sus domingos. Al principio pensé que se preocuparían, que vendrían a buscarme o al menos me llamarían para preguntar si estaba bien. Pero pasaron las semanas y solo recibí mensajes esporádicos: «¿Todo bien, ma?», «¿Necesitas algo?». Nunca una visita, nunca una invitación.

Mi vecina Doña Rosa me preguntó un día:

—¿Y sus hijos, Lucha? Ya no la veo salir los domingos.

Le respondí con una sonrisa triste:

—Están ocupados, Rosa. Ya crecieron.

Pero por dentro sentía que algo se había roto para siempre.

Empecé a llenar mis días con pequeñas rutinas: regar mis plantas, tejer bufandas para los nietos que ya no veía, escuchar boleros en la radio mientras preparaba café para mí sola. A veces salía al parque y veía a otras abuelas jugando con sus nietos; me preguntaba si ellas también sentían ese vacío o si solo era yo la que sobraba en su propia familia.

Una tarde recibí la visita inesperada de mi nieta Sofía. Tenía apenas quince años y siempre fue la más cercana a mí.

—Abuela, ¿por qué ya no vienes los domingos? —me preguntó con ojos llenos de tristeza.

No supe qué decirle. ¿Cómo explicarle que el silencio pesa más que la soledad? ¿Cómo decirle que prefería quedarme sola antes que sentirme invisible?

—A veces es mejor darles espacio a los demás —le respondí—. Pero siempre estoy aquí para ti.

Sofía me abrazó fuerte y lloró en mi hombro. En ese momento entendí que mi ausencia también dolía en otros corazones.

Poco después recibí una llamada de Patricia:

—Mamá, ¿estás bien? Hace semanas que no te vemos…

—Estoy bien, hija —mentí—. Solo necesitaba un poco de tiempo para mí.

Sentí su silencio al otro lado del teléfono; tal vez entendió lo que no dije.

Los días siguieron pasando y aprendí a convivir con mi soledad. A veces me pregunto si hice lo correcto al alejarme. ¿Debí luchar más por mi lugar en la familia? ¿O fue un acto de dignidad dejar de mendigar cariño?

En el barrio empezaron a murmurar sobre mí: «Pobre Doña Lucha, tan sola»; «Sus hijos ya ni la visitan». Al principio me dolía escuchar esos comentarios, pero luego comprendí que muchas mujeres como yo viven lo mismo en silencio.

Un domingo cualquiera, mientras tomaba café en mi balcón, vi pasar a Ernesto con su familia rumbo al parque. No voltearon a verme; tal vez ni siquiera notaron mi presencia. Sentí una punzada en el pecho, pero también una extraña paz. Ya no era parte de sus rutinas, pero tampoco era una carga.

Hoy escribo estas palabras para quienes sienten lo mismo: ese peso del silencio cuando la familia se desmorona y uno queda al margen. No sé si algún día mis hijos entenderán lo que siento o si volverán a buscarme como antes. Pero aprendí que el amor propio también es necesario para sobrevivir.

A veces me pregunto: ¿Cuántas madres más callan su dolor por miedo a perder lo poco que les queda? ¿Hasta cuándo seguiremos siendo invisibles en nuestras propias familias?

¿Ustedes qué harían si estuvieran en mi lugar?